Está en su naturaleza

No hay nada más decepcionante que la obviedad, decía Arthur Conan Doyle. Ello les podría estar ocurriendo en estos momentos a no pocos ciudadanos que votaron a Mauricio Macri el 25 de octubre y que de a poco comienzan a desayunarse con cuáles son sus reales intenciones si llegara al poder junto al equipo de gobierno que -según él- será el mejor de los últimos 50 años.
Para quienes jamás buscarían que alguien con una postura marcadamente centralista y elitista tenga poder de decisión sobre su vida y sus bienes, no es sorpresa que vayan trascendiendo en cuenta gotas cuáles son las prioridades de un hipotético gobierno liberal: la ganancia de empresas exportadoras y bancos por sobre el bienestar de la población.
En el fondo no deja de ser la mirada de José Alfredo Martínez de Hoz, cuando éramos 25 millones y él afirmaba que en el país sobraban al menos 10 millones. El país de la exclusión es el que siempre pregonaron los unitarios, desde Bernardino Rivadavia hace dos siglos, hasta acá. La pusieron en práctica sin mayores inconvenientes con los gobiernos de Mitre, Sarmiento, Avellaneda, Roca, y más tarde apelaron al denominado "fraude patriótico" cuando surgió la Unión Cívica Radical para defender a los inmigrantes y su descendencia que pretendían más derechos que los que les reservaban.
Pero todo se les complicó cuando apareció en escena el "hecho maldito del país burgués" (John William Cooke dixit), llevándolos a emplear la violencia de manera gradual hasta terminar con el genocidio de la última dictadura, cuyas consecuencias llegan hasta nuestros días, 32 años después de que Reynaldo Bignone le colocara la banda presidencial a Raúl Alfonsín.
Desde entonces, sólo pudieron recuperar sus privilegios durante el decenio menemista, cuando encontraron un Presidente dócil al que sólo le preocupaba quedar bien con Mirtha Legrand o Susana Giménez. Hasta entonces no necesitaban de que los partidos que conformaban (Nueva Fuerza, UCeDé) tuvieran serias chances de llegar al poder, ya que les bastaba cooptar a ciertos sectores de las dos fuerzas mayoritarias.
Porque antes en la UCR habían encontrado un Marcelo T. de Alvear y en los últimos años hasta consiguieron aliados impensados en otras épocas, como aquellos jóvenes que parecían distintos y que rodearon en su momento a Alfonsín: Enrique Nosiglia, Federico Storani, Marcelo Stubrin. Esos mismos que saltaron de la laguna Setúbal a Gualeguaychú y se pusieron del lado de Macri hace ocho meses para que se mezclara lo que parecían el agua y el aceite.
En realidad el partido radical no hizo más que garantizarse su no desaparición. Y no le salió mal si se tiene en cuenta que en algunas provincias como Chubut, por ejemplo, hasta ganó en representación parlamentaria. Y eso que los que pusieron la cara fueron los mismos repudiados de siempre por el electorado, ayudados esta vez por la figura de Macri, a quien parece una gran mayoría aún lo considera sólo el presidente de Boca que lo llevó a ganar múltiples títulos nacionales e internacionales. Pocos registraron en estos años lo que piensa de él su propio padre cuando se le pregunta por las cualidades empresariales de su vástago.
El, mientras tanto, les va diciendo a cada interlocutor lo que éste parece querer escuchar, ratificando aquello de que lo bueno de no tener una causa es que se pueden adoptar como propias todas las causas. De allí a que verbalmente haya dado un giro de 180 grados a su discurso, afectadamente populista por donde se lo analice. Lejos de aquel furioso privatizador que rechazaba las nacionalizaciones de las AFPJ, de Aerolíneas, de Fútbol para Todos y de YPF.
Justamente ha sido esta empresa petrolera -tan vinculada económica y socialmente a la región- la que motivó la movilización del viernes en las calles de Comodoro, junto con las expresiones de repudio de su principal clase política. Todo porque Juan José Aranguren (el ex presidente de Shell que asesora en política energética al PRO y que suena fuerte para tomar las decisiones de fondo en un eventual gobierno liberal) dijo que "no es relevante el autoabastecimiento ni la soberanía energética". En algunos oídos sonó muy parecido a aquello que decía Martínez de Hoz acerca de que era indistinto "producir acero o caramelos".
Aranguren fue un poco más allá cuando se refirió a la actual figura de la operadora que conduce Miguel Galuccio, indicando que se propone "evaluar la continuidad o no de este tipo de administración", provocando que le salieran al cruce desde el gobernador en ejercicio hasta el intendente electo de Comodoro Rivadavia. Del otro lado, un personaje de segundo nivel como el director ejecutivo de la Fundación Pensar pretendía quitarle importancia a lo que ya se había dicho y un ministro de los menos importantes del gobierno porteño -y del cual se desconocía su existencia hasta estos días- desmentía a Aranguren, quien sin dudas pesa más que él en la mesa chica de Macri.
Así como ya está casi confirmado que si gana la alianza Cambiemos el ministro de Economía será Carlos Melconian (con antecedentes de haber adoptado medidas, cuando tuvo oportunidad, siempre a favor de los más poderosos), es dable que de aquí al 22 sigan produciéndose "sincericidios" como el de Aranguren, que pueden contribuir a una acertada decisión a la hora del voto. No vaya a ser cosa que aquellos a los que les molesta el progreso del vecino o las cadenas nacionales de Cristina terminen diciendo, como el personaje de Glenn Close en La Seguridad de los Objetos: "Dios tiene un perverso sentido del humor; por eso hay que ser específicos en lo que se pide".

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