Juan Mancilla, de trabajador todo terreno a utilero oficial de la CAI

"Siempre laburé de todo". Así se presenta quien, desde hace quince años, asume la responsabilidad de ordenar cada detalle a la perfección para que los jugadores salgan a la cancha. Pero su trabajo va mucho más allá. También oficia de consejero de los más pibes y, en varias oportunidades, ha protagonizado cruces verbales con simpatizantes que insultaban al equipo. Hincha y jugador de San Martín en veteranos, pero con un amor inmenso por el "Azzurro", confiesa que el descenso de la B Nacional lo deprimió.

por Lorenzo Martins
l.martins@elpatagonico.net

Hace casi quince años, Juan Mancilla inició un fortuito romance con la Comisión de Actividades Infantiles que se transformó en un gran amor. El utilero de 47 años, padre de dos hijas, es protagonista de una historia de encuentros y desencuentros dentro de un club donde vivió lo mejor y lo peor, deportivamente hablando.
Juan recibe a El Patagónico en la utilería de la CAI, esa misma que albergó alegrías y tristezas en distintas etapas del "Azzurro", que llegó a ilusionarse con llegar a Primera y que transitó nueve temporadas en la B Nacional, hasta que sufrió dos descensos (hoy se prepara para afrontar el Federal B).
Los mates y los churros son un clásico en ese "santuario", y así nos recibe Mancilla, como los recibe a los pibes que le reclaman en chiste cada vez que no lleva algo para compartir.
Oriundo de Comodoro Rivadavia, hincha de San Martín y jugador del "Sanma" en Veteranos, donde también jugó en la Liga de los Barrios, y también hincha de River Plate, tiene una historia muy particular con la CAI, porque el trabajo en el club le llegó en el momento más indicado.
"Yo siempre tuve una vida de laburante, siempre laburé de todo. Antes de venir a la CAI tuve un año complicado por una separación, me fui a Trelew y volví sin nada, a buscar laburo", recuerda. A Juan le cuesta retener las fechas, pero tira unos datos de sus inicios en la CAI, aunque no como utilero. "Fue entre 2003 y 2004. En ese tiempo estaba (Jorge) Montesino como entrenador de inferiores y mi hermana Isabel en la cocina. Me llaman y me dicen que necesitan un ayudante de albañil, así que ahí empecé a trabajar acá, también haciendo mantenimiento", comenta.

EL COMIENZO
Al tiempo empezó su verdadero camino en la CAI. "Estuve un año y me quedé sin trabajo, salí a buscar trabajo, me llaman un día, de repente. Yo estaba esperando un milagro de Dios, necesitaba el trabajo, y me dicen que venga a la utilería de las inferiores", rememora.
La respuesta positiva fue inmediata, pero ahora empezaba un trabajo desconocido, más allá de su amor por el fútbol. "Yo siempre jugué al fútbol y lo básico del jugador es camiseta, pantalón y medias", admite, risueño.
Sin embargo, el desafío no era nada fácil. "En ese tiempo se usaba una marca que tenía números como talle. Yo tenía que armar los juegos y no era mucha la diferencia por talle. Me costó como un mes adaptarme, porque empecé a trabajar justo en pretemporada de enero", apunta. Pero se adaptó rápido. "Vivía en el club, porque me gusta tanto el fútbol que venía a las 7 de la mañana y eran las 10 de la noche y yo seguía acá adentro, armando todo y pensando en que no tenía que faltar nada", afirma.

DE LAS INFERIORES
A LA B NACIONAL
Juan Mancilla, como utilero, vivió un salto de categoría que lo marcó para siempre. Su trato fraternal y sincero generó ese aprecio y respeto que hicieron la diferencia. "En el primer viaje que tuve con inferiores a Buenos Aires, fuimos a parar a la pensión de (Jorge) Oliva con (Víctor) Doria, el 'Gato' (Jorge Montesino), el 'Beto' Bellido, Fabián Zalazar. Gente muy buena que trataba de ayudarte si te faltaba algo, siempre con el objetivo de hacer que esto crezca más. Y tiene que crecer más. Hay gente muy buena acá", remarca.
La llegada del técnico Dalcio Giovagnoli, con quien el "Azzurro" estuvo a punto de ascender a Primera, fue otra huella que lo marcó a Juan. "Dalcio nos enseñó todo lo que tenemos que saber de utilería y todo. Un capo, muy buena gente, los 'profes' también, unos genios", reconoce.
Pero recién al año de que llegara Dalcio, lo llamaron para dar el salto. "Pasó un año y me llamaron para estar con el plantel de la B Nacional. Unos 'nenes' había acá... Todos buenos tipos, pero estar acá arriba con esos muchachos tenía su peso", evoca.
Y empezaron los viajes en avión, algo desconocido para Mancilla. "Me tocó viajar por primera vez en avión. Yo no conocía ni el aeropuerto, así que imaginate, no sabés el 'jabón' que tenía", se sincera.

ACOSTUMBRARSE
A DESPEDIRSE
Juan siente un cariño especial por los jugadores que pasaron y por los que están. Ese es su punto débil, aunque tuvo que acostumbrarse a despedirse. "Acá te encariñás mucho con los pibes, hacés buenos amigos, pero después se van. Yo no estaba acostumbrado a decirle chau a un amigo, pero esto es fútbol y te encontrás en todos lados", reflexiona.
"La última vez que fuimos a Río Cuarto, alguien me abraza de atrás y era Martín Cabrera", recuerda, mencionando a uno de los jugadores emblemáticos de las mejores épocas de la CAI.
En ese sentido, evoca: "De las primeras épocas me quedaron grandes relaciones con el 'Chaca' (Gabriel Bustos), Gustavo Caamaño, Emanuel (Trípodi), 'Pipo' (Germán Cáceres), Alexis Cabrera. Con la otra camada, la de (Martín) Rolle, (Cristian) Millahual, también nos llevábamos muy bien".

