El decano de los presos se recibió de Perito en Administración de Empresas

A Julio Murúa, preso político entre 1969 y 1973 cuando formaba parte de las Fuerzas Armadas Peronistas, ni las torturas de los militares lo quebraron. En Comodoro Rivadavia se puso el traje de asaltante en 1997 cuando sin efectuar un solo disparo redujo a diez personas en busca de una caja fuerte. Lo atraparon y cumplió su pena y en 2002 lo condenaron por otra causa de robo que él asegura se la armó la Policía. Se fugó a los 16 días y permaneció prófugo durante 11 años. Fue recapturado en La Plata en 2013 y lo trajeron para hacerle cumplir "una pena que ya estaba prescripta". El año pasado se recibió del secundario y hoy, ya con libertad asistida, le cuenta su historia a Letra Roja. Fiel a su historia militante, proyecta un lugar de retiro espiritual para la tercera edad y reclama un lugar en Comodoro para la resocialización de las personas privadas de su libertad.

A Julio Salvador Murúa lo conocen como "el Gaucho" o "el Viejo". Riega con serenidad las raíces de un damasco en el pequeño patio de una vivienda en Comodoro Rivadavia en la que cumplió prisión domiciliaria y hoy se halla con libertad asistida. Allí recibe a Letra Roja.
Con esas manos con las que alguna vez supo manipular armas de todo tipo de calibre coloca agua en la pava para hacerle un té al anciano que cuida, un camionero jubilado amante de las series televisivas yanquis y muy conversador.
Julio prende un cigarrillo. El anciano le recuerda el día en el que trasmitirán una edición especial sobre avistamientos de OVNIs; le pide que no se olvide de encenderle la tele ese día. Murúa toma nota en su cabeza. Sirve el agua en una taza. El anciano, postrado en una silla de ruedas y prácticamente ciego, le pide que le cambie la remera. Murúa le coloca una prenda limpia y le lee el diario. La convivencia es amena. Se escuchan mutuamente, aunque hablen de cosas distintas.
A los 71 años, Murúa ya no empuña las armas con las que luchó en el pasado, cuando era parte de la resistencia peronista. Tampoco manipula revólveres como aquel 38 con el que supo asaltar en 1997 una empresa en el barrio Industrial donde junto a su cómplice llegó a tener reducidos -sin disparar un solo tiro ni pegarle a nadie- a una decena de personas. Fue hasta que los sorprendió la Policía en busca de la caja fuerte.
Diecinueve años después, aplica la solidaridad a la máxima expresión para con un jubilado, quizás el sector más desprotegido de nuestra sociedad. Le da los remedios, lo cuida.

UNA VIDA DE PELICULA
"Soy uno de los pocos condenados por la Cámara Federal sin juicio, por 'extremista'. (Juan Carlos, presidente de facto de Argentina entre 1966 y 1970) Onganía pensaba que éramos todos extremistas", evoca y muestra su dentadura postiza. Los dientes se los fueron sacando en aquella época en medio de las torturas. Dice que fue por no "cantar".
Murúa nació en 1945 en Villa Dolores, Córdoba. De familia radical, se rebeló a muy temprana edad al mandato familiar y se enamoró del ideal de lucha del peronismo. Pasó por varios barrios de la ciudad de Buenos Aires y en el Bajo Flores participó con sus pantalones remendados en reuniones de base.
Rápidamente se sumó a los cuadros más radicales de la revolución peronista. Figura en las listas difundidas públicamente como integrante de las FAP (Fuerzas Armadas Peronistas) y ante la consulta de Letra Roja confiesa medio siglo después que se entrenó en el monte tucumano, en Taco Ralo, a finales de los 60 en busca de perfeccionarse en la lucha armada. Se entrenó con los "Uturuncos" y tiene conocimientos de combate urbano y de selva. Fue detenido en 1969 y recién liberado en 1973 con la ley de amnistía que se decretó el 25 de mayo de ese año, el mismo día en que asumió como presidente Héctor José Cámpora.
Su nombre figura entre los presos políticos liberados que publicó el periodista Fernando Amato en el libro "Setentistas: De La Plata a la Rosada". El indulto lo dejó en libertad junto a los referentes de la lucha armada peronista, Envar El Kadri y Carlos Alberto Caride, los más conocidos de los 16 presos políticos que más pasaron por las cárceles de la provincia de Buenos Aires. Murúa recuerda haber caminado del penal de Olmos hacia la casa de gobierno con unos zapatos de cuero que había dejado secando en el patio del penal y que habían quedado duros.
