El gran temporal de agua de 1910

El desborde que sufrió el arroyo La Mata durante el reciente temporal de fines de marzo y principios de abril no es el primero que haya quedado grabado en la memoria colectiva de los comodorenses. Asencio Abeijón ya había narrado en las páginas de este diario el aguacero que en 1910 anegó ese sector donde entonces solo existía campo.

por Don Asencio Abeijón

Cuando se inició nadie tomó en cuenta esa lluvia comenzada con sol el 27 de marzo de 1910, a medio día. Las numerosas chatas, carretas de bueyes, carros de mulas y algunos carros de dos ruedas unidos en distintas tropas o grupos de vehículos formaban más de 70 unidades en el tramo comprendido entre La Mata y El Tordillo en una extensión de 8 leguas.
Al detener la marcha para acampar, no se preocuparon de buscar lugar más o menos elevado, para el caso de que se produjeran correntadas de agua. Consideraban absurdo preocuparse por una lluvia en el mes de marzo. Bromeando atribuían el chaparrón a la influencia del Cometa Halley, que en esos días terminaba de desaparecer en el espacio luego de haber acaparado por más de un mes la atención asombrada de todo el mundo provocando una ola de suicidio.
La afluencia de carros desde C. Rivadavia hacia la zona cordillerana era lógica ante la aproximación invernal: constituía el último viaje de la temporada a esas regiones frías. En caminos malos y tan distantes no era posible viajar después de mediados de mes de mayo y esas tropas disponían del tiempo justo para llevar las cargas de provisiones a los pobladores del oeste y regresar con los restos de la carga de lana hasta la costa abrigada antes de la época de las nevadas grandes, que las avutardas con su éxodo al norte se encargaron de avisar con tiempo. Pero el chaparrón se prolongó y el cielo no tardó en nublarse totalmente. Anocheció con lluvia torrencial cuya intensidad fue en aumento conforme avanzaba la noche.

CON LAS PILCHAS AL HOMBRO
Después de medianoche, los carreros que habían acampado a orillas del camino, en lugares sin elevación, comenzaron a verse en dificultades. El agua al correr por el sendero de la huella la había ahondado, convirtiéndola en un profundo zanjón de pujante correntada que comenzaba a desbordar. Quienes dormían debajo de los carros despertaron cuando las aguas ya llegaban a sus abrigados lechos. Tuvieron que alzar al hombro sus pilchas y salir con ellas en plena lluvia buscando en la oscuridad lugares más elevados. Por todas partes tropezaban con zanjones recién formados.
Algunos se refugiaron en el campamento a bastante amenazado por el agua y en él hacían fuego arrojando grasa sobre la leña mojada para hacerla arder y poder tomar mate emponchados y con lonas sobre la espalda.
Otros subieron a los carros y debajo de las lonas que tapaban la carga armaron de nuevo la cama para seguir durmiendo, pero pronto notaron que la correntada comenzaba a castigar violentamente contra los carros y algunos de estos en especial las voluminosas chatas carcomido por el agua el terreno sobre el que asentaban las ruedas su gran peso, comenzaban a tomar peligrosa inclinación que en cualquier momento podría transformarse en un vuelco. Tuvieron que bajar con sus pilchas en busca de lugar más seguro.
Entonces comenzó en medio de la oscuridad la lluvia y el ruido de la correntada la difícil tarea de hallar un lugar no amenazado de ser carcomido por el agua o de llegar a los faldeos de los cerros que formaban el cañadón inundado. Aun para los conocedores del lugar resultaba difícil guiarse en las tinieblas sin la ayuda tan siquiera de un farol. Lugares que horas antes eran médanos ahora se hallaban surcados por correntosos zanjones con los cuales se tropezaba de improviso y en forma peligrosa en la noche. Quienes hallaban algún lugar considerado más o menos seguro como para levantar carpas al resguardo de las corrientes llamaban a gritos o silbidos a los demás, aunque era difícil en lo oscuro prever el curso que tomarían las aguas en las horas venideras.
Al fin se consiguió levantar dos carpas que sirvieron para resguardo, dando preferencia a algunas familias que marchaban en la tropa. Algunas mechas de arpillera y grasa encendida hacían como de faros y con los escasos caballos que habían quedado de "nocheros" para arrimar las caballadas al día siguiente se prestaba ayuda como se podía a quienes se hallaban en peor situación.

