Barros afrontará el combate más importante de su vida

El mendocino Jonathan Víctor Barros es boxeador profesional desde 2004 y ya fue campeón del mundo de los Plumas, pero desde cierta perspectiva el sábado afrontará la pelea más importante de su vida, en Las Vegas y 48 horas antes de cumplir 33 años de edad.
El "Yoni", tal como lo llaman al natural de Guaymallén, subirá al cuadrilátero del MGM con el firme propósito de quedarse con la corona de Lee Selby, un peleador galés que hace de todo y sin embargo está muy lejos de merodear siquiera el perfil de invencible.
De hecho, la foja de Selby registra nada más que 24 combates en más de siete años de rentado, con apenas ocho triunfos antes del límite, un solo nombre relevante entre sus vencidos (el mexicano Fernando Montiel) y una derrota a manos del ignoto Samir Mouneimne.
Con todo, Selby será el favorito para defender con éxito el título FIB de los 57 kilos y monedas pese a la escasa actividad que desarrolló en 2016, una meritoria victoria por decisión a expensas de Eric Hunter, el ascendente valor de Filadelfia al que sindicaban como la horma de su zapato.
¿Podrá Barros despeinar, desbordar y dominar al fogueado y mañero Selby?
Para establecer sus posibilidades con un mínimo de asidero es indispensable antes poner la lupa en una carrera que bien admite ser segmentada en tres.
Hubo un Barros desde su debut en el campo rentado en 2004 hasta noviembre de 2011 cuando perdió la corona del mundo en el Luna Park a manos del panameño Celestino "Pelenchín" Caballero, a quien había vencido en diciembre de 2010, aunque la palabra "vencido" es una manera meramente formal de calificar la pelea, puesto que se había tratado de un fallo localista, impudoroso. Aquel Barros era un peleador de la media distancia igual de veloz y pícaro que de intermitente, que alternaba momentos de intensidad y creatividad con otros de apatía o ausencia de cuerpo presente.
Entre el tropiezo con Caballero y el 3 de octubre de 2016 hubo un Barros que hizo apenas nueve combates, con siete éxitos irrelevantes, una derrota con el mexicano Juan Carlos Salgado, y otra derrota, con el californiano Mikey García, pero siempre en un tono general de boxeador estancado o involucionado, un boxeador administrativo, más cercano a la idea de colgar los guantes que a la de su refundación.
¿Qué pasó el 3 de octubre de 2016?
Pues pasó que en el Korakuen Hall de Tokio dio la nota y consumó un volver a vivir boxístico que había meditado con su yo interior, compartido con sus afectos más cercanos y diagramado con su entrenador, el sapiente Pablo Chacón, el medallista olímpico y asimismo ex campeón mundial de los plumas.
Esa noche, ante Satoshi Hosoni, el Yoni Barros mandó a penitencia sus fantasmas de languidez, se plantó en el centro del ring y si pensó fue para resolver los problemas que le presentó el rival y no ya para hacer la plancha, dejar pasar los segundos, los minutos, los rounds, y sacarse el compromiso de encima.
Jamás se había visto un Barros en semejante estado de forma, con apreciables reservas aeróbicas y anímicas, capaz de llegar a la última vuelta determinado, convencido y en clave de guerrero.
Ese Barros, el que marcó el territorio cara a cara con el japonés, ganó la eliminatoria y se reinventó, tiene legítimas chances de ganar el sábado en Las Vegas, pero la pregunta del millón, la que solo empezará a ser respondida con el primer tañido de la campana, consiste en si aquello fue una golondrina de verano o la muestra gratis de la mejor versión de un boxeador de muy buenas condiciones técnicas.

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