Aquel asalto al blindado en "Las Chapas" en el que murió un legendario ladrón de bancos

Sergio Aguerre y Humberto Bulacios fueron los dos integrantes del Grupo Especial de Operaciones Policiales de Chubut que el 3 de octubre de 1995 resistieron con fuego cruzado el asalto al blindado del Banco Provincia del Chubut, camino a Esquel, a unos diez kilómetros del paraje "Las Chapas" en la Ruta 25. En el enfrentamiento Aguerre mató a Juan "El Turco" Muracioli, un legendario ladrón de bancos, y resultaron heridos Julián "Conejo" Molinari y Juan Ramón Pereyra. La banda fue condenada y los suboficiales condecorados con medalla de plata. Letra Roja recuerda el histórico golpe.

Los policías Sergio Aguerre y Humberto Bulacios leen el diario. Son las 12:30 del 3 de octubre de 1995 y ambos custodios van sentados adentro de un camión blindado camino a Esquel. El Mercedes Benz es nuevo y ese día está de estreno. Lleva 400 mil pesos que cargaron en Rawson y circula por la ruta provincial 25. Los choferes son Jesús Pugh y Luis Toledo.
Hasta entonces los integrantes del Grupo Especial de Operaciones Policiales (GEOP) creían que los atracos a blindados eran solo cosa del conurbano bonaerense. Se informan de ello en forma periódica a través de las noticias que traen los diarios o que ven por televisión. Las comentan en ese tono del que cree que es algo que nunca le puede pasar a uno. Sin embargo Aguerre presiente algo y le dice a Bulacios que en cualquier momento ellos también podrían llegar a tener que enfrentarse con alguna de esas bandas.
No deja de alarmarse al leer que uno de esos ladrones abrió las puertas de un camión frigorífico y disparó con munición antiaérea contra un blindado.
Van de este a oeste. El camino saliendo de Dolavon, a unos diez kilómetros antes de llegar a "Las Chapas", está en reparación debido a los pozos. El camión se desvía a la derecha y baja la velocidad. En ese momento lo pasa por el costado a gran velocidad un Renault 21 "Alize".
"Mirá como viene ese loco", acota el chofer. El auto colea en el ripio y queda cruzado a unos cinco metros frente al blindado. El chofer y todos los que van adentro creen que son turistas que desconocen el camino y por eso pierden el control del vehículo. El blindado frena, pero el chofer no apaga el motor.
Del auto baja el conductor. Tiene pelo rojizo, una especie de peluca, bigote postizo y unos anteojos. Se abre la puerta de atrás y otro hombre le pasa un FAL (Fusil de Asalto Liviano). El tipo apunta y tira. Pega dos balazos en el parabrisas del blindado. Un proyectil de 7,62 impacta en el vidrio del conductor; el otro triza el del acompañante. Las 9 capas de blindaje en el parabrisas no permiten que el plomo lo atraviese.
Al ver el arma. Aguerre se da cuenta de que se trata de un asalto. Se tira al piso buscando cobertura y le pide a Bulacios que le pase el fusil; el único que llevan los dos custodios. Tenían solo un cargador de 20 municiones. En ese tiempo, los jefes policiales no creían que los suyos se podrían cruzar con piratas del asfalto.
"Comunícate por equipo", le pide a su compañero Aguerre.
En ese momento se escucha un impacto en el neumático izquierdo trasero. Dos disparos más vuelan las antenas de radiofrecuencia y el blindado queda incomunicado. Los asaltantes saben lo que hacen. Conocen los puntos de quiebre de la seguridad. Son profesionales, ningunos improvisados. Es la primera vez en la provincia que un blindado es frenado en movimiento. Un hecho histórico que no volvería a pasar.
Aguerre transpira. Levanta la mirada y ve a dos personas. Uno robusto, bajo y canoso.
"Ppaagg", hace la puerta trasera del blindado. Es otro balazo. Ya el ataque cubre todos los flancos. Los otros dos delincuentes que acompañan al de la peluca llevan una escopeta Itaka con la que volaron las antenas y una pistola a repetición.
