Ellas fueron el primer grupo de la "Brigada Femenina de Asuntos Juveniles" que trabajó en Comodoro

Son mujeres policías que se volcaron a las calles para trabajar con las familias y los menores de edad en riesgo. Rescataron a víctimas de explotación sexual y niños maltratados. Rompieron los estereotipos machistas del gobierno militar al cumplir funciones de seguridad, controlaron el tránsito y fueron "psicólogas" de la juventud. Contuvieron a padres golpeados por la guerra de Malvinas y supieron caminar entre el barro de Comodoro para llegar a la comunidad.

Cuatro de las primeras cinco integrantes de la ya desaparecida Brigada Femenina de Asuntos Juveniles de la Policía del Chubut de Comodoro Rivadavia se volvieron a reunir después de 38 años, para contarle a Letra Roja de qué se trataba este grupo de mujeres que supo desafiar los conceptos machistas del gobierno militar. Un grupo de mujeres policías que rompió con los estereotipos de la seguridad y afianzó los vínculos con la comunidad entre finales de los 70 y principios de los 80, para finalmente en la democracia allanar el camino dentro de la institución a la mujer policía.
Ellas son las comisarios retiradas, Silvia Ibarra, Graciela Olivera, Carmen Casas y la suboficial mayor retirada Alicia Piñero. Junto a ellas, el quinteto inicial de Comodoro Rivadavia lo conformó Gladys Saldivia, que se fue de baja y ahora es docente.
"Nosotros podemos tener nuestras diferencias, por la personalidad de cada una, pero el espíritu de cuerpo que nosotras tenemos permaneció en el tiempo y no lo tiene nadie" cuenta Silvia.
Silvia fue secretaria de la Unidad Regional. Ella las reunió. Las llamó por teléfono, juntó recortes de los diarios, fotos y se trajo a la Redacción de El Patagónico una bolsa de recuerdos. "A nosotros no nos dieron ni las buenas tardes" se queja Graciela, refiriéndose a los jefes policiales que le informaron de su retiro. Si hasta se enfermó cuando se lo dijeron abruptamente por teléfono.
"Cumplimos 30 años, agarramos nuestras cositas, las metimos en una cajita y nos fuimos. Nadie más se acordó de nosotros" cuenta Silvia.
Estas mujeres, que se iniciaron en la Policía del Chubut entre junio y diciembre de 1978, en pleno gobierno militar, persistieron en la democracia y se fueron perdiendo una a una entre las comisarías. Fueron la verdadera policía de aproximación que tuvo la fuerza y que luego emuló la Policía Comunitaria con el paso de los años.
Desde festejar cumpleaños en la Casa del Niño, sacarles piojos a los chicos de la calle, hacerles credenciales y juntarle ropa a los canillitas, la Brigada Femenina de Asuntos Juveniles a finales de los 70 y principios de los 80 tuvo muy buena aceptación en la comunidad de Comodoro Rivadavia.
Estas mujeres que con sus tacos de 15 centímetros recorrieron las calles del Pietrobelli, o la zona de hornos donde antes no existían las 1008 Viviendas, escucharon y trabajaron con las familias en situación de vulnerabilidad.
Silvia saca de la bolsa un banderín de 1981. Fue cuando organizaron el primer campeonato de canillitas. Graciela le pregunta si se acuerda del operativo en el que rescataron a una nena de 3 años, a la que su madre y su padrastro castigaban. "Ese caso me costó una sanción, pero no importa; la historia de la nena cambió" recuerda inmediatamente Silvia. Es que cometió una violación de domicilio porque escuchó los llantos de la niña, entró y se la llevó luego de que por una ventanita le mostrara las manos. "Cuando vi que tenía todas las manitos quemadas con cigarrillo, cómo estaba, la lleve derecho a la defensora y de ahí al Hospital. Después me la llevé a mi casa, le di ropa y comida. Intervino la Defensoría. Y como la madre no estaba en condiciones de tenerla, la adoptó una familia. Después supe que fue docente" confiesa.
Fueron las primeras mujeres uniformadas que cumplieron tareas de seguridad. A mediados de 1978 cuando las mandaron a llamar, Silvia hacía tareas de administración, Graciela trabajaba en la empresa Guilford, Alicia era comerciante y madre de dos hijos de 2 y 3 años, mientras que Carmen trabajaba en la Municipalidad de Comodoro. Se alistaron porque querían ayudar a los menores en riesgo. Llegaron con las valijas a Rawson y no tuvieron donde dormir. Dejaron sus pocos pesos en la primera noche de pensión. Y con el correr de los días confiesan que no tenían qué comer, pero ellas querían formar parte del novedoso proyecto la "Brigada Femenina" en la provincia y se sumaron a los grupos de Trelew y Rawson.
Tuvieron instrucción de arma y tiro, toxicología, derecho penal, hurto y robo. Olivera un día se desmayó y cuando el médico les preguntó a sus compañeras si comían, no les salió otra respuesta que decir la verdad. Las chicas no comían. Los jefes policiales se pusieron furiosos al quedar al descubierto con la negligencia, pero de ahí en más tomaron los recaudos para la generación venidera. Las cinco habían compartido en un cuarto de un hotel transitorio de mala muerte, hacinamiento, experiencias, desgracias y aciertos. Pese a las necesidades que pasaron recuerdan con cariño esa época. O por lo menos se les nota en sus rostros.
Con el tiempo fueron reclamando por más derechos dentro de la fuerza. Y en eso tenían como referente a Carmen Fernández, que se solidarizaba con ellas. Es que llegar a hablar con algún jefe en época militar era muy difícil. "No queríamos que otras chicas sufrieran lo que tuvimos que pasar" recuerda Casas.
"Nos costó mucho insertarnos en el mundo machista. Cuando me enviaron a la Primera, había cincuenta tipos que decían y ésta que hace acá. Yo llegaba a mi casa y lloraba. Había que ganarse el respeto" recuerda Silvia.
En Comodoro trabajaron codo a codo con el sacerdote Juan Corti. Incluso contenían a las familias de los caídos en la Guerra de Malvinas en 1982. Silvia quedó retratada en un recorte de la revista "Gente" acompañando a los padres del soldado Mario Almonacid al lado del féretro. Llevaba una polera negra. Todas debían recibir los ataúdes de los soldados caídos y estar para contener. Y no eran psicólogas, solo las movilizaba la solidaridad.
POLICIA DE LA CUNA
Alicia es de una familia de policías, hija del comisario Héctor Piñero, destacado jefe de Diadema Argentina, y con toda clase de familiares en la Policía.
Fue la única que logró llevar los conocimientos de la Brigada Femenina a la actual Policía Comunitaria. En los 80 recorría las calles con cinco meses de embarazo y por eso critica que "ahora muchas mujeres están con psicológos. Nosotros ni sabíamos lo que era eso".
Por su parte, Olivera es la única de todas que accedió a un arma reglamentaria. Se la entregaron 15 años después de su ingreso. Todavía la conserva, y no la piensa entregar. Amó tanto la institución que al segundo día de luna de miel se fue al acto por el día de la policía. Hasta perdió un bebé cuando un adolescente la intentó apuñalar en el Centro en medio de una detención.
Las otras integrantes de la Brigada Femenina por aquellos años simulaban llevar un arma en una carterita, pero no la tenían. Tampoco eran provistas de chaleco antibalas, ni de tonfa. La única premisa que tenían era "caminar la calle".
Recorrían la costanera en días calurosos con sus botas largas de cuero y caña alta. "¡Cuánto hicimos con esos tacos!" recuerda Piñero cuando mira las fotos. Los tacos se le clavaban en el barro y las mordían los perros. "Los móviles solo se usaban para casos de urgencia porque el criterio de los jefes era '¿cómo vas a tener llegada a la gente si andas aplastado arriba de un móvil?'. Tenes que andar en la calle" recuerda Silvia.
Graciela preguntaba y recorría los negocios, anotaba los teléfonos de los comerciantes. Siempre inquieta. Terminó siendo reconocida por su trabajo en Logística y hoy se encarga hasta de pagar las cuentas a los vecinos de Kilómetro 14. "Me dicen que soy la Octava (Comisaría) porque les hago hasta los certificados de supervivencia".
La Brigada ayudaba a tomar el colectivo a los alumnos de la escuela de educación especial y trabajaban codo a codo con Margarita Diz. Realizaban operativos de tránsito y hasta custodiaban el aeropuerto. "Dábamos educación vial en las escuelas. Elegíamos a los alumnos guías" rememoran.
Hubo otras cinco mujeres que se acoplaron al grupo inicial: Nelly Buller, Rosario Castro, Flora Dzaja, Ana Morales (fallecida) y María Santillán.
"Nosotros hacíamos la verdadera policía de proximidad, caminábamos, y a lo sumo andábamos en colectivo. La única manera de saber, era andar en la calle, que la gente te vea. Primero nos miraban, éramos toda una novedad, las primeras mujeres en la policía" cuenta Silvia. "Cumplíamos funciones de asistentes sociales, hacíamos informes socio-ambientales, íbamos por los barrios" recuerda Olivera. Las mujeres, si la misión las necesitaba, se debían sacar el uniforme y realizar investigaciones en la noche. Entraban a los bares e identificaban a los parroquianos que jugaban al paso inglés. También a los que jugaban a la quiniela clandestina. Olivera una de esas noches le advirtió a su padre que era timbero: "el día que vos me des un mal paso, yo me voy a olvidar que sos mi padre, yo te llevo. Y nunca más jugó".

