Alberto Lerra, y su afán de no ser "uno del montón"

Nació en Quequén, provincia de Buenos Aires, y tras la separación de sus padres llegó a la capital petrolera a principios de los años 60 del siglo pasado, con seis años de edad y en compañía de su hermana menor y su madre. Estudió y trabajó desde los 10 años, como limpiar vidrios en la antigua Shell de ruta 3, para terminar siendo operario de la SCPL. En el barrio La Floresta conoció a su compañera y co-equiper de toda la vida, quien fue su cable a tierra en las buenas y en las malas. Alberto Lerra se destacó como wing izquierdo en el Ameghino campeón de los 80. Y también dejó su marca cuando se midió como atleta veterano en varios mundiales.

por Angel Romero
a.romero@elpatagonico.net
"Yo no quiero ser uno del montón". Esa era la frase que pintaba la esencia de Alberto Lerra, quien un 4 de junio de 2011 dejó este mundo cuando la muerte lo sorprendió festejando un gol en un partido de fútbol 5 entre amigos, conocidos y parientes. Tenía 58 años de edad.
El clásico partido de los viernes en canchas de fútbol 5 que alquilaban con su hijo, nieto y cuñados fue el escenario donde Alberto se despidió de este mundo. Ese año (2011) era la primera vez que junto a Mary Lerra (su compañera de toda la vida y tía de Néstor Andrés "Cuqui" Silvera) habían planificado algo. Y esas metas eran sencillas: terminar de pagar el primer 0 Kilómetro al que habían accedido; hacer los papeles para jubilarse como operario de la SCPL y disfrutar de sus nietos. De hecho las tres últimas vacaciones (por tandas) había podido darse el gusto de pasar más tiempo con los más pequeños.
Pero un infarto le truncó los planes, aunque para su compañera de toda la vida, solo le dio el gusto de irse de la manera que más deseaba: dentro de un campo de juego.
Al fin de cuentas él siempre sostuvo que no quería "ser uno más del montón". Por ello lo que emprendía lo hacía con el ánimo de destacarse. No por un objetivo meramente deportivo, sino por una convicción personal de superación. La misma que lo llevó de ser un niño que limpiaba vidrios en la ex Shell de Ruta 3 y Namuncurá hasta llegar a supervisor de YPF y terminar en el sector de Agua de la cooperativa, donde monitoreaba los niveles de los barrios de zona norte.
Lerra vivió y transpiró deporte, ya sea como wing izquierdo del Club Atlético Florentino Ameghino campeón de los 80' (con Dante 'Tano' Mírcoli como DT) y Próspero Palazzo. Como jugador de fútbol de salón en "Muñoz y compañía" (junto a Juan Carlos "Bocha" Rodríguez, Daniel Lanza y otros). Y como atleta de la agrupación Luis Rey, con la cual estuvo en varios sudamericanos y mundiales.

REMARLA DESDE ABAJO
Alberto se exige y pasa una y otra vez la escobilla por el parabrisas. Tiene 10 años y hace cuatro que llego a Comodoro Rivadavia con su mamá y su hermana menor en búsqueda de un mejor porvenir.
De limpiar vidrios por propinas, a los 15 años el joven Lerra empezará a trabajar como cadete. Y dos años más tarde como playero de la ex Shell que estaba donde actualmente existe un comercio que se dedica a la venta de neumáticos.
Un año más tarde era encargado de la estación y eso le permitía disponer de mayor solvencia económica para movilizarse desde el barrio La Floresta hasta kilómetro 3, donde desde hacía poco más de tres años se había iniciado como futbolista en las inferiores del CAFA. Ya a los 17 años era jugador de Primera división, con Dante "Tano" Mírcoli (el mismo que se destacara como marcador de punta izquierdo en Independiente de Avellaneda hace medio siglo).
"Señor gol", llamaban los medios de esa época a Alberto. Y él se lo tomaba muy en serio lo de ser deportista. "De hecho, cuando me casé con él (ella 17 y él 20) yo acepté su ritmo de vida y me acomodé a ello. Entonces le tenía preparados dos juegos de camisetas (y las benditas vendas) porque llegaba del fútbol once, se bañaba y encaraba para el municipal 1 para jugar al fútbol de salón", recuerda su esposa, Mary Lerra.
De la estación de servicio, Alberto pasó a la fábrica textil Cortilene (sobre ruta 3 y en la actual Guilford), donde trabajó mientras no perdía su pasión por el fútbol.
"Ir a Ameghino era como ir a un 'día de campo' porque nuestros maridos entrenaban mientras nosotras preparábamos la comida para finalizar con un almuerzo todos juntos. Además, el 'Tano' Mírcoli era de una calidad de persona que trascendía más allá de lo deportivo".
Del CAFA, Alberto pasó a Próspero Palazzo donde compartió plantel y trabó amistad con el arquero Horacio 'Conejo' Moyano. A tal punto que se convirtieron en compadres.
En ese entonces, Alberto ya había entrado a YPF y se desempeñaba en la zona de El Tordillo y El Trébol, donde los turnos rotativos no le impedían que se hiciera un espacio para entrenar.