"Ahí lo tenés pelado", le grita "Tito" Pugh a Aguerre, quien no se imaginaba nunca que ese día que tanto pensaba cuando leía el diario había llegado. Desde afuera los ladrones gritaban que les abrieran; los insultaban y amenazaban. Disparaban para intimidar.
Era la regla número uno de un asalto a blindados en los años 90: tirarle primero al parabrisas, para que los choferes se asustaran y abrieran las puertas.
Aguerre levantó la cabeza, observó por la mirilla encima de la tronera, cargó el fusil, abrió la solapa de hierro y direccionó el cañón hacia el hombre que le señaló Pugh. Empujó el fusil, rompió el vidrio que llevaba de protección la tronera y apretó la cola del disparador. Pensaba herirlo. Eso quizás los haría retroceder.
Nunca pensó que la bala entraría a la zona toráxica de Juan "El Turco" Muracioli, un legendario ladrón de bancos que tenía 76 años, un delincuente que no se quería jubilar. El plomo le seccionó la aorta y le causó una hemorragia interna cataclísmica. "El Turco" cayó al suelo y entró en agonía. Aguerre cerró la mirilla y la "trampera". Pugh vio por el espejo retrovisor que caía un bulto y aprovechó para poner en funcionamiento el motor del blindado que se había apagado al intentar salir con el neumático en llanta. Eludió el Renault y siguió el camino.
En ese momento entró en acción Bulacios. El ex policía catamarqueño tomó el fusil y por la tronera trasera hizo cinco disparos, dos de los cuales dieron en el blanco. Aguerre lo frenó: les quedaban solo 16 balas.
La banda de delincuentes llevaba también dos equipos de comunicación "Yaetsu" y un juego de esposas. Pereyra, el de peluca, recibió un tiro en el hombro, y Julián "Conejo" Molinari, el histórico atracador de blindados en el sur, recibió un tiro en la cadera que le salió por la ingle. Los frustrados asaltantes subieron a Muracioli agonizando al auto y escaparon.
Aguerre transpiraba. La remera negra del grupo especial se le pegaba al cuerpo. Tanto Bulacios como él tenían familia que los esperaba. No había margen. No debía haber ningún error. Se habían preparado para eso. Para combatir.

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Juan Francisco Muracioli, alias "el Turco", legendario ladrón de bancos, el delincuente que no se quería jubilar, nació en Venado Tuerto, pero creció en Bahía Blanca en donde comenzó con sus robos. Fue un integrante de la banda de los Bonnie and Clyde argentinos, Nelly Herrera Thompson y Saúl Lipsitz.
En su libro "Crímenes sorprendentes de la Historia Argentina", Ricardo Canaletti lo ubica a Muracioli en el histórico robo de 400 kilos de oro en barras "Johnson y Mathey" del Aeropuerto de Ezeiza, el 15 de enero de 1961. El botín ascendía por ese entonces a 40 millones de pesos.
Con Muracioli, también participó -entre otros- Ramón Toscano, alias "Toscanito", conocido hampón de la época. La banda actuó con overoles comprados en Coppa&Chegoy fue Nelly quien cosió la marca de una empresa aérea.
Una vez que redujeron a tres empleados, entre ellos el jefe del depósito, sacaron las cajas con las barras de oro en carretillas.
También se llevaron dinero, entre ellos francos, cruceiros, mejicanos y relojes. El golpe hasta ese momento era el más importante en América Latina. La Policía decía que se trataba de"una banda de comunistas" y hasta les endilgaban más de 15 asaltos a bancos y casas de cambio. Es que los habían burlado y a la Policía Federal siempre le dolió perder con delincuentes ingeniosos.
El 3 de octubre de 1995, en Chubut, fue la última vez que Muracioli sintió vértigo en un robo, esa adrenalina que para cualquier delincuente es necesaria como el oxígeno que entra en los pulmones para vivir.
