Benarés: el alma de la India

Alberto Martinez, abogado tucumano y comodorense por adopción

Una advertencia inicial: en la India, para ver cosas cautivantes será ineludible, casi siempre, ver cosas espantosas. Así, sólo golpeándose con la hiriente miseria de la ciudad de Agra se accede al sitio del TajMahal, una de las siete maravillas del mundo.
Pero la ciudad de Benarés (o Varanasi, en su nombre moderno), tiene, a este respecto, algo de especial. Aquí lo sublime y lo perturbador está a tal punto unido que no es posible ver lo uno sin lo otro. Y el enfoque sólo lo hará tu perspectiva, tu mirada, tu capacidad para percibir el lado bueno o malo de las cosas.
Tal fue mi experiencia, al menos, cuando la visité hace algunos años. El primer día mis ojos sólo quisieron ver una ciudad gastada por el tiempo y por la desidia, poblada de olvidados indigentes y de edificios amontonados y ruinosos, y donde las cremaciones de los muertos agrisaban el mismo Ganges que purificaba a los vivos. Sólo unos pocos templos de relativo interés arquitectónico y los vívidos colores de los femeninos saris parecían animar la opacidad del caótico conjunto.
Quiso la suerte que recorriendo los gaths (escaleras de piedra que descienden a las aguas del río) conociera a un fotógrafo español enamorado de Benarés, que se convirtió en el regalo que me dio la casualidad para hacerme ver la otra cara de la moneda, el lado sagrado de la ciudad viviente más antigua del mundo.
Y gracias a sus enseñanzas, tras un pestañeo revelador, descubrí en aquellos callejones de cuento y en esos pasadizos improbables -que parecieran no haber cambiado por siglos-, el mágico escenario en donde los hinduistas actúan su religión y sus creencias. Peregrinos venidos de toda la India desfilan con sus trajes típicos y sus músicas hacia el río que les perdonará sus pecados, o les permitirá escapar del eterno círculo del tiempo, si acaso la muerte los sorprendiera allí.
Sin planearlo, y acaso sin merecerlo,fui parte de esa muchedumbre insólita, colorida y fervorosa que saboreaba su ciudad santa, y me convertí en testigo ínfimo y desconcertado de absoluciones, de samsaras (transmigraciones de las almas) y de nirvanas (liberaciones de la existencia), al ver los baños rituales, las ofrendas y el humo de las cremaciones.
La visita a Benarés se convierte así en una lección de religión, de filosofía, de humanidad, que enseña, en un solo haz, la relatividad de las cosas, la crudeza y la gloria de la vida y la justicia de la muerte, la vocación de eternidad del ser humano...
Benarés, pues, es una fascinante dualidad. Es lo uno y lo otro. Es esa derruida ciudad al borde de un perezoso río portador de súplicas, de agua y de cenizas. Pero es también el mejor lugar para acercarse al alma de la India.

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