A 50 años del conflicto que inició la ocupación israelí de Palestina

La Guerra de los Seis Días, un conflicto fugaz en el que Israel venció a una coalición de países árabes, fue un hecho bisagra en la geopolítica mundial, que derivó en la ocupación israelí de Jerusalén Este, Cisjordania, Gaza, los Altos del Golán y el Sinaí egipcio y que marcó a fuego la región hasta la actualidad.

Aquel 5 de junio de 1967, pocos esperaban el inicio de una guerra, que comenzó con un ataque sorpresa de Israel a la península del Sinaí y concluyó apenas seis días después con una aplastante victoria sobre la coalición enemiga formada por Egipto, Siria y Jordania, y la ocupación de territorio de los tres países.
Los israelíes interpretaron la categórica victoria como una nueva evidencia de la validez moral del proyecto sionista y el mundo occidental celebró la paliza propinada al líder egipcio Gamal Abdel Nasser, referente del nacionalismo árabe y por esos días considerado el peor enemigo de Occidente.
Para los árabes, el resultado tuvo un efecto moral devastador, un sentimiento generalizado que medio siglo después aún se pone de manifiesto en el modo en que denominan esta guerra: "Naksa" (El Retroceso).
A partir de entonces, la cuestión palestina empezó como nunca antes a cobrar una nueva dimensión global.
Los palestinos, que en 1964 habían fundado la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), tomaron las riendas de su causa y abandonaron la tutela de los Estados árabes, un enroque reflejado en la llegada de Yasser Arafat al liderazgo y el surgimiento de diversos movimientos revolucionarios de liberación nacional.
El conflicto "árabe-israelí" pasaría desde entonces a denominarse conflicto "palestino-israelí".
Entre las principales efectos de la guerra sobresale la consolidación del proyecto sionista, particularmente en cuanto a sus objetivos geopolíticos, mientras por el lado árabe el hecho catalizó el agotamiento definitivo de los nacionalismos que -liderados por Nasser- habían florecido desde la década del 50.
El mundo árabe mantuvo los años siguientes una guerra de desgaste con Israel, que desembocó en un ataque conjunto egipcio-sirio, la Guerra de Yom Kipur (o Guerra del Ramadán, en octubre de 1973), que terminó con otro triunfo israelí y no logró alterar el mapa establecido en 1967.
La tensión regional quedó enmarcada en los esquemas de la Guerra Fría. La Unión Soviética (URSS) rompió relaciones con Israel, que se convirtió -a ojos de buena parte de la opinión pública- en agresor y potencia ocupante.
El marco geopolítico del conflicto, con Estados Unidos consolidado ya como potencia hegemónica desde finalizada la Segunda Guerra Mundial (rezagando a potencias coloniales de antaño como Reino Unido o Francia), fue crucial en la configuración del futuro ajedrez diplomático vinculado a esta convulsionada región.

EL PAPEL DE EE.UU.

Washington comenzó a hilvanar una alianza estratégica con Israel, en línea con los engranajes de la Guerra Fría y los intereses económicos y energéticos en la zona, mientras los países árabes evidenciaron su incapacidad para generar una matriz de intereses comunes que permitiera enfrentar el escenario geopolítico en ciernes.
Si bien el movimiento sionista y su objetivo de crear un "Hogar Nacional Judío" en Palestina tenían desde sus inicios el apoyo de Occidente -principalmente desde Reino Unido, aunque también de bloques como la URSS-, será su triunfo militar en 1967 y la consiguiente alianza estratégica con EE.UU. la que consolidará y dará poder de fuego a su proyección futura.
"La Guerra de los Seis Días fue una de las mayores victorias en la historia de Israel", dijo recientemente el primer ministro Benjamin Netanyahu, durante un acto recordatorio del aniversario.
Evaluadas estas palabras a la luz del objetivo de cualquier conflicto armado, esto es, conseguir la paz, los israelíes estarán en profundo desacuerdo con el premier: la espiral de violencia desatada en la región en estas cinco décadas, que acumula levantamientos palestinos (Intifada), operaciones militares de gran escala, guerras, atentados, bombardeos a civiles y decenas de miles de muertos, dan cuenta inequívoca de ello.
Pero otra perspectiva se desprende si se analiza desde la óptica de sumar territorios. Desde entonces, con el aval de Washington, y una creciente sintonía en los intereses políticos, económicos y geográficos de ambas capitales, Israel amplió de facto y significativamente su jurisdicción y poder en lo que alguna vez fue el Mandato Británico de Palestina. En 1982, Israel devolvió a Egipto el Sinaí, y años antes, en 1973, aceptó devolverle a Siria el 5% de los Altos del Golán.
El Estado judío continuó y continúa construyendo profusamente asentamientos -ilegales para el derecho internacional- en las tierras ocupadas a los palestinos, con una velocidad y volumen que dificultan cada vez más una futura partición, a estas alturas casi imposible, para fundar un Estado palestino.
En la actualidad hay unos 8 millones de ciudadanos de Israel, 6 millones de ellos judíos y 2 millones árabes.
El Estado de Israel se anexionó Jerusalén Este y más de un tercio de los medio millón de habitantes de ese sector son judíos.
Los palestinos en Jerusalén Este sólo tienen estatus de residencia y, aunque en principio tienen derecho a solicitar la ciudadanía, pocos ejercen ese derecho.
En Cisjordania, la ocupación es gestionada por un organismo militar, que controla la seguridad y también los asuntos civiles en buena parte del territorio (el 60%, la llamada Área C).
Respecto a Jerusalén, Israel se anexionó el este de la ciudad, de mayoría árabe, en 1980, en una decisión no reconocida por la comunidad internacional, y la considera territorio soberano.
La Autoridad Nacional Palestina (ANP), alguna vez concebida como un "estado en espera", en la actualidad se asemeja más a un gobierno municipal, subsumido en el Estado de Israel, que sigue a cargo de la seguridad general, incluidos los desplazamientos dentro del territorio, además de las entradas y salidas.
En la Franja de Gaza, bajo control del grupo islamista Hamas, Israel retiró tropas y colonos en 2005, pero además de someter al enclave a un bloqueo desde el año 2006, controla los cielos, el acceso al mar y la mayoría de los cruces terrestres.
Aunque la presencia militar ocupante dentro del territorio ha desaparecido, sigue vigente a los ojos de los habitantes de Gaza y de parte del mundo.
En la actualidad, las consecuencias de la ocupación tomaron variadas formas, pero el común denominador es que la población se siente gobernada por unas autoridades que no son las suyas y a las que, además, considera enemigas.

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