El también había sido uno de los partícipes del asalto, en enero 1967, a la sucursal del Banco Regional Sureño en Ingeniero White por el que fue detenido.En ese atraco, que duró entre 8 y 10 minutos, la banda que integraba el santafesino se llevó 15 millones de pesos.
Aguerre confiesa a Letra Roja que él solo quiso herir al delincuente, pero que la bala del 7,62 le dio solo unos minutos de agonía. Muracioli fue levantado por el "Conejo" Molinari y Juan Pereyra en medio del fuego cruzado. La banda escapó como pudo en el Alize, que había sido robado el 21 de setiembre de ese año en la Capital Federal y al que le habían cambiado la patente.
El asalto no había salido como pensaban, a pesar de que habían hecho todo lo que tenían que hacer. La resistencia policial, y la del blindado nuevo, no había sido la que esperaban. Pereyra y Molinari encontraron ayuda a diez kilómetros hacia el este, donde los esperaba Mirta Varrenti, a quien reconoció luego una testigo. Lo hacía con dos automotores: una Traficc y un Ibiza Zoti. Embistieron un alambrado e ingresaron el Renault usado en el asalto unos diez metros adentro, lo incendiaron con su propio combustible y escaparon.
A Muracioli lo dejaron tirado en el suelo. Sus secuaces necesitaban asistencia rápida porque perdía mucha sangre. La leyenda dice que lo ejecutaron sus mismos compañeros, pero nada de eso se comprobó. Al cuerpo lo despojaron de todas las pertenencias, hasta de la dentadura postiza. A la Policía le llevaría varias horas identificar el cuerpo que estuvo varios días en la morgue. Nadie lo reclamó al anciano ladrón. Aunque sí supo la Policía que la banda en las horas posteriores al golpe fallido quiso llevarse el cuerpo de la morgue.
Alguien llamó al Comando Radioeléctrico de Trelew y dijo: "entreguen el cuerpo que tienen en la morgue sino vamos a hacer cagar a todos los milicos que tienen en el Hospital". Nadie fue a su entierro y sus restos fueron sepultados en el cementerio de Trelew. El que le tiró la última palada de tierra fue un policía.

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El blindado hace 800 metros en llanta. Ese día justo los choferes habían cambiado las cubiertas fabricadas solo de caucho que traía el blindado nuevo porque eran muy duras para circular.
Aguerre piensa que puede venir en cualquier momento el vehículo de apoyo de la banda y mira hacia atrás. Siempre existe la cobertura de otro vehículo en este tipo de asaltos. Le pide a Bulacios que pare un auto y se vaya para el Dique Ameghino a buscar ayuda. Aguerre sigue sudando. Se sorprende de no tener miedo, pero está atento. Se baja y cubre a los choferes con el fusil y las 16 balas que le quedaban. Los conductores cambian el neumático. En ese momento un vehículo al escuchar el pedido de ayuda de uno de los choferes, gira en U y se va hacia Esquel.
Aguerre cree que los que viajaban en ese auto eran la mujer que les dio apoyo para escapar y Llambay, un peligroso delincuente de Bahía Blanca que siempre se sospechó que había tenido participación en el atraco pero nunca se comprobó.
De repente se acercó una camioneta y Aguerre pensó que era la de apoyo de los piratas del asfalto. Estaba alerta y no confiaba en nadie. Estaba obsesionado con que los volverían a atacar. Sacó su pistola 11,25 y le disparó al vehículo. Se trataba de un lugareño que ante la amenaza y no entender la situación, dio marcha atrás y se fue.
Aguerre se subió al blindado nuevamente y les pidió a los choferes que no se detuvieran hasta que él les dijera. Quería buscar cobertura rápidamente en la comisaria.
En 1994 eran comunes los robos a blindados en un mes. Por ejemplo, el mítico Luis "Gordo" Valor dijo en 2006 en una entrevista que a mediados de los 90 robaba hasta cinco o seis en el conurbano.
