En las esquinas y los semáforos de Comodoro también es posible ganarse la vida

Desde malabaristas a vendedores de alfajores de maicena. En Comodoro Rivadavia la cultura del "faro" llegó para quedarse con jóvenes y adultos que cada día buscan "la moneda" en una esquina, ofreciendo un espectáculo de música, malabares, churros o tortillas. Así generan un ingreso para poder vivir o, en el caso de aquellos que están de paso, costearse su estadía en esta ciudad.

Angel Oganeku grita con una sonrisa en su rostro que es "san viernes" al ser consultado por qué ese día los semáforos se llenan de jóvenes malabaristas, acróbatas y músicos que se ganan "el mango" cada vez que la luz se pone en rojo.
Son las cuatro de la tarde y él junto a su hijo -que está durmiendo al costado-; a Elea Lorda que hace una semana llegó de Tierra del Fuego; y a Nicolás Suárez, (27) que hace dos años viaja desde Mendoza, están tomando un descanso en la esquina de Güemes y San Martín, esperando que sean las cinco de la tarde, horario en que el centro de inundará de gente y comenzará a explotar el boom del faro.
La cultura y la vida en los semáforos parece haber llegado para quedarse a Comodoro Rivadavia, una ciudad industrial poco acostumbrada a este tipo de espectáculos artísticos y callejeros, que sí es frecuente en ciudades turísticas y urbes con un importante desarrollo de la cultura alternativa.
En muchos casos sus protagonistas llegaron desde otras ciudades y solo están de paso por acá, en busca de otro destino, tal como sucede con Elea que quiere llegar a Puerto Madryn o con Nicolás que apuesta a llegar a Florianópolis, la bella ciudad turística de Brasil.
Otros en cambio, son NyC (nacidos y criados) en Comodoro Rivadavia, jóvenes que apuestan a esta cultura alternativa que empieza a tener aceptación en esta ciudad. Por lo demás, ofrecen un show que les demanda preparación, tiempo y ensayo.

UN ESTILO DE VIDA

Angel, al ser consultado por El Patagónico, contó que hace ocho años es artesano, que viajó por distintos lugares de Sudamérica y que su hijo nació en Perú. Para este hombre, oriundo del barrio pesquero de Caleta Córdova, por su experiencia en Comodoro cada vez hay más gente que apuesta al semáforo y este tipo de arte. "De hecho vos te vas a la plaza y te vas a encontrar con chicos que tienen juguetes, que están con el tema del malabarismo y me parece bárbaro porque antes de estar ociosos uno practica y hace algo", afirmó.
"Se puede vivir de esto, es duro, pero por ahí en mi caso tengo una venta (de artesanías) y zafo para vivir tres días, y por ahí no vendo nada. El faro es más constante", reconoció defendiendo lo que hacen: "somos gente de la calle que adquiere cierta conciencia. Hay gente que prefiere robar y a nosotros nos gusta el arte, los circos, los payasos y alegrar a la gente".
Elea, mientras tanto, asegura que en Comodoro Rivadavia la gente es muy solidaria con quienes hacen "el faro". Nicolás coincide con ella. "Acá en un día promedio hago 500 o 600 pesos. En otras ciudades es distinto, por ejemplo en Río Grande podés hacer 1.200 pesos, pero te alcanza para pagarte un hostal que son 400 pesos, la comida 100 más y cosas de higiene que son lo esencial", explicó.
"Lo bueno que acá la gente colabora muchísimo. Se para, se ríe y te da la moneda. Es algo muy lindo porque en muchos lugares a lo mejor no lo hacen y eso nos ayuda un montón", dice entre risas y sin tapujos.
Según un rápido relevamiento efectuado por El Patagónico, en Comodoro Rivadavia el promedio de quienes trabajan en los semáforos ronda entre los 300 y los 600 pesos por día. Algunos de sus protagonistas utilizan lo recaudado para vivir o para viajar, como es el caso de Laura Arismendi y Gisel, dos amigas de esta ciudad que hace un tiempo comenzaron a tocar la melódica y a hacer malabares en la avenida Hipólito Yrigoyen. Lo hacen para poder viajar a El Bolsón.

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"Estamos acá porque estamos juntando plata, queremos hacer un viaje a fin de año", contó Laura al ser consultada por este diario.
"Por ahí hacemos venta de comidas, más que nada para poder tener nuestra propia plata y no estar dependiendo de nuestros padres. Y acá tenés días buenos y días malos. Por ahí sacamos entre 400 y 500 pesos, pero no es que estamos todo el día, sino en el tiempo libre que tengamos porque en mi caso estudio el profesorado de teatro en la Escuela de Arte", agregó.
"Está bueno, por ahí no tenés un trabajo fijo y esto te re salva cuando no tenés qué comer o algo y te haces un par de monedas y tenés para comer en el día", describió.
Más allá de las buenas experiencias que cuentan los protagonistas, cuando se trabaja en la calle no es todo color de rosa; también tiene sus contras. Quienes realizan estas prácticas no cuentan con obra social ni aportes jubilatorios. Sus ingresos dependen de ellos mismos y como dice Angel tienen "que tener el estado de ánimo siempre arriba. Si salís sin energía, sin buena onda, cansado, te vas a menos".
A esto se suma el rechazo de algunos conductores, dice Laura. "Te suben el volumen, te tocan bocina y alguna gente grande que te tira unos piropos mal, que molestan. Nosotros hacemos oídos sordos y seguimos. Hay que ponerle buena cara, no queda otra".

