El felicidio de Francisca Rojas que dio inicio a la dactiloscopia

El caso de Francisca Rojas en 1892 en Necochea significó un antes y un después de la prueba irrefutable. La mujer que había acusado a su compadre de intentar matarla y de haber degollado a sus hijos de 4 y 6 años, había dejado sus huellas con sangre en una ventana. Las descubrió un inspector que liberó al inocente y comprobó con la prueba dactilar llevada a cabo por Juan Vucetich, que Francisca había degollado a sus propios hijos.

El 30 de junio de 1892 en la casa de los Caraballo, en el cuartel tercero de Necochea, tuvo lugar un doble crimen que marcaría un antes y un después en la investigación criminal.
Ese día fueron hallados en la habitación matrimonial Francisca Rojas y sus dos hijos, Feliza (4) y Ponciano (6), con cortes en el cuello. Los niños habían sido degollados y murieron a partir de una "hemorragia fulminante", mientras ella quedó moribunda.
Cuando el dueño de casa, Ponciano Caraballo, junto a su vecino y compadre, Ramón Velázquez, rompieron la puerta, encontraron a Francisca y sus hijos tendidos sobre la cama.
La mujer recibió asistencia médica y al quedar a salvo, señaló a Velázquez como el asesino. Dijo que había degollado a sus pequeños y lo acusó de intentar matarla porque no le quiso entregar los niños para llevárselos a Caraballo. Incluso denunció que Velázquez le había pegado con una pala en la espalda, para quedar en estado de postración. Con esa simple declaración, la Policía de Necochea mandó a detener a Velázquez, un hombre de campo.
Él se desligó del hecho, dijo una y otra vez que solo había ido a la vivienda para ayudar a Caraballo a abrir la puerta. Fue sometido a interrogatorios y hasta fue torturado para que hablase, pero siempre se mantuvo en la misma posición.
Incluso dicen que una noche un policía hasta se disfrazó de fantasma para asustarlo en la celda en busca de una confesión. Si hasta lo hacían dormir frente a los cadáveres de los niños para que dijese algo. Pero Velázquez siguió diciendo que él no tenía nada que ver.
La Policía contaba con testimonios que sostenían que Francisca había ido a la casa de Velázquez y protagonizado una pelea con su mujer, lo que para ellos era "el impulso" del hecho. Pero un día el acusado le hizo reproches a Francisca y la mujer comenzó a insultarlo y a contradecirse.
El jefe de Policía, Guillermo Nunes, ya para ese entonces había dispuesto que el inspector Eduardo Álvarez interviniese en el hecho y llevase claridad ante la falta de pruebas. El médico que diagnosticó a Francisca dijo que los golpes que la mujer decía tener en la espalda no existían.
Álvarez por carta le comentó a Nunes lo que él presumía e intuía desde un principio. Ante todo, la incapacidad de los policías de Necochea. Hizo análisis y comparaciones. Dijo que la habitación donde se cometió el hecho por ejemplo, se hallaba cerrada por dentro y que para sujetar o trancar la puerta, se había utilizado una pala de puntear -la que había dejado señales en el piso y en la puerta a la altura del mango-. También le llamó la atención que un hombre de campo usara un cuchillo ajeno –como dijo la mujer- y no el que siempre lleva en la cintura.
Uno de los indicios relevantes que habían pasado por alto en las primeras medidas los policías locales y no Alvarez, era que las manchas de sangre que se notaban en la ventana del interior y en la puerta correspondían a una mano chica, y no a la del acusado.
"Un trapo hallado en inmediaciones del pozo con señales evidentes de haberse limpiado en él las manos, y oculto en unas matas de pasto, se ha constatado fue con el que se secó las manos Francisca después de haber degollado a sus hijos, saliendo por la ventana que da al sud y yendo a lavárselas en la cocina" dijo el inspector. Al salir por la ventana, Francisca había dejado sus huellas con sangre.
"A fin de que puedan practicarse las diligencias conducentes a la aplicación o conocimiento de lo que pueda importar el estudio de las impresiones digitales, he traído dos pedazos de madera donde se notan señales de los dedos y en una tarjeta las impresiones de los de Ramón Velázquez y la mujer Francisca Rojas" elevó Alvarez a su jefe. Los trozos de madera y las huellas fueron enviadas a La Plata a la oficina de Identificaciones de Juan Vucetich.
HUBO CASTIGOS PARA
OBTENER TESTIMONIOS
Sobre las irregularidades contra los detenidos en la instrucción del sumario, Alvarez dijo que "el señor comisario de Necochea, olvidando por completo las prohibiciones que establece nuestro reglamento y todo buen sentido, ha incurrido en la grave falta de aplicar castigos morales a la autora del crimen para obtener su declaración, llegando hasta establecer una capilla ardiente, donde colocados los cadáveres de sus dos hijos fue llevada a deshoras de la noche: único medio que creyó adoptable para conseguir lo que se proponía, sin tener en cuenta que, aparte de faltar abiertamente a su deber, tenía mil otros medios de que valerse que le hubieran dado el mismo" criticó Alvarez.
CONFESION
Después de varios días Francisca confesó haber tenido un altercado con su comadre Cándida Roldán, "con motivo de unos cuentos que le habían hecho llegar a oídos" de su esposo dicha mujer y su compadre, Ramón Velásquez; llegó a su casa "fuera de sí y sin saber lo que hacía" fue a la cocina y tomando un cuchillo degolló a sus dos hijos, intentando ella también por su parte quitarse la vida a cuyo efecto se infirió una herida en el cuello". Dijo que lo hizo porque su esposo Ponciano Caraballo, quería separarse de ella y llevarle sus dos hijos, además de por los malos tratamientos de que era objeto.
El tribunal que la condenó en 1894 a reclusión por tiempo indeterminado –en lugar de la pena de muerte por su condición de mujer- sostuvo que existían disgustos motivados por la infidelidad de la procesada, "y aún en el supuesto de que existieran malos tratamientos", ello jamás podía autorizar y mucho menos justificar "un delito tan atroz en el que la perversidad de sentimientos estalla sin un ápice de piedad contra sus propios e inocentes hijos".