El camión blindado seguía por la 25; un auto se le pegó atrás y Aguerre creyó que podía ser uno de los de apoyo de los delincuentes. Pero cuando observó bien, reconoció al comisario Julio Villarroel, quien junto a otro jefe policial volvían de Esquel de un accidente que había tenido un comisario general.
Curiosamente, Villarroel es el mismo que hace poco tomó trascendencia pública al ser condenado por asociación ilícita en Comodoro por su participación en una banda de estafadores que operaba en toda la región patagónica.
Pero ese día las víctimas del violento asalto respiraron al verlo.
Aguerre y Bulacios luego fueron condecorados con la máxima distinción en la Provincia del Chubut, la medalla de plata (ver foto),y recibieron una placa del Ministerio de Seguridad de la Nación y Lucha contra el Narcotráfico, además de ser ambos ascendidos a su grado inmediato superior.

"NO ES ESPECIAL EL HOMBRE SINO LA MISION"
Luego de aquel enfrentamiento armado, Aguerre reforzósu vocación de policía.Había ingresado a la fuerzaa fines de los 80 solo por necesidad laboral. Es que en el campo, en Bahía Bustamante en donde se había criado, su paga como peón ovejero ya no era buena. Nacido en Trevelin, trabajó en comisarías de Rawson y Madryn antes de llegar al GEOP.
Fue uno de los fundadores del grupo especial; incluso los adicionales que hacía junto a Bulacios para el traslado del tesoro provincial en la zona del valle era utilizado para comprar uniformes y materiales para la construcción de la división.
Después de aquel enfrentamiento, se capacitó como operador de explosivos y rescatista en altura.Tiene cursos de combate en cuarto cerrado y combate rural. Hoy, con 48 años, tiene los ligamentos cruzados y meniscos lesionados, por lo que tuvo que dejar el GEOP. Actualmente es el chofer del equipo Multidisciplinario de la Procuración Fiscal de Rawson y custodia a los peritos.
"Ser policía es honorifico, hay que llevarlo adentro, hay que prepararse y no descuidarse. No somos empleados, sino funcionarios policiales. Hay una diferencia. El empleado no tiene la capacidad de que dependan muchas cosas de él, y el funcionario sí.
Para ello uno se debe preparar, saber usar el arma, mantener el cargador siempre lleno; el arma es nuestra herramienta" explica Aguerre. Disfruta de su familia, sus dos hijos y su esposa con quienes llevan toda una vida juntos. Se dedicó a estudiar y es un gran montador electricista.
Cualquier policía puede estar preparándose más de 30 años en su carrera y nunca quizás deberá desenfundar el arma. Aguerre lo hizo una vez porque corrían riesgo su vida y la de sus compañeros.
"No es especial el hombre, sino la misión" destaca. Hace poco un episodio lo superó, y le sacaron el arma, pero tenía cerca a su mujer que lo contuvo.
La última vez que Aguerre vio a Molinari fue cuando lo custodió hasta tribunales a recibir la sentencia. Al "Conejo" le dieron siete años por el fallido atraco al blindado y le arrojó a la cabeza el micrófono al juez Nelson Sánchez, el mismo que en 2002 fue amenazado por teléfono cuando investigaba la corrupción policial en la jefatura y no se amedrentó.
Cuando Molinari le tiró al juez con el micrófono, Aguerre saltó el corral y redujo al "Conejo" en el escritorio del estrado. Cuando lo trasladaba a la celda, la leyenda pistolera lo reconoció y le dijo: "esto no es personal, es mi trabajo".
Aguerre entonces entendió que el ladrón le hablaba con códigos. Los que ya hace tiempo se perdieron. El líder de la banda había "perdido" en el asalto y no tenía nada contra el policía.

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Julián Andrés "Conejo" Molinari nació en Bahía Blanca en 1960 y es uno de los delincuentes más famosos de la Patagonia. En 1977 cometió su primer asalto en Punta Alta. Llegó a tener pedidos de captura vigentes hasta en siete provincias y pasó preso casi la mitad de su vida. Fue bautizado "El Rey de Fugas" gracias también a la inseparable compañía de su ladero, Roberto Mariño, "El Mago Houdini" de habilidad notoria para escaparse.
