A 30 años del homicidio del subcomisario Morales buscan que le cambien el ataúd

l 17 de marzo se cumplieron 30 años del homicidio del subcomisario ascendido post-mortem Carlos Eduardo Morales. Fue asesinado de un tiro en la cabeza por Adan "Richard" Coombes. Sucedió en 1986, en medio de unos juncales en Sarmiento. Su hermano Luis Emilio, que pudo recuperar un diario personal de Carlos Eduardo en el que tenía anotaciones sobre corrupción policial, está convencido de que hay silencios que sus compañeros nunca rompieron. Hoy espera que el jefe de la Policía de Chubut, Juan Ale cumpla con una promesa, la de cambiarle el destrozado ataúd al policía y rendirle un homenaje en el lugar donde descansan sus restos en el cementerio de Esquel.

Al policía Carlos Eduardo Morales lo balearon el 17 de marzo de 1986 en Sarmiento. Es uno de los tantos policías caídos en cumplimiento del deber. Según el parte oficial, recibió un disparo en la región frontal derecha del cráneo con un calibre 22.
Perdió la vida a los 28 años y su hermano Luis Emilio, quien investigó durante tres décadas el homicidio -desnudando silencios cómplices de algunos policías retirados- sostiene que el policía también recibió un tiro en el pecho con un arma reglamentaria. Y pone énfasis en que muchos callan lo que verdaderamente pudo haber pasado en el lugar.
El acusado por el crimen del oficial principal ascendido a subcomisario post-mortem, fue Adan "Richard" Coombes, un joven con problemas psicológicos declarado inimputable, al que Morales hasta incluso le compraba zapatillas y le daba de comer cuando lo encontraba en la calle.
Coombes era un joven humilde y ladrón de poca monta de Sarmiento. Robaba desde caballos hasta bombillas de mate. Las armas de fuego eran su predilección, pero era el típico ladrón de bicicleta. Entre sus antecedentes figuran hurtos, daños, robos, y una evasión de la alcaidía.
Desde que era un adolescente siempre estuvo enredado en el delito. En la mayoría de las causas salió sobreseído al ser declarado inimputable por sus desequilibrios mentales. Los policías de la época le habían tomado hasta cierto aprecio de tanto regañarlo y detenerlo.
Desde 1982 -cuando tenía 15 años- hasta 1986, Coombes acumuló más de diez causas en su prontuario. Aquella mañana del 17 de marzo era buscado por la Policía de Sarmiento debido a varios robos y hurtos en los que se lo acusaba. Ya era mayor de edad y para los uniformados sacar de la paz a los ciudadanos de Sarmiento ya era un delito en sí mismo.
Los efectivos contaban con la información de que Coombes estaba escondido en los juncos frente al Regimiento de Infantería 25, a unos seis kilómetros del casco urbano.
A su encuentro fue Carlos Eduardo Morales, un oficial principal que también conocía la humildad. Morales, como Coombes, entendía de las necesidades. Había ingresado a la policía con el fin de cambiar la suerte económica de su familia. Salió de un barrio pobre de Esquel y con trabajo supo terminar de criar a su hermano Luis Emilio luego de la muerte trágica de su madre. Incluso cuenta que le regaló una sonrisa a uno de sus cuatro medio hermanos, cuando le obsequió por primera vez una torta de cumpleaños con su sueldo policial.
Según la información oficial, Morales fue sorprendido por Coombes que tras el disparo a la cabeza se agazapó nuevamente en los juncos. Llevaba además de una carabina 22, un revólver y la pistola calibre 45.
Morales falleció a las 16 de ese día camino al Hospital Regional de Comodoro Rivadavia.
En la captura de Coombes colaboró el Aeroclub de Sarmiento que sobrevolaba los campos en busca del ladrón ahora devenido en asesino.
Fue capturado un día después del homicidio, al pie del Cerro Negro, en una chacra propiedad de la familia Ormachea.
La policía informó por aquel entonces que el asesino había cenado media docena de huevos y descansado en una cama de dos plazas en un establecimiento rural que encontró en su clandestinidad.
Los restos de Morales fueron trasladados a Esquel mientras a Coombes lo detuvieron y lo llevaron a la alcaidía de Comodoro Rivadavia. La causa recayó en manos del juez penal Oscar Perfumo y a Morales lo ascendieron post-mortem.
Hoy en la Unidad Regional de Policía de Comodoro Rivadavia hay una placa recordatoria de Morales con su foto. Muchos de los nuevos agentes no saben quién era, tampoco se lo preguntan. Sarmiento lo ha homenajeado dedicándole incluso una calle con su nombre.

