Atlético Nacional de Medellín fue un lógico y merecido campeón

El equipo colombiano demostró que fue el mejor del certamen continental. El gol lo marcó Carlos Borja a los 8 minutos del primer tiempo y en el final se desató la alegría en el estadio Atanasio Girardot que lució a pleno.

Si fuera cierta la polémica y legítima hipótesis de que no siempre el equipo campeón es el mejor, ha llegado Atlético Nacional de Medellín para calmar las aguas y por esta vez, por lo menos por esta vez, desalentar las controversias.
El campeón de la Copa Libertadores ha sido el mejor equipo y el mejor equipo de la Copa Libertadores ha sido el campeón, redundancia, tautología o lo que fuere, sostenida en clave de glosario de automovilismo, motociclismo o turf: de campana a campana, de bandera a bandera a bandera, de punta a punta.
Ya en la fase de grupos los jugadores del equipo de la tierra donde murió Gardel dejaron entrever que, así como el Zorzal cada día canta mejor, ellos jugarían cada vez mejor.
Y cada vez mejor jugaron, en el uno por uno y en el uno por uno que en su tope alcanza el punto culmine y propicia un dichoso accidente de las aritméticas: el todo es más que la suma de las partes.
He ahí el intangible supremo de un equipo, Atlético Nacional, que ha sido capaz de reunir las virtudes del fútbol clásico, del fútbol "de antes", pongamos, sin declinar los desafíos del fútbol, moderno, si tal cosa existiera: alta prestación física, intensidad en general e intensidad en particular cuando más alta se le opuso la vara.
Las virtudes que atañen al mejor fútbol de cualquier tiempo podríamos darlas por descontadas, pero por las dudas preferimos reponerlas: respeto por la redondez de la pelota y el indispensable cóctel de la cabeza fría y el corazón caliente.
Cabeza fría y corazón caliente, entendido por esa unidad inefable y a la vez más real que la mismísima realidad que damos en llamar "equipo".
A menudo hablamos de un "equipo inteligente" y resulta que esa inteligencia es de todos y es de nadie, carece de nombre propio y sin embargo la palmamos en la sincronía entre las líneas, en el manejo de los ritmos, en la cantidad de decisiones correctas y en la impronta general del colectivo.
Y llegado este indicador, el del colectivo, desde luego, es justo y debido remitirse al director técnico de Nacional, el señor Reinaldo Rueda, puesto que si no hay equipo que no se parezca a su conductor, entre Rueda y su equipo, ni un sí ni un no, dos gotas de agua.
Acaso su primer gran mérito haya sido tomar las cosas donde las dejó su antecesor: si Juan Carlos Osorio había inculcado determinación, vocación de protagonismo, agresividad bien entendida y solidaridad en las transiciones (es decir, "vayan muchos pero vuelvan muchos"), amén de retoques en la selección de personal, Rueda potenció la fluidez en la tenencia de la pelota, los ajustes defensivos (sobremanera a la espalda de los mediocentros), el aprovechamiento integral de los espacios y, por añadidura, la fortaleza mental que es propia de todo equipo que ha llegado a su punto de cocción y disfruta de esa certeza.
Atlético Nacional, en fin, lo ha tenido todo: juego, merecimientos, goles, triunfos, grandes figuras, épica.
Y también, hay que decirlo, ha tenido unas cuantas señales de la diosa fortuna, sea por la gravitación de ese gran arquero que es el argentino Franco Armani, sea por la de algunos arbitrajes que supieron sonreír con todos los dientes: versus Huracán en Medellín y versus San Pablo en San Pablo; un poco menos, pero también cordial, fue el de Néstor Pitana, que el miércoles omitió un evidente foul penal en perjuicio de un delantero ecuatoriano.
Pero si subrayamos los aspectos menos luminosos de Atlético Nacional al pie de la enumeración laudatoria, ha sido de forma deliberada, ahí deben de estar, por debajo de los hombres y las virtudes que han sabido ganarse el bronce y el escaparate.
Y en esa galería, en la que entre varios destacó ese exquisito entendedor llamado Macnelly Torres, el Iniesta de Barranquilla, urge mencionar la curiosa y gloriosa deriva de Miguel Borja: aquel muchacho que hace un par de años había pasado por Olimpo de Bahía Blanca con escaso rodaje y escasa gracia se ha convertido en un delantero de tranco letal y goles que cotizan en la Bolsa.
Por último: que un equipo colombiano sea el vigente campeón de la Sudamericana (Independiente Santa Fe de Bogotá) y otro equipo colombiano sea el flamante campeón de la Libertadores nos habla de un fútbol cada vez más sintonizado en la compleja correspondencia entre la materia prima, la siembra y la cosecha.

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