El brutal asesinato del zapatero checoslovaco que dejó sin custodia al primer obispo de Comodoro

Rodolfo Homola, checoslovaco y conocido vecino de Comodoro Rivadavia, fue asesinado el sábado 6 de julio de 1957 en su zapatería "Tatra", ubicada en San Martín 817. Lo mató Bartolo Millapi, quien lo golpeó con el mango de un hacha en la cabeza y luego lo degolló con una trincheta que la víctima utilizaba en sus menesteres. Un oficial escribiente de la comisaría Primera que ese día custodiaba al monseñor y primer obispo de la ciudad, Carlos Mariano Pérez, evoca la persecución y detención del criminal.

Es lunes a la tarde y fines de octubre. Por San Martín y España la gente camina apurada de un lado al otro porque los locales cierran. Los automovilistas transitan apurados y no respetan mucho la distancia. Frenan al límite en el semáforo y los peatones cruzan temerosos la calle San Martín. La arteria principal se hace más angosta porque la vereda del edificio del Banco Chubut está ocupada por las reformas. Y un policía custodia más atento el lugar. Es que el sábado 22, tres adolescentes burlaron la seguridad de la entidad, se pasearon por el interior y se alzaron con unos 10 mil pesos en herramientas.
Dos días después, entraron al Banco Macro, ubicado enfrente. Lo hicieron por una ventana, llegaron a la zona de cajas y se fueron por la puerta de emergencia cuando se les activó el sistema de alarma.
La calle San Martín al 800 tiene más movimiento que lo habitual. Tiene acción. Los patrulleros rondan más de lo habitual. Se escuchan martillazos que vienen desde adentro del local ubicado en San Martín 817. Un obrero aclara: "estamos arreglando". Es que allí dejó de funcionar recientemente una panadería y se repara la estructura para una nueva renta de alquiler.
Muy pocos son los que se acuerdan que desde ese mismo edificio, 59 años atrás, también salían algunos martillazos. Pero esos golpes clavaban tachuelas.
El sábado 6 de julio de 1957 la cuadra también estuvo rodeada por policías. Fue por el homicidio del zapatero "Tatra", que conmocionó a toda la ciudad. Al checoslovaco Rodolfo Cherno Homola (60) lo degollaron durante un robo.
Ese mismo día Comodoro se vestía de fiesta para recibir al primer obispo de la ciudad, el monseñor Carlos Mariano Pérez. El salesiano le pedía a la población en el Teatro Coliseo que elevara una oración que le permitiera a él continuar las huellas del monseñor Santiago Costamagna.
Pero los que seguirían huellas en el cerro Chenque, entre el barro y la lluvia, eran los policías de la comisaría Primera y de Mosconi, en busca del asesino del zapatero.

"ES PARTE DE LA HISTORIA POLICIAL"
La víctima era un reconocido vecino de Comodoro. Y su homicidio fue uno de los más espeluznantes que ocurrieron en pleno centro de la ciudad.
Con una bolsa de compras el que camina por la cuadra es Antonio Marques, histórico peluquero del lugar. El se acuerda de que el zapatero ese día fue encontrado en la vereda bañado en sangre.
El comisario retirado Alun Llufon Jones fue jefe de la Unidad Regional y recuerda ante Letra Roja que el crimen "es parte de la historia policial. Cuando fue el monseñor (Carlos) Pérez por primera vez a Comodoro, me eligen a mí y a (Segundo) Arruabarrena como custodias porque iba alojarse en la calle España. Lo recibieron en el aeropuerto y cuando llegaron a lo que ahora es La Anónima, estábamos todos formaditos y uniformados. Le hicimos la caravana. Nosotros íbamos caminando al lado de él y por ahí nos dicen que habían degollado a un zapatero en España y San Martín; el zapatero 'Tatra'. Con la misma 'trincha' lo habían degollado".
Jones, hoy director del Museo Policial de Rawson, era en ese entonces un oficial escribiente de la comisaría Primera.
La crónica de la época informaba que el criminal había utilizado un grueso palo y una trincheta de zapatero para acabar con la vida del checoslovaco.
El hecho de sangre "subleva al espíritu pacífico en su generalidad" describió diario "El Chubut", el único de consulta de ese año ya que los ejemplares de "El Rivadavia" de ese mes se perdieron en la inundación de comienzos de la década del 90 que afectó al ex Hotel de Turismo en donde funcionaba la hemeroteca.
La noticia policial identificaba al asesino como Bartolomé Millapi, pero en realidad su nombre de pila era Bartolo. Y este no utilizaba solo una flauta.
Según su ficha prontuarial, había nacido en 1925, de nacionalidad argentina y habitaba el barrio "La Rural". Decía ser jornalero e hijo de Bartolo Millapi y Elena Allalef.
"El suceso despertó la curiosidad de gran parte de la ciudadanía de la parte baja de esta ciudad y campamentos petrolificos (sic) vecinos, por la labor tenaz cumplida por la policía, la cual tras rápidas averiguaciones, y luego de desplegar una acción de extraordinario valor, pudo localizar 'la punta del ovillo' y desenrollarlo hasta lograr detener, tras dramática persecución, al autor del suceso" informaban a la población.
El homicidio ocurrió aproximadamente a las 12:50. Fueron varios los vecinos que hallaron al zapatero "Tatra" cubierto de sangre y dieron el alerta. El hombre era muy apreciado en la cuadra, en la que hoy ya no quedan prácticamente originarios, dado que la mayoría de los vecinos han ido falleciendo.
La víctima fue encontrada sentada frente a su zapatería, malherido y en agonía. La sangre le brotaba de su cuello y su cabeza. Unos minutos después de ser auxiliado y llevado al Hospital Vecinal de la calle Maipú, se conoció su fallecimiento.
El comisario de la Primera, Lucio Ledesma, y el subcomisario Arturo Varas, junto al auxiliar Celestino Gallego, fueron los encargados de intervenir en el hecho.
El comercio de la calle San Martín había quedado impregnado de sangre en todo su salón de ventas, y el desorden en la tienda daba cuenta de una férrea lucha cuerpo a cuerpo. Todo estaba teñido de rojo: el piso, las paredes y varias herramientas. Principalmente una de ellas, un palo de cabo de pico, pala o hacha con la que el asesino había golpeado al zapatero. En el suelo los investigadores encontraron una gorra y una bufanda de "Tatra".
Homola presentaba una profunda incisión en el cuello, "herida de características similares a las que sirven para degollar a una res" describió el cronista. También sufrió fracturas en la bóveda craneana debido a traumatismos con un elemento contundente.
Uno de los testimonios claves para direccionar la investigación fue el de la señora viuda de García, vecina de la calle España que les contó a los policías que había visto a un hombre saltar el techo de la zapatería hasta el patio de su casa. Y que al sorprenderlo en esa maniobra, el hombre le dijo que se había caído y le pidió que le señalase la salida a la calle.
Con esa indicación, el criminal escapó por España en dirección a Sarmiento. En el techo de la casa de la mujer se encontraron rastros de sangre que para los investigadores podían ser del asesino; o bien de la víctima, producto de las heridas en medio de la lucha.