El 15 de setiembre de 1996, ambos se escaparon del escuadrón de Gendarmería Nacional de Río Grande. Habían caído en agosto de ese año en un operativo en el que les secuestraron cocaína en filtros de naftas, y que se denominó "Filtro Blanco".
Molinari volvió a ser detenido en enero de 1997. Fue en La Matanza cuando estaba a punto de asaltar el Mercado Central. Renegó ante la consulta de un matutino de su mote de leyenda y dijo que se inmiscuyó en el delito luego de que lo condenaran por el homicidio de un suboficial de policía, padre de una de sus ex parejas, que dijo que él nunca cometió. En julio de 1983 se escapó del penal de Mar del Plata y también estuvo preso en Rawson.
En 1995 participó del fallido asalto al blindado en "Las Chapas" en donde recibió un balazo en la zona de la ingle por parte de Bulacios.
Uno de los choferes lo alcanzó a reconocer cuando caminaba agachado acercándose a la puerta del camión de caudales. En marzo de 1996 lo vincularon a otro asalto de un blindado que llevaba 800 mil pesos para el pago de sueldos de los empleados del hospital de Río Gallegos. En agosto de 2003, cayó en la provincia de Buenos Aires en un control de tránsito. Estaba prófugo desde el 28 de junio de 2001, cuando había escapado junto a otros dos hombres con ayuda de sobornos a los policías de la alcaidía de Caleta Olivia, donde estaba detenido tras asaltar un negocio.
En Caleta Olivia se casó y muchos medios se hicieron eco de la noticia. Hoy tiene 56 años y el periodismo le perdió el rastro.Sin embargo su leyenda renace cada vez que se habla de atracos importantes en la Patagonia.

LAS MONEDAS DE LADRONES ATREVIDOS
El juicio por el robo se inició el 17 de setiembre de 1996 y la sentencia se dictó el 30 de ese mes.A Pereyra, que lo habían detenido en Trelew herido en el hombro izquierdo, lo condenaron a siete años de prisión como autor material del fallido robo.
En un principio el juez de instrucción lo procesó hasta la elevación a juicio por el homicidio de Muracioli. Luego el fiscal cambió la calificación y en el juicio se comprobó que al delincuente le había dado muerte el policía Aguerre "al haber obrado en cumplimiento del deber y en defensa legítima del ataque que se perpetraba". El homicidio producido se tornaba así fuera de la órbita penal.
Molinari, que tras el atraco escapó con Varrenti hacia Punta Alta, fue condenado como autor material y penalmente responsable del delito de tentativa de robo calificado por el uso de armas, en despoblado y en banda, en concurso ideal a la pena de siete años de prisión, más la declaración de reincidente.
También se condenó a Susana "La Negra" Varrenti, ex pareja de Molinari, a seis años de prisión como partícipe primario. Y a Francisco Catafi a dos años de prisión por encubrimiento. Y a José Alesanco a cinco años de prisión por partícipe primario del robo.
En casación, el juez Agustín Torrejón fue claro. "El flanco débil de la resistencia no sería el compacto vehículo, serían sus tripulantes, de cuya actitud dependería la suerte o el fracaso de la empresa".
El juez Raúl Martín dijo que "los atacantes sabían que enfrentarían las dificultades que oponen un vehículo particularmente acondicionado para disuadir a todo ataque y los custodios. Esta realidad no es socialmente neutra, es perjudicial; y revela la enorme peligrosidad del que está dispuesto a levantarse en contra de grandes resguardos, a cualquier costo, a sangre y fuego". Y agregó: "(...) lo inesperado ocurre, justamente, en el lugar inesperado. La sorpresa, el descuido y el miedo, son las monedas con que los ladrones más atrevidos apuestan al logro delictivo".|

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