"UNA EPOCA DIFICIL"
"Entramos en una época muy difícil, que era el gobierno militar, con todos los inconvenientes propios de la época y fuimos haciendo también la transición de ese gobierno al gobierno democrático. La Policía se adaptó a esa circunstancia, nosotros también nos acoplamos a ese cambio. Y durante los 30 años de servicio nuestra institución ha tenido cambios. A mí me hubiera gustado que hoy mis compañeros tengan mucho más de lo que tuvimos nosotros. Se han logrado cosas, pero implica más compromiso de la parte política" dijo Casas, quien supo estar al frente del Centro de Instrucción y de la comisaría Diadema.
"Se deben mejorar los sueldos, si un policía está bien pagado se van a evitar un montón de inconvenientes. No es lógico que el policía sale de cumplir en la dependencia y que se tenga que ir a internar a hacer adicionales hasta que vuelve al turno" reclamó Silvia.
Olivera, Ibarra, Casas y Piñero fueron por disposición interna de la jefatura en su momento encuadradas dentro del escalafón femenino solo por su condición. Y pese a que realizaron el mismo trabajo que algunos de sus compañeros hombres, no ascendieron del mismo modo, lo que las fue relegando en sus aspiraciones de mando. Dejaron la Policía sin honores. Hoy siguen juntas y se dedican a sus nietos, las danzas y el arte, pero están convencidas de que se fueron con el deber cumplido.

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