"En Devoto hacíamos cursos de explosivos, ahí aprendíamos" recuerda de sus días de preso político. Dice que hoy no le teme a la muerte. "Sí tuve miedo en el 69 porque fue la primera cana que me como; las torturas; me hicieron submarino seco. Lo manejé, supe manejarlo. Yo me jugué el cuero", sostiene mientras reniega que hoy algunos se rasgan las vestiduras y se golpean el pecho diciendo que son peronistas y lo único que hacen es "robar en nombre del peronismo".
Tiene en claro su pasado y no se arrepiente de nada. Pagó culpas. Si algo cambiaría en su vida, solo es la muerte de sus padres. Hay cosas que a esta altura igual prefiere callar. Si se mantuvo vivo fue por su bajo perfil, la solidaridad de sus compañeros de lucha y alguna que otra dosis de fortuna.
Pero no duda en contar sus sueños de cambio. "Yo estuve clandestino desde el 73; trabajaba en la Municipalidad de Buenos Aires hasta que dieron el golpe los militares (24 de marzo de 1976). Ese día me dejaron de guardia para secuestrarme, pidieron mi prontuario a mi jefe, vi la movida y me fui", cuenta Murúa.
Se escondió en Córdoba y en 1982 fue detenido nuevamente en el epílogo del gobierno militar, cuando le fue a hacer 'la segunda' a un pibe que iba a 'levantar un coche'.
Reconoce que por aquellos años se hacían trabajos para financiar la lucha. "Entras, pin, pum, pam. Nosotros hacíamos un montón de operativos de esos y no aparecías en ningún lado. Si caías, no lo cantabas. Se han hecho secuestros extorsivos. Había 'laburos' para financiar", confiesa.
Sabe sobre el manejo psicológico de movilizaciones y hasta en qué momento es necesario entrar en enredos con los que están preparados para la represión. Es un orador claro, líder nato.
LA LIBERACION
"Ni yanqui, ni marxista, peronista" es su lema. Dice que lleva en el alma el peronismo. Su libro de cabecera hoy es el "Bhagavad gita", el "texto sagrado de la liberación" hindú. Bajo ese conocimiento del yoga, Murúa traza similitudes y hasta empatía con una mezcla de "Bhismá", abuelo sabio y jefe guardián, y "Drona", instructor militar.
Aplicó sus conocimientos en cada lugar que estuvo. En el Pabellón 3 de la Alcaidía Policial era una especie de decano para los más jóvenes ya que no dudaba en aconsejarlos para hacerles entender que el estudio es la única llave para abrir puertas afuera, en donde la realidad golpea de otra manera.
En la cárcel terminó el secundario con muy buenos promedios en diferentes materias y obtuvo el título de Perito Comercial con Orientación en Administración de Empresas que le entregó la escuela 754 que dicta educación en contextos de encierro. Se lo dedicó a su nieta, por la que "muere de amor". Tiene en claro que la economía "no son números, son proyectos" y eso le ha llevado a discutir largas horas con los profesores de Matemáticas y Economía. Es emprendedor, lo mueven los grandes sueños, los proyectos de materia prima. Todavía está resentido porque alguien se apropió de su idea de fabricar disecado de pescado, pero apuesta todavía a la iniciativa de "Huerta Grande", de junio de 1962, creyendo posible en la Patagonia, así como en todo lugar en donde la tierra no sea fértil, la producción hidropólica.
Murúa es una máquina de tirar frases, ideas. Se define como un "disciplinado", viejo peronista; un solitario por naturaleza, pero de los que no se olvida del cordón umbilical de la madre.
Se jubiló estando prófugo de la justicia penal, pero enseguida fue recapturado y la Policía le quitó su documento. Por eso en estos seis años no ha cobrado un solo peso de su beneficio. Ahora que está en libertad, mañana por medio llama o va a ANSeS. Reclama por lo que le pertenece. Y más de uno de los que deben allanar esos caminos de burocracia, han estado en la misma lucha que él, pero ahora dice que le dan vuelta la cara.
