El peso de la credibilidad periodística ante la irrupción de las redes sociales

Cuando la primera edición de El Patagónico salió a las calles ese 30 de junio de 1967, la comunidad comodorense disponía en términos cuantitativos de una acotada oferta de medios periodísticos y de entretenimiento. Otro matutino representaba hasta entonces la única publicación impresa de aparición diaria. En la radio de Amplitud Modulada transmitían un par de emisoras con alcance regional. Mientras, en la pantalla blanco y negro de la TV se podía sintonizar un solo canal y durante una franja horaria limitada.
La intención no es despertar nostalgia. Se trata de fijar una mirada en retrospectiva que pese a ser muy fugaz, permita marcar contrastes para analizar la actualidad. Hoy vivimos tan deprisa que cuesta hacer una pausa, pero es necesario encontrarla para dimensionar cómo ha cambiado el ecosistema mediático en casi cinco décadas.
En estos 49 años Comodoro Rivadavia no sólo se ha multiplicado demográficamente. Su industria comunicacional muestra una integración tecnológica con esa aldea global que el sociólogo canadiense Herbert Marshall Mac Luhan predijo hace más de medio siglo y que se traduce en el presente como un mundo hiperconectado e interactivo. A la multiplicidad de medios noticiosos y de entretenimiento propios de esta ciudad, se suma la oferta de información y contenidos que los satélites, internet y la digitalización nos acercan sin importar distancias geográficas.
Como lo describe el periodista español Ignacio Ramonet, hoy vivimos en un entorno caracterizado por la sobreabundancia de información y por la explosión de las audiencias.
Luego del surgimiento del periodismo online hace ya 20 años -aunque parezca que no pasó tanto tiempo-, en la última década hemos asistido a la irrupción de distintas tecnologías digitales.
La masificación de los teléfonos inteligentes, las tabletas y otros dispositivos portátiles, implica que el uso de internet sea cada día más accesible. Hay cada vez más gente conectada, durante más tiempo y en cualquier lugar gracias a herramientas de enlace como el 4G.
Cambia la forma de consumir todo tipo de medios y no sólo los diarios. Plataformas digitales como Netflix o Youtube están cambiando el clásico modelo de la televisión analógica, sobre todo en el campo del entretenimiento. El moderno espectador interactivo decide qué mirar y a qué hora. Lo mismo si quiere ver sólo un capítulo o la serie completa en continuado. Tiene la elección de ser un corredor de corta distancia o de ultramaratones.
Ese fenómeno se potencia en un soporte como internet. Con el desarrollo de la imprenta y la progresiva alfabetización de la humanidad, los medios de comunicación de masas han funcionado desde su origen -en el siglo XVI- sobre la base de un esquema unidireccional: entre un emisor y múltiples receptores. Sin embargo, la consolidación de las Tecnologías de la Información y la Comunicación ha modificado ese paradigma y lo ha complejizado.
A partir de recursos vinculados al lenguaje digital como la interactividad, la hipertextualidad y la multimedialidad, los diarios online comenzaron a posibilitar en la década de los 90 el surgimiento de un lector con un perfil más activo frente al mensaje. Se trata de una audiencia que puede escoger su propio itinerario de lectura a través de links o que tiene la alternativa de opinar acerca de un artículo, así como enviar un mensaje vía Whatsapp con imágenes de algún suceso que puede transformarse en noticia, entre otras opciones.
En simultáneo a las versiones digitales de los medios tradicionales, la masificación de las tecnologías de la información y comunicación ha hecho que cada vez haya en internet más contenido generado por los propios usuarios, ya sea a través de blogs en una primera etapa y sobre todo en los últimos diez años con redes sociales como Facebook, Twitter, Instagram y otras más recientes como Snapchat.
Con la popularización de las redes sociales -en las que también incursionan los diarios, la radio y la televisión con sus Fan Pages en Facebook o sus Hashtag en Twitter-, hay quienes se atreven a plantear que dichas redes constituyen una amenaza dentro de internet para la existencia de los medios tradicionales y sus sitios de noticias.