EL CUADRO A LA LUZ DEL DIA
Ya resultaba peligroso tratar de llegar a los faldeos de las lomas y también tratar de apuntalar en alguna forma los carros para impedir el vuelvo y pérdida de las mercaderías, sin aguardar la luz del amanecer. Cuando este llegó el cuadro que se ofrecía era desolador e imponente. El Arroyo La Mata formado por las aguas provenientes del cañadón de El Tordillo, El Trébol y Los Pozos de Marcelo para desembocar en el mar por el Manantial Salado a la altura de Punta Piedras, ofrecía la semejanza de un gran río de aguas turbias arrolladoras: su anchura normalmente de dos o tres metros ahora sobrepasaba los 200. Pero lo que agravaba la situación era la fuerza de la correntada la cual puede imaginarse sabiendo que, desde Pampa del Castillo al Mar en solo doce leguas hay un declive de casi ochocientos metros. Las aguas corrían turbulentas, sucias, arrastrando matorrales, aperos de los carros, algunos animales... En su trayecto en varias partes se habían formado caídas de agua, pequeñas cataratas que producían un bramar fragoroso. Nada se podía hacer por los carros atrapados en un terreno que esa infernal corriente socavaba. Algunos caballos y bueyes que hasta entonces se habían resguardado en algunos montículos de duraznillo, zampas y arena, al ser arrasados estos eran llevados por el agua en medio de desesperados esfuerzos por ganar la orilla y si lo conseguían refugiarse en pequeñas elevaciones que no tardaban en correr la misma suerte. También eran arrastradas algunas ovejas, aunque en poca cantidad, debido al hábito que tienen los lanares de pasar las noches en los faldeos.
Entonces resolvieron refugiarse en los faldeos elevados para lo cual era necesario cruzar algunos zanjones recién formados pero profundos. Con la ayuda de los caballos que tenían los lazos, algunas cañas largas de picanear los bueyes y que servían para tantear la profundidad antes de encarar la correntada, lograron después de muchas dificultades y percances peligrosos, llegar hasta un faldeo, por el cual se dirigieron a pie siempre salvando zanjones, aunque menos peligrosos, hacia La Mata.

COLMADO DE GENTE
La situación de la casa que era a la vez establecimiento ganadero y boliche no era halagüeña. Colocada casi en medio del cañadón a orillas del arroyo, las corrientes de agua la rodeaban pero como en ese el terreno era de tosca dura el agua no la socavaba y además a la noche se habían reforzado los lugares de más peligro, con bolsas y cajones llenos de piedras y tierra. El arroyo en ese punto corría más pujante y más estrecho, con una anchura de unos cien metros, por momentos imposible de vadear.
En distinto lugares había grupos de carros, pero como se trataba de una parada habitual de las tropas estaban casi todos en lugares firmes y un tanto elevados, de modo que solo habían sido volcados y los demás aunque tomados por casi medio metro de agua estaban intactos. La casa se hallaba repleta de gente e incluso los galpones estaban abarrotados. Por suerte las mercaderías de los carros eran víveres. Continuamente desde distintos puntos de la huella seguían llegando grupos de personas a pie, casi todas envueltas en ponchos y lonas. Se destinaron las habitaciones familiares para las familias y mientras tanto se trataba de levantar algunos refugios con chapas para resguardar al resto de la gente.
Los carreros que se hallaban en la margen opuesta del zanjón trataban por todos los medios de vadearlo. Uno trató de cruzar la corriente montado en una yegua de carro de buena alzada. Una potranca de año y medio se internó también en el agua para seguir a la madre pero la corriente la derribó, arrastrándola como cincuenta metros hasta que en una curva sin barrancas la arrimó contra la orilla y el animal pudo salir a tierra. En su afán de rescatar a la valiosa potranca el hombre la quiso seguir en la correntada a pesar de las advertencias que le hacían desde la orilla. La yegua que montaba perdió pie en un pozón y lo despidió del lomo. Tuvo la suerte de que la fuerza de la correntada lo arrojó enseguida a tierra por la misma curva por donde se había salvado la potranca.
Las turbulentas aguas arrastraban a dos caballos acollarados, uno de los cuales ya estaba muerto. El otro unido por la collera al animal muerto efectuaba desesperados esfuerzos por ganar la orilla, pero la pujanza líquida con su tremenda fuerza en el cadáver y en él, lo derribaba continuamente.
En un momento en que estuvo a unos diez metros de la orilla dos jinetes lograron acercarse y cortar la collera con un golpe de cuchillo. Libre de su compañero muerto el animal logró al fin salir a la orilla, mientras el cadáver apareciendo y desapareciendo fue arrastrado por el agua.

