La gran grieta (1)

El concepto "grieta" fue divulgado por el Sr. Jorge Lanata (1), un mediático periodista que transita -con un ahora renovado entusiasmo y éxito- el amplio campo de las incoherencias humanas permanentes. Lo aplicó como concepto crítico hacia el populismo como teoría política y en particular como cuestionamiento al gobierno nacional de Cristina Kirchner.
Los argumentos primarios –aunque desconozco si él mismo alcanza a distinguirlos- son la oposición a la confrontación permanente como condición de viabilidad de la democracia y a la necesidad de un antagonismo regulado con los medios de comunicación que encarnan una verdadera oposición a las políticas gubernamentales. CFK había instalado esa grieta –según él-, que afectaba y dividía a los argentinos e impedía la felicidad de la unión nacional.
Esa misma unidad insustentable, y hasta algo irracional, que ya vivimos en la Plaza de Malvinas con Galtieri y que hoy se anuncia como alegoría y perspectiva del futuro brillante frente a un mundo ansioso por recibirnos, de nación alineada con la modernidad (léase los EE.UU.) y de país supermercado sin marcas propias. Ello en el marco de un curioso escenario de coloridos globos donde antes existieron combativas pancartas; de torpes e inexpresivos pasos de baile donde se vivieron trascendentales discursos de nuestros mejores estadistas y de desafinaciones de vergüenza ajena en el lugar donde Evita convocó a la defensa de los intereses populares. Toda una simbología del espanto sobre el futuro que se nos avecina. ¡Cómo para no preocuparnos!
El término "grieta" así aplicado deviene en realidad de una geologización (se me disculpe el neologismo) de la política, una cuestión natural que siempre se forma desde el afuera de algo, una fisura que es provocada por la propia naturaleza en sus procesos de contracción. El todo era todo, hasta que se agrietó. No porque una voluntad lo hubiera deseado, sino por las propias condiciones sociales, históricas y de la naturaleza humana.
Los historiadores económicos no están de acuerdo sobre los orígenes del mercado. Sin embargo, el cuento clásico de que sustituyó al trueque y significó una modernización económica del medioevo para facilitar las operaciones ya no se acepta con facilidad, al menos entre los investigadores.
Pero sí se sabe, desde Aristóteles y Platón a esta parte, que la sociedad civil siempre miró con desconfianza las condiciones y efectos de su implantación. El mercado fue el sustento de los mercaderes, los industriales, los financistas, los burócratas, para comenzar a apropiarse de las riquezas sociales, las que se producían en común. Comenzaban a concentrar el poder en pocas manos y "agrietaban" la riqueza común para apropiarse de cada vez más porcentaje de la misma en detrimento del pueblo.
Los interesados economistas vinculados a aquellos mismos grupos impusieron como normal la ideología del mercado, una forma de interpretación y acción sobre las actividades humanas.
El matrimonio, el delito, la solidaridad, la compasión por los animales, la sexualidad, el arte, la música, la educación, cualquier realidad –inclusive la religiosa- en la que tenga intervención el hombre, puede ser entendida como un mercado con su oferta, su demanda y su precio.
Y dado que la condición del hombre es su libertad, esos mercados deben ser libres de cualquier interferencia social. Esa es la teoría: los intereses del individuo predominan ante las necesidades de la sociedad y el más fuerte desplazará al más débil que será sometido sin protección.
De resultas de ello, cuando habla el mercado, hablan los poderosos. Para la economía ortodoxa, el mercado no somos nosotros los consumidores sino los productores; no somos nosotros los trabadores, sino los empresarios; no somos nosotros lo que usamos tarjetas de crédito, sino los bancos; no somos los que cargamos combustibles, sino las petroleras.
El mercado es la ficción de la sujeción de la dependencia y las reglas del mercado son los condicionantes vitales de nuestra existencia. Cuando se dice "veamos cómo va a reaccionar el mercado", se quiere decir "veamos qué dicen los poderosos". Y obviamente los poderosos, siempre, en todas las circunstancias, hablan por sus conveniencias, que no son las del pueblo. Desconfiemos si nos dicen que "el mercado reaccionó bien".
La verdadera grieta entonces es dialéctica, necesaria para que podamos avanzar en la construcción de consensos de base humana. Y creo que esa grieta está entre la Sociedad y el Mercado; entre la Política y la Economía y si la política se ve cooptada por la gerencia, por la dirección de la economía, no cabe esperar sino que la grieta se acentúe en silencio, profunda, entre sombras, los agrietadores ya no aparecerán con denuncias en programas de televisión y en periódicos, sino en los subterfugios de la realidad, disimulados con un velo tenue y apenas perceptible.
Pero cuando advirtamos que la grieta social se ha extendido y profundizado lo suficiente, puede que sea demasiado tarde.
En su historieta Uderzo salvó la grieta con el triunfo del amor. Yo no estoy tan seguro de que nosotros podamos usar ese camino. No al menos mientras el pueblo posibilite que haya gerentes del Mercado ocupados de las cosas de la Sociedad.

(1) Título inspirado en René Goscinny y Albert Uderzo que incentivan la imaginación en su serie de historietas Asterix y Obelix y que nos enseñan sobre grietas en "La gran zanja", Nro. 25, Salvat Editores, 2014.

(2) Ver columna de opinión diario Clarín, del 13 agosto 2013.

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