UNA LUZ EN LA NOCHE
"Alberto nunca se pensó retirado del fútbol y como quería estar a la altura de las circunstancias, sabía encontrar el espacio para entrenarse. A eso súmale que era muy detallista con su alimentación, por eso en su época de futbolista toda la comida era a base de pastas", recuerda Mary.
Este era el motivo por el cual cuando le tocaba trabajar de noche sus compañeros de turno se sorprendían al verlo correr por los cerros de El Tordillo con una linterna como única identificación. "Lo suyo era cosa seria", comentan quienes lo conocieron.
Por ello cuando tuvo un accidente doméstico armando un canasto para los conejos (se le óintrodujo un pedazo de malla en el ojo izquierdo que derivo en desprendimiento de retina), Alberto –que rondaba los 30 años- pensó que el mundo se le venía abajo.
"Fue un año entero de ir y venir a Buenos Aires para que le salven la vista. Y si bien Alberto algo veía, se daba cuenta de que ya debía pensar en el retiro de las canchas de fútbol de 11 porque corría muchos más riesgos. Así y todo no se resignó y mantuvo su participación en el fútbol de salón, donde con el equipo de Muñoz y compañía, llegó a disputar un Argentino en Buenos Aires. Pero tuvo dos golpes en la zona del ojo que le hicieron replantearse su carrera como futbolista", cuenta Mary.
Alberto tenía cuatro bocas que alimentar y si bien el fútbol era su pasión, tenía mucho más por perder si no cuidaba el implante ocular que le habían colocado. "Estuvo inquieto solo unos meses luego de colgar los botines, hasta que compró una bicicleta y se largó a andar por las rutas de Comodoro. Luego de un par de golpes se dio cuenta de que no era lo suyo. Y se sentía mal porque si algo no podía asumir era el retiro de toda actividad deportiva a los 32 años", remarca su compañera.

LA ALTERNATIVA
DEL ATLETISMO
Alberto no podía con su abstinencia deportiva y se le ocurrió salir a correr. Por lo menos para sentir que tenía hilo en el carretel. Su circuito era el Liceo General Roca, donde llegaba corriendo desde el barrio La Floresta.
Siempre mantuvo la continuidad, no los horarios porque eso se acomodaba a los turnos que tenía como operario de agua recorredor de la zona norte de la SCPL, que había sumado a los empleados de ese sector de YPF tras la privatización de 1993.
"Una vez iba cruzando por la Portugal y lo llamo Don Luis Rey que ya lo había visto varias veces correr y le dijo que tenía potencial como atleta si hacía los esfuerzos suficientes", evoca Mary.
El esfuerzo fue un cambio de estilo de vida para Alberto, quien de pesar 78 kilos bajó a 64 para sumar posibilidades a la hora de competir. "Imagínate, yo me había enamorado de un hombre de 1,78 de altura y 74 kilos que se alimentaba a base de pastas para sumar fuerza en las piernas (para jugar al fútbol) a otro que pesaba 64 y que ahora su alimentación era a base de ensaladas, legumbres, pescado y pollo. Donde íbamos, él iba con su tupper y su ensalada. Así todos los años de su vida a partir de los 32 porque él apostaba en serio, no a ser uno más del montón", insiste Mary.
El premio al esfuerzo se dio en el torneo sudamericano de 1996 en Concepción (Chile), donde en base a resultados Alberto empezaba a escribir su historia como atleta.
"A partir de Chile, Alberto fue participando en varios sudamericanos y mundiales. Incluso fue a la carrera de San Sebastián, en España, por invitación de unos atletas de ese país que lo conocieron en el Mundial de Brasil".
Fue sobre 2005, en una instancia mundial, que Alberto comenzó a sentir que la pierna izquierda no le respondía: el cuerpo comenzaba a pasarle factura.
"Fue un año de infinidad de estudios para saber por qué se le dormía la pierna. Hasta que descubrieron que tenía una lesión en la espalda, donde las vértebras le inmovilizaban la pierna izquierda".
Empezó una época dura para quien no se amilanó y volvió a la bicicleta. Y sumó gimnasio para mantenerse en forma porque su sueño era que lo operaran para retornar a las pistas, donde gracias a su empuje y dedicación había conocido Australia y Sudáfrica, entre otros países.