POR EL CAJON
Y SU MEMORIA
Miguel Poveda, un amigo del policía publicó después de su muerte un mensaje en este diario. Dijo que su personalidad siempre fue un ejemplo hacia aquellos que solicitaban sus servicios.
Para su hermano Luis Emilio, Carlos Eduardo fue todo. Fue su ejemplo, su guía y su confidente. Hoy todavía lo llora. Le confiesa a Letra Roja, que el policía con su pujante juventud investigaba homicidios antiguos en cada jurisdicción a la que llegaba destinado y que en su obsesión terminaba por esclarecerlos.
También renegaba de la corrupción policial y las relaciones con el narcotráfico dentro de la fuerza, como hacia aquellos que no atendían las situaciones de inseguridad. Todo lo apuntaba en un diario personal que tenía.
"Mientras era trasladado a Comodoro Rivadavia donde se produce su fallecimiento, le sustrajeron toda la documentación personal, entre ellos su diario personal que recuperé luego de 11 años con varias hojas arrancadas; lo tenía un compañero de promoción, el hoy retirado Raúl Orlando Quiroz", escribió Luis Emilio para el aniversario del homicidio. Fue en una carta al lector en el diario El Oeste, de Esquel.
Hasta hoy a Luis Emilio le parece sumamente llamativo el silencio de los policías que intervinieron en aquel procedimiento. Que le hayan escondido esos apuntes de Morales y que después de años, algunos de ellos hayan cambiado la versión de lo sucedido. Algunos según él, con los años se fueron quebrando y le contaron que hubo irregularidades en el procedimiento que hasta la actualidad trata de establecer, pese a que la causa ya está cerrada.
Tiene hipótesis y muchas, pero nada probado. Como que a su hermano le habrían cubierto la herida de arma de fuego reglamentaria con una venda en el pecho. Un disparo que se lo podría haber dado Coombes al quitarle la pistola a Morales ya moribundo en el suelo, sin cobertura de sus compañeros o que un propio efectivo policial le haya disparado. "Todavía hoy no sé a qué calibre pertenecían y cuántos fueron los proyectiles que impactaron sobre su humanidad" sostiene.
Luis Emilio desconoce si se hizo una investigación exhaustiva, tampoco tenían dinero en aquellos entonces para pagar un abogado particular. Está convencido que puertas adentro de la policía no se hizo un sumario administrativo como correspondía para deslindar responsabilidades por la muerte de su hermano.
La familia de Morales necesita cerrar la historia de Carlos Eduardo, quieren saber la verdad. Necesitan que aquellos policías que saben lo que pasó en aquel descampado se sinceren. Para Luis Emilio, al oficial le tendieron una trampa, pero ya no tiene pruebas para poder comprobarlo. Sospecha de aquellos a los que su hermano señalaba como corruptos en sus apuntes.
Sus hipótesis las ha expuesto cada año en cartas al lector. Para ello le pide a un amigo que las envíe por correo electrónico a los diarios tanto de la cordillera como los del sur de Chubut porque él no tiene email. Trabaja en Defensa Civil de Esquel y cuando se cruzó la última vez con el jefe de la Policía, Juan Ale, le pidió que cumpliese una promesa. Que le cambiara el ataúd destrozado que tiene el policía en su nicho del panteón familiar y le colocaran alguna placa recordatoria de la Policía del Chubut.
Cuando a Morales lo mataron, el actual jefe de policía era oficial. Luis Emilio, ahora tiene más esperanzas de que ello suceda, porque la semana pasada la directora de Recursos Materiales de la Policía fue a Esquel para interiorizarse de la situación en el cementerio cordillerano.
Según su hermano, fue enterrado allí sin su uniforme personal, porque se lo habían robado, como así tampoco llevó su birrete. Hoy esperan que le den su homenaje, el que corresponde para redimir su memoria. Cuando lo despidieron sus camaradas lo describieron como "conocedor del más claro concepto de justicia y con las virtudes esas que en nuestra institución se sintetizan en el sacrificio, abnegación y contracción al servicio".