CUSTODIA Y PERSECUCION
Mientras los policías rodeaban el lugar y se trataba de establecer cómo había sido el ataque, la comisaría Primera recibió un llamado telefónico del Cuartel de Bomberos. Habían visto subir por el cerro Chenque a una persona sospechosa.
Con esa novedad el comisario Ledesma, "hombre ducho al extremo, intuyó los pasos siguientes del autor y solicitó colaboración a la comisaría Mosconi y Segunda" describió el cronista que daba cuenta del procedimiento.
"Estaba lloviendo. El tipo se va por la España hasta Bomberos y empieza a escalar el cerro, con tierra y barro. Venía monseñor (Pérez), toda la gente caminando, cuando íbamos llegando a la calle España, dan la orden, y dejamos sin custodia al monseñor y salimos corriendo" contó Jones.
"Nos llevaba como 200 metros de distancia y salimos corriendo atrás de él. Cuando él iba subiendo, nosotros íbamos uniformados con botas. Queríamos escalar, pero íbamos un paso para adelante y otro para atrás. Cuando logramos subir, ya nos sacó unos 600 metros. Se avivaron y llamaron a Mosconi", dijo sobre aquella persecución.
De la comisaría Mosconi el que salió al encuentro del criminal a campo traviesa fue el sargento Gustavo Fass, que buscó las pisadas en el campo. "Subió del otro lado que era más fácil y cuando lo vio, lo corrió, lo corrió y cuando se tiró en un zanjón, el sargento se le tiró encima porque los dos no daban más" recuerda Jones.
Faas, ya fallecido, "era un baluarte", afirma Jones. Marques, con la bolsa en la mano y mirando hacia el cerro Chenque, también se acuerda de Faas. A su criterio, "era el mejor sargento que había por aquellos años".
Jones y su compañero al otro día arreglaron el uniforme y fueron a pedirle disculpas a monseñor Carlos Pérez. Los había enviado el comisario. Tenían que disculparse por haberlo dejado sin custodia.
"Dejen, que ustedes estaban en su labor. Yo voy a hablar con el comisario", les respondió el primer obispo de la ciudad a Jones y a Arruabarrena.
Millapi fue detenido en el campamento Saavedra por Faas y el agente Bernardino Freeman.
"La carrera fue larga y penosa para el que huía y sus perseguidores, pero finalmente se impusieron los representantes de la ley" daba cuenta la crónica. "La acción de la policía fue veloz y positiva" agregaba.
Millapi tenía 32 años por ese entonces. Medía 1,70 y pesaba unos 70 kilos. Con las manos, el saco y el pantalón ensangrentados –sufrió un corte en el dedo índice de la mano izquierda y otro en el rostro-, dijo que de una discusión con el propietario de la zapatería, se habían trabado en lucha.
"Discutimos por cuestiones de precio. Quería cobrarme de más en un par de zapatos", pretendía justificar Millapi.
Pero la Policía le encontró en los bolsillos 4.103 pesos. Era la recaudación de la zapatería. Su ficha de prontuario dice que pasó a la sección "Cadáver". No se sabe realmente a cuantos años fue condenado, ni si cumplió íntegramente su pena de prisión. Su prontuario hoy es inexistente. El expediente que la Justicia podría llegar a poseer en sus archivos no ha podido ser hallado. Los fallos del Superior Tribunal de Justicia de la provincia del Chubut se han recuperado a partir del año 1962.
Hoy el edificio de San Martín 817 espera por un nuevo inquilino. Un nuevo comercio para abrir sus puertas. Mientras tanto, son muy pocos los que recuerdan el homicidio del zapatero que allí ocurrió hace casi 60 años.

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