DACTILARES
Cuando Vucetich comprobó a través de su sistema de comparación dactilar que las huellas eran de Francisca, Alvarez le escribió: "que esto te sirva de base y de aliento para continuar difundiendo ese sistema de identificación (...) te declaro bajo la fe de mi palabra que si no fuera porque he obtenido la constatación de que las huellas dejadas en la puerta y las impresiones de la mujer Francisca Rojas, correspondían las unas a las otras, a pesar de su confesión me hubiera quedado siempre la duda respecto a su culpabilidad".
Vucetich había ingresado a la Policía Bonaerense por el módico sueldo de 30 pesos y después de trabajar en contaduría y estadística en 1891, Nunes le pidió que organice un servicio de identificación por el sistema antropométrico de Alphonse Bertillon, basado en los supuestos de la estabilidad de las dimensiones de ciertos huesos en la adultez. Ese sistema fue exitoso hasta que en 1903, en Kansas, se condenó a un hombre inocente que tenía las mismas medidas antropométricas que el culpable.
Vucetich se propuso probar así tres enunciados de Francis Galton, clasificó los modos de identificación como sistemas y los aplicó masivamente. Les tomó las huellas a los 23 detenidos en los calabozos de la jefatura de Policía y después a los de La Plata. Hasta que finalmente la Suprema Corte decidió adoptar su sistema en 1902. Simplificó su clasificación en cuatro rasgos, "arcos, presillas internas, presillas externas y verticilos". La posibilidad matemática de hallar una huella igual a otra es de una en 64 mil millones, lo que la hace irrefutable.
El éxito del método de identificación de personas de Vucetich no se hizo esperar. En 1903 el sistema penitenciario de Nueva York lo adoptó y la Academia de Ciencias de París años más tarde informó públicamente que era el más exacto.
El creador de la huella dactilar murió en 1925 por tuberculosis y hoy la escuela de oficiales de la Policía Bonaerense lleva su nombre.
Actualmente la Policía de Chubut busca ir un poco más allá en la comparación de indicios y acaba de sumar al AFIS (Sistema de Identificación Automática de Huellas Dactilares) el Sistema Federal de Identificación Biométrico para la Seguridad (SIBIOS) que posibilita realizar fotografías de rostros, identificación de firmas y reconocimientos de voz.

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