Agustín, el pequeño gigante que se sobrepuso a la leucemia

Dieciocho meses después de que lo tuvieran que derivar de urgencia al Hospital Garrahan, Agustín Ustariz, de 8 años, retoma su vida cotidiana. Con la compañía de su familia, combatió una leucemia. Soportó transfusiones, punciones en la médula y un doloroso tratamiento de quimioterapia. "Esto fue un milagro de Dios", resumió su papá.

Después de largo tiempo y con la ausencia de su madre -quien falleció un año antes de que le diagnosticaran leucemia- Agustín volvió a reencontrarse con su hermano Gustavo, de 6 años, sus abuelos Jorge y Marta, tíos y otros familiares. El niño volvió a corretear por el patio de su casa ubicada en cercanías del Club Calafate, en Kilómetro 3.
Hasta los cerros están distintos en la barriada. Agustín no estaba en la ciudad para el devastador temporal de fines de marzo y principios de abril, y todo ya es diferente. Hace poco más de una semana, Agustín y su padre Gerardo regresaron a Comodoro Rivadavia para comenzar una nueva vida junto a sus seres queridos.
El hombre que se dedica a la mecánica contó a El Patagónico que recién se están acomodando a la nueva vida. Recordó que el 10 de enero del año pasado al chico que acababa de terminar el primer grado en la Escuela 197 del barrio Divina Providencia se le despertó una leucemia. No sabían entonces de qué enfermedad se trataba.
Los médicos del Hospital Regional rápidamente detectaron que tenía bajos valores de glóbulos blancos y rojos, y lo derivaron al Hospital Garrahan de Capital Federal. A los dos días el niño fue trasladado en un vuelo sanitario y quedó internado con riesgo de vida.
Los especialistas le efectuaron transfusiones, lo estabilizaron y a los pocos días comenzó el tratamiento contra la leucemia LMA (Leucemia Mieloblástica Aguda). Los primeros ocho meses fueron intensivos con "quimioterapia que son muy duras”, graficó Gerardo.
Describió: “estuvimos luchándola, él (por Agustín) peleándola de fierro, se bancó todo. Es todo doloroso porque estuvo con punciones de médula y lumbares. Las pinchaduras eran todos los días en los brazos, le colocaron un catéter implantado dentro de la vena para no tener que tener que estar rompiéndole los brazos".
Durante la primera parte del proceso Agustín estuvo 20 días mal porque "la primer quimio fue fatal; fue la que le hizo caer los pelos, le frenó el crecimiento de los dientes”, recordó Gerardo.
Después su evolución fue de menor a mayor y "la médula comenzaba a crecer con las células sanas gracias a Dios. Eso fue un milagro de Dios. A él le diagnosticaron leucemia LMA que la mayoría de los casos va derecho a trasplante de médula”, contrastó su padre.

"UN DESIERTO COMPLICADO"
Mientras los especialistas estudiaban la posibilidad de trasplantar a Agustín, los médicos en esta ciudad analizaban a su hermano Gustavo para saber si era compatible. "Era una tormenta bastante fuerte, un desierto complicado. Aparte estábamos solitos los dos, mi esposa falleció hace más de dos años y medio. Ya veníamos golpeados”, contó su padre.
Como buen creyente, Gerardo recordó: “dice la Biblia que Dios no nos da más carga de lo que podemos llevar, y Gracias a Dios la pudimos llevar".
Existía la posibilidad de que el niño no regresara. "Los médicos son crudos y te lo dicen de frente: ´hay un porcentaje que no se recupere, nosotros vamos a hacer lo que esté a nuestro alcance´; y a uno como padre eso lo mata, te parte al medio", confesó.
Luego del largo tratamiento "Agustín está sano, el médico nos dijo: ´el nene está perfecto, váyase a su casa´".
En todo ese proceso, cursó el segundo grado y parte de tercero con la escuela domiciliaria, ya que los maestros iban al hotel donde vivía para darle clases personalizadas.
Ya el lunes Agustín se reencontró con sus compañeros de grado y se mostró muy contento, destacó su padre.

"ETERNAMENTE AGRADECIDO"
Durante el año y medio que Gerardo estuvo al lado de su hijo en Buenos Aires, recibió todo tipo de ayuda económica por parte de muchas personas. Destacó el apoyo de la familia y de quienes no son familia "como por ejemplo este grupo de mamás (de la Escuela N° 197) que de solo ver lo que hacían ya te daba fuerzas para seguir".
Ellas juntaron dinero, vendían empanadas y "unos cuantos meses nos re bancaron. La verdad que son de fierro y siguen siendo porque el sábado vinieron todas y le hicieron una bienvenida y festejo a Agustín. Estamos más que agradecidos y contentos con lo que hicieron", subrayó Gerardo.
También agradeció a la comunidad del Jardín Juana Manso, quienes “se pasan de seres humanos”. Se encargaron de atender y asistir al hermano de Agustín, quien quedó a cargo de sus abuelos paternos. “Todo esto a mí me sobrepasa, no entendía que hubiera gente con tanto amor y fue así. Estaban siempre pendiente con Gustavo”.
Tampoco se olvida de la Casa de Chubut en Buenos Aires que le brindó ayuda para comer, ropa y todo tipo de asistencia. En un momento que Gerardo no tenía dinero "le hice una nota al gobernador y a los tres días tenía un cheque con la ayuda económica”, graficó.
"Le hice llegar una carta de agradecimiento (al gobernador Mario Das Neves). Es una persona que también está luchando con una enfermedad y tal vez tenga esa sensibilidad y por eso responde así a la necesidad de niños enfermos. Allá no solo fui yo, hay muchísima gente de la provincia. Y todos están atendidos de la misma manera y eso vale muchísimo”, reconoció.
Reflexionó que ahora tiene otra mirada y objetivo: "el bienestar, estar con la familia. Uno se pierde en la necesidad, en tener un mango más, en cambiar la camioneta; y se olvida de las cosas que realmente valen. Estas situaciones te bajan los pies a la tierra", aseguró.

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