Colores y genéticas

El histórico balotaje del domingo pasado dejó obviamente mucha tela para cortar y el análisis del resultado, de lo decidido, su significado y la historia que comenzó a partir del cambio de gobierno y del modelo no se agotará por supuesto en una sola nota.
Desde esta columna pedíamos en la previa que el ciudadano se tomara su tiempo para votar en colores (el que cada uno quisiera y entendiera que era el mejor para el país), y no en blanco porque entendíamos que partiendo de la indefinición cada uno debía realmente aportar lo suyo a la decisión general. Nos congratulamos entonces con ese segmento de la elección.
A diferencia de lo que ocurrió el 25 de octubre, en la elección del 22 de noviembre -la verdadera y definitiva- el voto en blanco no tuvo peso alguno ya que en Nación solo eligieron esa opción el 1,19% de los votantes, y en Chubut ese porcentaje se redujo solo al 0,98%. Es decir que la casi totalidad de los que en la primera vuelta votaron por otros candidatos o lo hicieron en blanco, entendieron que, pese a que no se sentían representados inicialmente ni por Daniel Scioli ni por Mauricio Macri, con buen criterio decidieron que en esta instancia tan crucial había que jugársela por alguno ya que, pese a que podían tener orígenes parecidos, en esta elección cada uno de los candidatos representaban cosas y modelos diferentes.
Para seguir analizando en colores, si uno ve el mapa de cómo quedo la Argentina, o mejor dicho cómo se votó en cada una de las provincias, notará que salvo la excepción de Jujuy, Macri se impuso en una especie de corredor central, que engloba la Pampa Húmeda y algunas provincias conexas y las más grandes del país, como Córdoba (la que seguramente terminó de inclinar el comicio con el famoso 70-30, similar a la proporción del fernet con cola), la Ciudad de Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos, Mendoza, San Luis, La Pampa, La Rioja, y prácticamente empató en la provincia de Buenos Aires.
Mientras Cambiemos tiñó de amarillo esas provincias, donde sus aliados, aunque algunos de ellos hayan sido rivales en las PASO, le traspasaron sus votos, Daniel Scioli, del Frente para la Victoria, se impuso, a excepción de Buenos Aires, donde insistimos casi hay que hablar de un empate, en los extremos del país, en el norte en Santiago del Estero, Formosa, San Juan, Tucumán, Chaco, Misiones, Corrientes, Catamarca y Salta; y en el sur: Neuquén, Río Negro, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego.
El mapa del voto en la Argentina, en ese azul y amarillo, parece dejar en claro que en las provincias más pobladas y vinculadas con la producción agropecuaria, donde las retenciones siguen siendo un reclamo abierto y permanente, apoyaron el cambio de modelo.
El resto del país, donde la producción es más escasa y esforzada, respaldó la continuidad de las políticas actuales que, por lo visto, fueron lo suficientemente contundentes para atender lo que alguna vez se llamó la periferia de la patria, no porque así lo sea, sino porque así se hizo ver y sentir durante casi toda la historia de la Argentina.
Mauricio Macri tiene ahora, como presidente de todos los argentinos, la obligación de atender a cada una de las provincias y al entramado federal que termina formando y conformando un país. Debe -en consecuencia- entender las particularidades de cada región y producción que, en el caso que a nosotros nos ocupa y preocupa, necesita de una especial atención del Estado, en función de la crisis internacional por la baja del precio del crudo.
El nuevo gobierno no solo tiene la legitimidad del respaldo popular, ese que decíamos en anteriores notas debe ser respetado ganara quien ganase, sino que también tiene el clima favorable que debe utilizar para no desaprovechar ese cambio que en la práctica acompañó la mayoría de los argentinos, y debe además tener la inteligencia en la función y en el accionar para dejar lo que estaba bien y realmente cambiar lo que merece ser cambiado.
Macri, su gabinete, pero sobre todo su política, tienen ahora el desafío de demostrar, en la práctica y en los hechos, que lo que se dijo del otro lado durante toda el período pre electoral, formó parte de la denominada campaña del miedo que ya dijimos que fue más error que acierto, y no de la definición intrínseca y central que Cambiemos tiene en sus genes, esos que pueden ocultarse y a veces hasta desobedecerse, pero que siempre, donde hay vida, personas y proyectos, están.
Del otro lado, el Frente para la Victoria deberá reacomodarse en un escenario que, salvo en su fundación, no conoce cómo es la falta de poder, aunque en el Parlamento lo retuvo bastante y desde allí puede ejercerlo en parte y ser oposición. En esta práctica se verá si el FPV puede reinventarse y sostenerse hasta la próxima elección, o si se trató de un movimiento importante que intentó y logró suceder en poco más de una década al justicialismo.
El FPV también, desde el claro lugar que le asignó la población, debe colaborar en el crecimiento del país y para ello debe acompañar lo que se entienda que está bien, pese a que no está dentro del cien por ciento de su ADN, y criticar aquello que vaya contra lo realmente logrado para todos.
No se trata de arriar banderas, solo de aceptar democráticamente el lugar que a cada uno le dio la gente en elecciones irreprochables.
Unos y otros empiezan una nueva historia, como la Argentina. Ojalá que sea la de todos y no la de algunos pocos.

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