Las herramientas que le ha entregado la política le han posibilitado superar situaciones embarazosas. No dudó tampoco en tomar las armas para resistir. Se define como un romántico del peronismo que tiene a la doctrina como novia, y que su mejor "viaje" es estar en peligro. Vuelve una y otra vez en sus recuerdos a aquellos años en los que vivía en la clandestinidad. Armado hasta los dientes y resistiendo junto a sus compañeros de lucha.
Hoy cree que el más organizado es el grupo "Quebracho", aunque "yo igual estoy contra los zurdos porque son esquemáticos, hay cosas que son determinantes y otras que no tanto, no pueden hacer una revolución y cambiar de un día para el otro porque ni las mismas masas te a van a entender" sostiene Murúa.
Fue liberado en 1985, luego de trabajar como voluntario de los pabellones bonaerenses junto al penalista Eugenio Raúl Zaffaroni en el "2 x 1".
Murúa no reniega de la colimba, dice que hubiese servido para enseñarles a los pibes a ordenar su vida. En ella, a un guardiamarina que está acusado de los fusilamientos en Trelew le hizo una apuesta de que no se metía a un pozo de zorro y arrojaba una granada. "Lo hice para sentir la sensación de guerra" cuenta.
"Yo usé la colimba para prepararme. A los 22 años era una máquina de matar". La frase queda sobrevolando y se le consulta si alguna vez le quitó la vida a alguien. "No maté nunca a nadie, no tengo muertos en mi historial, soy un pacífico, amo la vida" responde.
Además, asegura que nunca debió utilizar su fuerza para ser respetado. "El dirigente barrial no debe ser el más malo, sino el más preparado", sostiene. "¿Asustaste?" se le repregunta. "Y si vos apretaste a un tipo, no hace falta cagarlo a cañazos (culatazos) para apretarlo, sino con la actitud que tenés; no hace falta cagarlo a cañazos, si vos estas con una pistola y el otro sin nada. Si te cago a cañazos es más el miedo mío que el tuyo. Soy un pacifista, amo la naturaleza, amo la vida, amo mis hijos y amo a todos los hijos de Argentina" asegura Murúa.

"HICE UNA PENDEJADA"
"El viejo es de los pocos que tiene códigos" lo definen algunos celadores que supieron conocer a Murúa en la Alcaidía Policial de Comodoro Rivadavia donde estuvo detenido entre 1997-1999, 2002, y 2013-2016 por dos causas de robo, una de ellas -según el protagonista- "armada por Bustos".
El 16 de enero de 1997 fue detenido por asaltar a mano armada la empresa "Dos Santos" en el barrio Industrial. Murúa recién llegaba a Comodoro y no conocía mucho el terreno. "Acostumbrado a Buenos Aires, en donde era todo más violento, hice una pendejada", admite 20 años después. Sostiene que su actitud sobradora lo llevó a equivocarse y perdió. Según el fallo, ese día alrededor de las 16 Murúa y otro sujeto ingresaron con dos revólveres 38.
El guerrillero reconvertido en ladrón tomó otra escopeta que encontró en el interior de la empresa para reducir con las dos armas a unas diez personas que iba encontrando en la empresa. No disparó un solo tiro. Se limitó a apuntar y a dar órdenes. Nunca pensaron que se iban a encontrar con tanta cantidad de gente. Desde carteros, hasta vendedoras de tortas fritas. A todos los hizo caminar en fila india con las manos en la cabeza del baño a una oficina y en medio de la búsqueda de la caja fuerte llegó la Policía.
Murúa esa tarde 'perdió' aunque si quería se podía resistir porque había logrado ganarle la espalda a uno de los policías con una maniobra rápida y pícara. Pero nunca estuvo en su cabeza hacerle daño a nadie. Reconoció ante el juez de instrucción su equivocación y pagó con dos años de cárcel. Ya por aquel tiempo le recordó a la Justicia que él había estado preso nueve años en la época de los militares. Pero nadie nunca se interesó por preguntarle por su pasado, su lucha y sus ideales. Hasta ahora.
En esa oportunidad fue hallado coautor de robo agravado por el uso de armas en grado de tentativa y se lo condenó a la pena de 3 años y 8 meses de prisión. Entre sus antecedentes no tenía condenas, solo una causa por liberación de cheques sin fondos.