OTROS APUESTAN AL ARTE CULINARIO

La vida en los semáforos se extiende más allá de los límites del centro comodorense. Cada mañana, camino a los yacimientos petroleros, se pueden encontrar puestos de ventas de pan, alfajores de maicena o tortas fritas, tanto camino a zona norte como hacia los de la ruta Nacional 26.
Otros puesteros, en cambio, apuestan a las zonas de mayor flujo de tránsito, donde saben que cada día pasarán cientos de conductores dispuestos a colaborar con la causa. Santiago Castaño (26) y Ariel Cruz (25) pertenecen a este grupo.
Según contaron a El Patagónico, hace unos meses ambos llegaron desde Santiago del Estero a buscar trabajo por el duro presente que atraviesan sus pueblos natales. En el caso de Santiago es oriundo de Juliana, un poblado de 20 casas que se encuentra a 30 kilómetros de Nueva Esperanza, de donde es Ariel.
El sueño de ambos era poder ingresar al petróleo. Sin embargo, no todo salió como pensaban y comenzaron a trabajar en una rotisería, donde se conocieron. Allí trabajaron durante varios meses hasta que los despidieron, un golpe bajo que los obligó a buscar suerte.
Así, Santiago decidió comenzar a vender películas en el centro de donde cada tanto lo echaban. Ariel, en tanto, quiso volver a sus pagos, pero al poco tiempo regresó a Comodoro Rivadavia con un duro mensaje para su socio.
"Cuando volvió del norte me dice 'allá está para atrás la cosa ¿Qué podemos hacer?'. Y nos cansamos de buscar trabajo. Nos decían 'venite mañana', 'tráeme un currículum' y estábamos con el agua que nos llegaba al cuello digamos. No sabíamos qué hacer y en el norte es tradicional el tema de la tortilla a las brasas. Entonces fuimos a una metalúrgica que nos recomendaron, Blanco, y le contamos lo que queríamos hacer".
"Los muchachos nos ayudaron con lo que tenían de descarte (para fabricar su carrito) y empezamos el martes 13 de setiembre, al principio era choripanes, pero le digo '¿y si probamos con lo tradicional que es de nosotros?'", cuenta Santiago recordando el momento.
Los jóvenes dicen que venden hasta cerca de 45 tortillas a un precio de 20 pesos cada una. Realmente el pan amasado que traen directamente desde su casa, envuelto en nylon y que luego cocinan a las brasas hace furor en la zona sur, y no solo los automovilistas se detienen a comprar, sino también trabajadores de los alrededores.
Su buen presente es tal que apostaron a comprar una máquina a un familiar, a "cuotas comodísimas", con la cual estiran la masa, diferente a cómo realizaban el trabajo antes, cuando tenían que invertir horas en el estirado en forma manual.
Sin embargo, pese al buen momento que pasan, admiten que trabajar en la calle es muy duro. "Dependemos del clima, hoy tenemos un día favorable y hubo dos semanas atrás que laburábamos dos horas para juntar la plata para el alquiler y nos comíamos esto. Yo no tengo vergüenza de decir que todo el tiempo que estuve sin trabajo fueron varios días de mate cocido con pan. Pero siempre salí honradamente, siempre con la frente en alto que nunca venga un patrullero que diga vos hiciste esto", manifiesta Santiago que cada mes paga 6.000 pesos de alquiler y espera que no tengan problema para poder seguir trabajando de esa forma. "Gracias a Dios podemos pagarlo y comer. Es lo único que tenemos y volver a Santiago es peor. Ojalá que tengamos suerte y no nos corran", señala ante la mirada de Ariel que acota que "siempre hay que buscarle una vuelta para sobrevivir, sin caer en los malos pasos".
Marcelo, un chofer profesional de Mendoza que en la misma esquina suele vender churros y al que también se ve en el exterior de una oficina del Estado nacional a la que llega cada mañana, pasó por una experiencia similar.
"Me vine hace siete meses. Me salió la posibilidad de venirme a Comodoro y me vine por el tema del petróleo. Yo soy conductor profesional, tengo todos los carnets, pero no hay nada", dijo.
"Mientras tanto estoy trabajando en la calle, pagando un alquiler y los impuestos, pero laburando en la calle. Yo fui canillita toda la vida y antes de morir de hambre hay que trabajar", subraya.
Así cada mañana bajo el grito de "calentitos los churros, café, café", invita a desayunar a los transeúntes y a quienes suelen realizar trámites en esa zona mientras hacen fila. Cada jornada será distinta. No solo dependerá del viento o el frío, sino también de la época del mes.

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