PRIMERA B NACIONAL:
ALEGRIA Y DEPRESION
Juan Mancilla rescata cada proceso en sus casi quince años en la CAI, pero, sin dudas, las nueve temporadas en la B Nacional le hicieron sentir lo mejor y lo peor, literalmente.
"Lo mejor fueron las temporadas en el Nacional B, y lo peor fue el descenso. Fue una cosa muy fea. Estuve como una semana sin dormir", admite, y hace una pausa. "Mirá cómo me pongo", dice, mientras sus ojos piden permiso para llorar, pero Juan no lo permite. Traga saliva y recuerda: "Tuvimos 70 horas de viaje a Jujuy para jugar ya descendidos. Fue muy feo".
El hincha de San Martín, que siempre pudo adaptarse a cualquier trabajo y adversidades, no logró manejar ese momento. "En el descenso me agarró una depresión. Me quería ir. Llegué, vi el vestuario, la utilería, fue duro. Es como cuando te deja la novia, pero bueno, tuvimos que empezar de nuevo y remarla", reconoce.
Esa tristeza también le dejó enseñanzas, esas que Juan transmite cada vez que tiene una oportunidad de hacerlo. "Son cosas que te marcan en la vida. Hoy estamos bien, pero mañana capaz que tengas que poner el cuero cuando estemos mal. Y hay que tener fe en que se va a salir adelante", argumenta.

EN DEFENSA DEL EQUIPO
Mancilla siempre recuerda muchos momentos en los que la CAI jugaba en la B Nacional, por el simple hecho de que el estadio municipal se llenaba y, en su mayoría, muchos iban a ver un partido de fútbol como si se tratase de un espectáculo teatral.
Por tal motivo, si los "actores" se equivocaban, la reprobación se asemejaba a la de un circo romano que le bajaba el pulgar al gladiador que intentaba sobrevivir en un escenario totalmente adverso.
Su indignación era visceral. "Me enojaba y les decía '¿qué sabés vos?, si no estás adentro, ¿qué sabés?, si no te veo nunca en la cancha'. Hay gente que iba a la platea y te criticaba de atrás. Cuando estábamos bien te aplaudían, te palmeaban, pero te mandabas una cagada y te puteaban, había gente que se colgaba del alambrado y te decía cosas. Yo me peleé con un montón de gente en la cancha, he tratado mal a mucha gente", advierte.
Hubo una etapa clave en la que, cuando el "Azzurro" estuvo a punto de ser de Primera, perdió partidos fundamentales, lo que derivó en críticas y sospechas de quienes postulaban una premeditada acción de la dirigencia para no ascender, lo que, obviamente, apuntó a los jugadores.
Mancilla tiene su firme opinión. "A los que dicen que la CAI no quiso ascender, les digo que hay que estar en la piel de los jugadores para opinar. Hablan porque no saben nada de fútbol, no transpiraron la camiseta, ni estuvieron jugando una final. Es fácil hablar, pero hay que estar adentro de la cancha".
Dice que en la actualidad está más tranquilo, y sigue con la misma raíz de esperanza. "Ahora lo tomo todo con más tranquilidad. Hay que cuidar que los pibes estén bien y tengo fe de que este año vamos a dar el batacazo. Siempre hablo con los chicos, tomamos mates con churros, con facturas, y hablamos para que estén bien", declara.
La amistad viene por ese lado. "Si alguno se quiere salir un poco, le digo 'mirá, esto es Argentino B, hay que pelearla si querés ser futbolista y vivir de esto'. Muchas veces les he hablado y por eso hice grandes amistades con los pibes.
Hasta hemos hablado cosas personales, de la vida, porque por ahí los pibes están solos, tienen a la novia lejos, tienen a su mamá lejos. Y esto es un trabajo, tenés que estar todos los días, llueva o truene.
No es tan fácil, según asegura Juan. El desarraigo es desgastante en esos instantes. "Pasar un día del padre, de la madre, cumpleaños fuera de casa, es triste para los que viajamos y no estamos casi nunca. Es feo para los jugadores que son padres, la familia misma con la que uno comparte. Estar lejos en esos momentos es muy feo", resalta.
De todas maneras, Juan Mansilla es un agradecido por el trabajo que le tocó, y que lo llenó. "Yo estoy agradecido a la CAI. Estoy haciendo un trabajo que a muchos les gustaría hacer, porque jugar al fútbol es lindo y estar dentro del fútbol es más lindo", explica.
Eso es ser utilero: "estar dentro del fútbol", como dice Juan. Ser utilero es ser jugador, entrenador, psicólogo, médico. Es "estar adentro" en toda su esencia, hasta para complacer a esos "caprichosos" que siempre le reclaman las facturas a Juan, sólo por gusto y amistad.
"El laburo del utilero es como el del entrenador, tenés que estar siempre, y más con los muchachos. Tenés que estar dos horas antes porque son medio mimosos, y si no les traés la facturita se enojan, pero ellos no ponen nada (risas). Mucha gente dice que el trabajo del utilero es laburo de vago, pero hay que estar acá adentro, hay que tener la cabeza bien limpia porque no podés olvidarte de nada. Ni un Geniol te podés olvidar, y si un pibe se rompe, tenés que estar ahí para cuidarlo, porque no está la mamá, no está la novia, no hay nadie", sentencia Mancilla.

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