El 6 de junio de 1999 comenzó a gozar de las salidas transitorias. Y volvió a militar en el Partido Justicialista local en donde conoció a referentes locales, consiguió trabajo en el bar y café "El Luchador", en Viamonte al 100, donde permaneció hasta fines de setiembre de 2001, cuando integrantes de la Brigada de Investigaciones lo detuvieron acusándolo de un asalto a una empresa de zona norte.

"ME ARMARON LA CAUSA"
La Cámara Primera en lo Criminal el 7 de agosto de 2002 lo condenó a la pena de 6 años de prisión por robo agravado por el uso de armas ocurrido en la calle 17 de Agosto al 48 de Kilómetro 3, el 19 de septiembre de 2001, en perjuicio de la empresa "Industrial Chubut". Allí se lo declaró a Murúa reincidente por primera vez.
La Fiscalía sostuvo que con una pistola y ocultando su rostro con un pasamontañas había reducido a una empleada y a un gerente de la empresa a los que encerró en el baño junto a un empleado de correo, para alzarse con un maletín con 27 mil pesos. La testigo lo reconoció en una audiencia, mientras que el gerente no pudo hacerlo.
Entre las pruebas en su contra, la Fiscalía dijo que la Policía secuestró de la casa de Murúa en Kilómetro 8 una pistola, un pasamontañas, unos 14 mil pesos en un galponcito del patio y unos sobres quemados con algunos nombres de empleados de la empresa. Murúa había dicho que la plata se la había dado un hombre que iba a ser socio en un emprendimiento de disecado de pescado y que la había colocado en el galponcito sin llave, especulando con que a ese lugar cualquier delincuente que entrara no iría a buscar dinero.
Los jueces no le creyeron y lo condenaron. Murúa sigue sosteniendo que no tenían pruebas para condenarlo y aún niega su participación en el hecho. Dice que la única testigo que dijo reconocerlo lo señaló porque la Brigada le mostró una foto suya antes y hasta incluso lo hicieron caminar frente a ella en la Seccional Tercera. Sostiene quince años después que esa causa se la armó el ex jefe de la Brigada, Leonardo Fabio Bustos.
Una vez adentro, empezó a elucubrar cómo escapar. Dieciseis días después de haber sido condenado se escapó de la Alcaidía Policial por los techos. Había apelado otra vez a sus conocimientos de guerrillero. Debía realizar determinados movimientos que "acostumbraran" al celador para no levantar sospechas. Para ello todos los días a media mañana salía a arreglar el edificio de la carpintería, lo hacía rutinariamente. Se ocupaba del techo siempre a la misma hora. Hasta ese mediodía del 23 de agosto del 2002 en donde todo parecía normal. Entonces aprovechó el descuido del celador.
Murúa tenía todo preparado. La ayuda externa estaba lista. Escapó por los techos y ganó la calle. Lo siguió por detrás otro preso, Miguel Angel "Mula" Vargas. La Policía tardó en darse cuenta.
"Lo mío fue evasión, me fui sin romper nada. Estuve once años, casi doce, prófugo; a los diez años la causa ya estaba cumplida. Me hicieron pagar una causa que estaba prescripta" se queja ahora Murúa.
Fue recapturado recién a fines del 2013 en La Plata donde lo hallaron a partir del testimonio de una mujer con la que vivía clandestinamente. La Policía Federal le encontró tres documentos falsos y por eso le abrió una causa.
Tras ser recapturado, los defensores oficiales plantearon ante el Superior Tribunal de Justicia en su momento la persecución por parte de la Brigada de Investigaciones a la que era sometido Murúa. "Bustos me ha perseguido como un loco", cuenta.
También reclamaron las inducciones que dicha Brigada había hecho frente a la testigo, la única que lo reconoció porque la otra víctima no lo hizo. A la mujer explicaron desde la defensa en su momento que primero le mostraron una fotografía de Murúa y luego confeccionaron el retrato hablado. Incluso la defensa puso en el tapete la desaparición de las pruebas que decía tener la Fiscalía en la etapa de instrucción, como los papeles de la empresa damnificada que supuestamente habían encontrado en la casa de Murúa. El Superior no hizo lugar a los reclamos.
"Yo me legalicé, he pagado culpas por cosas que no he hecho. La corrupción me la han aplicado a mí pero seguiré siendo peronista porque es la única lealtad que tengo" sostiene Murúa.

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