PERDIDA DE BUEYES Y CABALLADA
De tanto en tanto, continuaban pasando restos de aperos algunos de carga de chatas volcadas, algunas ovejas, bueyes llevados por el torrente. La lluvia cesó casi de improviso al medio día y poco después salió el sol. Había durado apenas 24 horas pero los daños causados representaban años de trabajo. La correntada continuó hasta la noche y recién al día siguiente pudieron apreciar las pérdidas. Más de un treinta por ciento de los animales de tiro habían muerto. Al largarlos al campo el día anterior cuando comenzó la lluvia para evitar que se alejaran mucho y hubieran demoras en hallarlos al día siguiente al reanudar el viaje, una gran parte de los caballos habían sido "maneados" y otros "acollarados" con animales que no eran "porfiados" hacia la querencia, al caminadores en la noche. Esto motivó que durante la noche, mientras marchaban pastando por el amplio cañadón al ser este invadido por las correntadas de agua y la formación de nuevos zanjones, estos animales se hallaran dificultades en sus movimientos de defensa contra el agua. Entre los bueyes las pérdidas fueron menores y entre los lanares hubo pocas pérdidas, debido al hábito que tienen las ovejas de retirarse a los faldeos más o menos elevados para pasar la noche.
Diez yeguas de buena calidad que había traído el estanciero Máximo Abásolo de Buenos Aires desaparecieron y recién meses más tarde, cuando los vientos removieron las arenas acumuladas en gran cantidad en un estrecho cañadón, aparecieron las osamentas de los animales.

DE NUEVO ABRIENDO CAMINO
Los daños ocasionados en el camino hasta llegar a la Pampa del Castillo eran prácticamente totales. Al desviarse los zanjones los destruyeron transformándolos en barrancas pantanosas que zigzagueaban en todas direcciones.
Las arenas arrastradas de los cerros habían cubierto el pasto de los mallines, cuando no habían sido arrasados por el agua. En el trayecto había 6 chatas volcadas y los aperos y bultos de carga, diseminados a lo largo de zanjones, hasta llegar al mar. Sin caballos, sin caminos y casi sin aperos era imposible seguir viaje hasta pasado el invierno.
Solamente algunas carretas de bueyes y carros de mulas, debido a su más fácil movilidad, iniciaron el viaje de 15 días más tarde. Previamente fue necesario un intenso trabajo tapando zanjones y haciendo desvíos en el largo trayecto destruido por el temporal hasta Pampa del Castillo, todo lo cual debió hacerse a pala y pico por los mismos carreros. Se reparaban precariamente unas mil a dos mil metros. Luego se avanzaban las carros por el trayecto reparado, atando a veces hasta 6 yuntas de bueyes por carreta, hasta su final para proceder a la reparación de otro tramo. A veces en recorrer dos kilómetros se tardaba desde el alba hasta entrada la noche. Los carros que habían resuelto no seguir hasta la próxima primavera les prestaban sus animales de tiro a los que tenían mayor urgencia y habían perdido muchos animales. En los trayectos malos avanzaba un carro o dos y luego se volvía atrás con los animales para llevar otro carro y así sucesivamente. Además, hubo que dejar en camino tapada con lonas casi la mitad del cargamento al cuidado de casas vecinas al lugar. Emplearon cerca de 15 días en recorrer el tramo de 8 leguas hasta subir a la pampa.

EL TEMPORAL EN EL PUEBLO
A pesar de su violencia el temporal no ocasionó en C. Rivadavia, entonces un simple caserío, perjuicios de mayor importancia. Ello se debió principalmente a que la mayoría de las viviendas se hallaban ubicadas en la parte próxima a la Ribera Marítima en su parte este. Además, aún se hallaban intactos los desagües naturales desde el cerro Chenque hacia el mar, marcados por la naturaleza a través de centenares de años. Ante estas advertencias naturales nadie había construido viviendas en las laderas de los zanjones secos.
Por ello, aunque el agua bajó en torrentes desde el Chenque, sus caudales no llegaron a rebalsar los zanjones debido a la pronunciada pendiente y a la cercanía del mar, donde desaguaban con imponente violencia.
A partir de la actual calle 25 de Mayo hacia la playa había tres importantes zanjones, además de otros menores, por los cuales las aguas desembocaban al mar. Desde dicha calle hacia el oeste, La Loma, el trayecto al mar estaba cortado por un cerrito de greda que como prolongación menor de la loma, corría por la Avda. Rivadavia por donde en la actualidad se halla el edificio del Comando del Ejército, llegando hasta la calle 25 de Mayo. Dicho cerro, que constituía un importante obstáculo a la existencia del pueblo, fue hecho desmontar por el Gral. Angel Solari, primer Gobernador al constituirse la Gobernación Militar de Comodoro Rivadavia en la década de 1940.

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