EL FINAL DE UNA ETAPA
"En 2008 se anotó en una prueba de Duatlón que se desarrollaba en Rada Tilly, para saber cómo respondía porque él se sentía bien cuando entrenaba. Pero creo que ese fue el punto cúlmine para cerrar una puerta" recuerda su mujer.
Lerra arrancó bien en la etapa de ciclismo, de hecho no tuvo ningún inconveniente. Pero a la hora de trotar la lesión le hizo recordar que no era invencible.
"Nosotras estábamos en la meta y veíamos que pasaban todos y Alberto no aparecía (de hecho pensamos que había tenido un accidente durante el trayecto), hasta que a lo último lo vimos que venía arrastrando la pierna izquierda. Arrastrándola. Y para mí, que lo acompañé en toda su vida deportiva fue algo muy duro de ver. Más en él que todo fue en base a sacrificio y entrenamiento. Recuerdo que cuando cruzó la meta y se subió a la camioneta le dije que hasta acá llegaba yo. Que su etapa ya estaba cerrada y que no era bueno que siga de esa manera y a ese costo", confiesa Mary.
Lerra hizo de tripas corazón y tuvo que resignarse. Atrás quedaban los escenarios internacionales, las carreras de Adidas y New Balance en Buenos Aires, las de las Fiestas Mayas y tantas otras. El último descargo de tanto espíritu deportivo lo encontró los viernes por la noche cuando alquilaban canchas de fútbol 5 y compartía el 'picadito' con cuñado, hijo y nieto.
"Esa etapa fue maravillosa para nuestro nieto porque él había conocido a su abuelo 'atleta' y desconocía a su abuelo 'jugador de fútbol'. De hecho lo admiraba porque si bien no corría mucho, le quedaba el 'talento' que había formado en Ameghino", reconoce Mary.
Un 4 de junio de 2011, su hijo y su nieto no pudieron ir al compromiso de fútbol reducido. Solo fue su cuñado. Alberto se calzó los cortos, los botines, las medias y las vendas como cuando era adolescente y unía (a veces a pie por falta de plata) la zona sur con la norte para no faltar a los entrenamientos del CAFA.
Quienes estuvieron jugando esa noche con él contaron que hizo el clásico papel, una que otra gambeta y la asistencia perfecta para que 'los más pibes' definan.
Pero una vez más Alberto fue protagonista, el wing izquierdo recibió la asistencia y definió. Festejó con los brazos en alto, como lo hizo tantas veces como jugador de fútbol de un club y como atleta que representaba a Comodoro Rivadavia. Tal vez la alegría fue demasiada para su corazón que recibió un infarto que lo fulminó en el acto.
Quienes lo conocieron lo definen como un "señor" dentro y fuera de la cancha. De hecho la semana que finalizó con su muerte, se estuvo alternando con su hermana para cuidar a su madre, quien estaba internada en el Hospital Alvear a la espera de una prótesis de cadera. El se fue como siempre lo conocieron: con los brazos en alto.

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