Así como pecaría de ingenuo si negara la relevancia que tiene Google y su esquema de algoritmos para influir en la selección que un usuario hace de lo que consume cuando ingresa a un sitio a través de un motor de búsqueda, también sería poco riguroso si negara la trascendencia que hoy en día concentran las redes sociales y su exitosa capacidad para atraer a una audiencia cada vez más fragmentada o atomizada por intereses ya sea sociales, culturales, políticos o etarios, entre otras variables.
Sin embargo, dentro de la expectativa que cumplen para la audiencia los sitios de noticias o las redes sociales, me parece esencial marcar una diferenciación entre la función que adquieren unos y otros como soportes de información y de entretenimiento. También es importante reparar quien influye más sobre el otro -si los medios tradicionales sobre las redes sociales o a la inversa- en una época donde la marca o nombre sigue siendo trascendente como factor de credibilidad.
En un libro de aparición reciente que se titula "Anatomía política de Twitter en Argentina", el politólogo argentino Ernesto Calvo postula que si bien las redes sociales democratizaron la diseminación y el acceso a la información, también crearon un universo de patologías en ese entorno, donde trascendidos, primicias y filtraciones de todo tipo coexisten con información dudosa o demostrablemente falsa.
Si bien la investigación de Calvo se centra en Twitter y su uso político, su análisis bien puede trasladarse a Facebook, una plataforma que concentra mayor cantidad de contenidos vinculados al entretenimiento que a la información noticiosa. Afirma que las redes sociales son como una cámara de eco donde alguien forma círculos o grupos con otras personas con las que tiene en común una amistad o una afinidad social, política o ideológica, ya que ese individuo se asegura que sus mensajes encontrarán consenso y legitimación.
En una red social, "el mensaje que yo tiro es muy similar al que regresa. Media más una comunicación afectiva que referencial. Hay una exposición selectiva a los mensajes. El problema de la disonancia cognitiva aparece inmediatamente cuando uno queda conectado a la web", argumenta Calvo en referencia a que una persona suele eludir la exposición a mensajes que ponen en duda sus valores y se orienta más bien hacia aquellos contenidos que refuerzan su ideología.
Respecto a la capacidad de influencia dentro de internet entre los sitios de noticias y las redes sociales, diversos estudios comprueban que a pesar de que los medios online suelen recoger declaraciones o imágenes subidas a las redes sociales, cuando se trata de contenidos de naturaleza informativa lo que prevalece es que plataformas como Facebook o Twitter repliquen lo que elaboran los medios tradicionales, con un fuerte peso del nombre de ese medio como factor de confianza sobre lo que se publica.
Aunque la credibilidad de los medios tradicionales a veces se ve mellada por sus propios errores -algunos imperdonables como los casos de falta de verificación de un suceso-, coincido con el sociólogo franco-camerunés Dominique Wolton cuando manifiesta que el periodismo es la espina dorsal de las democracias.
"El rol de los periodistas es esencialmente político. Son ellos quienes legitiman la información y quienes convierten la información en comunicación. Son los intermediarios indispensables entre el poder y la opinión pública. Lo esencial es comprender que el público es inteligente. Que los receptores decodifican los mensajes que reciben. El público es activo, pide opiniones, miradas diferentes, pluralismo", argumenta Wolton.
Ejemplifica que en un medio tradicional como un diario de información general hay contenidos relativos a la política, a la economía, a los deportes, a la salud, a la religión. Es decir, en los medios tradicionales conviven la diversidad y los intereses disímiles. Grafica que los temas diversos cohabitan en los medios tradicionales, tal como debería cohabitarse en la sociedad.
Wolton considera que en internet, o más bien en las redes sociales, ocurre exactamente lo contrario. En coincidencia con Calvo cree que quien se conecta tiende a buscar lo que le interesa sólo a él.
"Las nuevas tecnologías permiten que todos se expresen, pero quienes se interesan por esas expresiones piensan lo mismo que quienes se están expresando. No hay diversidad, pese a lo que se publicita. En los medios masivos hay una representación del mundo que puede ser apoyada o rechazada. No se ve o se lee sólo lo que se quiere ver. Hay una diversidad obligada por una mediación", afirma.
En cambio, "las prácticas asociadas a las nuevas tecnologías son narcisistas, están lejos de la formación de representaciones sociales amplias", cuestiona.

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