Javier Almirón, el que no pierde la calma en las causas urgentes

Esta temporada, el jugador de 44 años se sumó a los Master de Rodríguez Peña. Se destacó por su velocidad hasta los 25 años y como punta izquierda de Deportivo Berazategui, en la Primera C Metropolitana. Hoy, esa agilidad la imprime al volante de la ambulancia del Hospital Regional, donde a pesar de la adversidad, tanto en el trabajo como en el campo de juego, no pierde el equilibrio.

El domingo último, Javier Almirón (44) festejó a la grande, incluso dejó el túnel de Ferrocarril del Estado e invadió la cancha porque su hijo Federico (el 10 de la "Maquinita") había marcado el gol de la apertura ante la Comisión de Actividades Infantiles. Su primer gol en Primera.
En el complemento, Javier recorrió la cancha por segunda vez, pero para socorrer a su hijo que tuvo que abandonar por lesión, en el partido que terminó con derrota para el cuadro de Km 5 que lucha por no descender.
Formado en Deportivo Berazategui (Buenos Aires), Javier llegó a competir junto a ese club en la Primera C Metropolitana hasta los 25 años. Luego colgó los botines, hasta que la búsqueda de un futuro laboral junto a su ex pareja docente los trajo junto a sus dos hijos (Federico, de 20, y Malena, de 12) a Comodoro Rivadavia a principios de 2006.
"Cuando llegué a Comodoro ya estaba desvinculado del fútbol. De hecho, me dediqué a trabajar en seguridad y luego como chofer de ambulancia (primero en Clínica del Valle y luego en el Hospital Regional), hasta que unas señoras que corrían en Palazzo me invitaron a sumarme. Empecé actividad física, bajé 10 kilos (peso 100) y me invitó el jefe del depósito del Hospital a sumarme a los Master de Rodríguez Peña, porque le faltaban jugadores", apunta Almirón a El Patagónico.
Llegar a Rodríguez Peña fue todo un acontecimiento. En especial porque se presentó (aún se manejan así por falta de tiempo) el día del partido. El primer partido no jugó. Al segundo empezó con 20 minutos –la velocidad ya no es lo suyo– y para el cuarto partido ya era titular.
"Lo malo en Rodríguez Peña es que cada uno tiene su laburo y nos vemos el día del partido. Ahí nos enteramos de las novedades. Igual hay buena onda. De hecho, ninguno tiene un número asignado de camiseta. Se agarra la que hay y se sale a ganar, porque por más que estemos abajo en la tabla no nos gusta perder", sostiene.
Trazando un paralelismo con su trabajo, y salvando las distancias, Javier dice que lo importante es no perder la calma. Ya sea al borde del vehículo de socorro, como desde su lugar como volante por derecha. Aún cuando el panorama no es alentador.
"En lo que hago le pongo voluntad. De hecho, en la cancha todos vamos por lo mismo. Por el disfrute. Es algo que uno espera que no se agote nunca más. Y lo vivo dentro y fuera de la cancha, porque mi hijo está desde los 10 años en Ferro, y juega como volante por derecha, mucho mejor que yo por suerte. Y tampoco descuida sus estudios en el profesorado de educación física. Al fin de cuentas se trata de disfrutarlos, a Federico con una pelota bajo el píe. Y a Malena con el equipo de hándbol de Petroquímica", concluye el veterano que colabora en lo que haga falta con la Primera de Ferro.

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