La ciudad puente

Emiliano Limia, periodista internacional residente de Estambul

Soy periodista y vine hace 3 años a Estambul para realizar una maestría. Puede sonar paradójico elegir como destino para estudiar y ejercer mi profesión a un país que no se destaca justamente por su libertad de expresión. De todas maneras, no vengo aquí a comentar sobre la situación delicada que atraviesa el país y la región sino apenas algunas de las razones por las que no me arrepiento para nada de haber venido.
Una de las visitas de rigor en la ciudad (en mi opinión la más importante) es el gran museo de Santa Sofía. Construido en 537 el edificio actual, ya había oficiado como catedral ortodoxa por casi un milenio cuando los otomanos la convirtieron en mezquita al conquistar Constantinopla en 1453. Ya sin imperio y con una república democrática y laica, fue inaugurada como museo en 1935.Dentro, mosaicos bizantinos conviven con versos coránicos reflejando la riquísima herencia cultural del templo, prueba de que estas geografías fueron desde siempre un puente entre Oriente y Occidente. Muchos la definen como la ciudad más asiática de Europa. Y otros como la ciudad más europea de Asia.
Así, uno puede ver fotos de Atatürk al lado de mezquitas; jóvenes comprando minifaldas en el Gran Bazar (donde se regatea hasta el aire)al lado de mujeres cubiertas de pies a cabeza; puestos de comidas rápidas locales al lado de los McDonald's. Los cambios profundos de principios del siglo pasado no impiden ni por asomo que todavía se respire tan vivamente la cultura otomana y sus aromas a té, narguile y especias. Es notable el contraste que genera el llamado al rezo desde los altoparlantes de los minaretes cinco veces por día, y la vida nocturna (que no tiene nada que envidiarle a la de cualquier capital europea).
La frutilla del postre es el Bósforo, un estrecho marítimo con vida propia que separa los dos continentes, navegado constantemente por embarcaciones de todo tipo y atravesado de lado a lado por tres puentes inmensos y un túnel submarino. Recomiendo sentarse a tomar un té en alguna terraza de Ortaköy, con vista a la orilla asiática de Estambul. O tomarse un ferry por menos de un dólar y disfrutar del paseo costero que ofrece Kadıköy, dueño de mi postal preferida: el Bósforo, la salida al mar de Mármara, y Santa Sofía, la mezquita Azul y el palacio Topkapı de fondo.
Si vienen en el mes sagrado del Ramadán, es importante saber que los musulmanes ayunan hasta el ocaso. Por supuesto que al ser una ciudad tan turística los locales de comida están abiertos y no hay ningún problema. De todas maneras, por una mera cuestión de respeto aconsejaría evitar comer y beber en las calles y el transporte público. Pero no se asusten, si lo hacen no pasará absolutamente nada. En el peor de los casos, algún practicante los mirará medio de reojo.
Esto me recuerda a un argentino conocido quien alguna vez relató que, la coherencia y el compromiso del musulmán promedio para con la doctrina que profesa es tal que, si hay que elegir un país para verse en líos o necesitar ayuda urgente, elegiría cualquier país musulmán. No podría estar más de acuerdo. Más allá de las noticias que uno ve de manera cotidiana en los medios de comunicación, uno tiene la impresión que a los musulmanes (con excepción de los comerciantes en zonas turísticas) ayudar a un extranjero les hace inmensamente felices.

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