HOMICIDA INIMPUTABLE
Coombes nació el 12 de agosto de 1966. Vivió en el barrio Buzzo de Sarmiento, con un nutrido prontuario. Analfabeto e indocumentado conoció la alcaidía policial de Comodoro Rivadavia a los 15 años.
Entre sus antecedentes se pueden enumerar varios hurtos y robos. En abril de 1982 sustrajo de un camión una carabina 22 "Remington" con 10 municiones y ocasionó daños en propiedades de Van Haaster, un holandés de Sarmiento con 31 años de residencia en el país.
Tenía 15 años y fue detenido por el hurto y el daño, pero finalmente la Policía lo entregó a sus tíos.
En marzo de 1984 a Coombes lo detuvieron por robar en una casilla de un establecimiento ganadero. Se había llevado una bombilla de mate, víveres varios, una sartén, cuatro frazadas y una olla inoxidable, además de un colchón de lana.
En otro robo se había apoderado de una lámpara de kerosene, un mate jarrito con flores, un reloj de pared y una pava enlozada. Era un ladrón de poca monta.
El 4 de agosto de 1984 se fugó de la alcaidía policial de Comodoro Rivadavia junto a Juan Carlos Díaz, un desertor del Regimiento de Infantería 25 de Sarmiento. Rompieron el candado de la celda con un hierro y se fugaron por el patio interno. Fue recapturado en el barrio Ceferino Namuncurá.
Ese mismo año, el Juzgado Penal Nº 2 lo declaró inimputable por una causa de robo de una campera en una chacra. En mayo de 1985 se lo detuvo por un robo a un vecino, Carlos Vera al que le habían robado un calentador, cinco kilos de harina y varios paquetes de fideos, azúcar y yerba.
En abril de ese año ya había sido trasladado a la alcaidía de Esquel. En mayo también lo habían detenido por un robo en una chacra del Lote 97 de la zona Colehueque donde había sustraído un revólver calibre 32 largo "Colt caballito" y un cuchillo de cabo de madera con vaina de cuero, un sombrero de cuero tallado, un pañuelo para el cuello azul, un reloj despertador, un DNI y una campera.
A mediados de ese año incluso le incautaron una bicicleta rodado 26 en la que andaba sin problemas por Sarmiento, pero que era robada. El 24 de marzo de ese año incluso se lo detuvo por sustraer un caballo bayo y un recado en una chacra de Río Pico.
Antes del homicidio de Morales, la policía buscaba a Coombes por toda esa serie de robos y además porque el 15 de marzo a las 21:37 había golpeado a dos mujeres que lo señalaron como el autor del robo en el almacén "Estela" de la calle 9 de julio, donde había sacado un litro de vino. A Coombes lo acompañaba una persona de bigotes con sombrero negro.
En el homicidio de Morales estaba armado con una carabina y un revólver. Le gustaban las armas. Conocía la zona de chacras y juncales. Era un especialista en esconderse en el campo.
El hermano de Morales teme que ese día lo hayan dejado solo. Incluso sospechan que el supuesto tiro en el pecho que habría recibido fue porque Coombes le quitó el arma y lo remató sin resistencia.
El 19 de marzo Coombes fue trasladado a la alcaidía de Comodoro a disposición del juez Oscar Perfumo. Y seis meses después se lo trasladó a la alcaidía de Trelew. Lo llevaron en un colectivo de transportes Don Otto bajo custodia del sargento primero Ramón Luque. Después se le perdió pisada. Por sus problemas psiquiátricos fue internado en Buenos Aires. Creen que luego se asentó en Rawson.

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