La grieta es un surco

Los argentinos asistimos hoy a un evento cada vez más común desde el regreso a la vida democrática en 1983, pero que podría traducirse como el momento cúlmine de lo que políticos y periodistas se han acostumbrado en denominar como "la grieta". El problemático traspaso de mando presidencial, con sus insignias y tradiciones, será probablemente el ejemplo más vívido de la supuesta división en la que hemos caído los habitantes de este suelo durante la última década. Las diferencias insalvables sobre el protocolo y la forma de proceder a la hora de transferir el poder delegado por el pueblo en la primera magistratura de la Nación son una evidencia más de las contraposiciones sociales que tan inteligentemente han capitalizado la presidente saliente y el presidente entrante, máxime cuando se trata de las formas en las que cada uno de los gobernantes se jacta para llevar adelante sus políticas.
Y es que de eso se trata, de las formas. Nada más, pero nada menos. La famosa "grieta" no ha emergido a la superficie en los últimos años como un fenómeno natural debido a diferencias de fondo en nuestra comunidad, sino que ha escalado como una construcción conceptual originada por los administradores de las formas por excelencia: los dirigentes y comunicadores sociales. Para beneficio de unos y otros, pero con un notable perjuicio para las personas que desean vivir en paz, la tan mentada grieta ha calado lo suficientemente hondo como para que los líderes más importantes del país y sus colaboradores desbarranquen en discusiones bizantinas sobre el traspaso presidencial, al punto de desafiar el sentido más común de quienes observamos la pelea como si fuese una disputa entre dos chicos en el jardín de un preescolar.
No es casual que los políticos y periodistas que han intentado profundizar la grieta -de un lado o del otro- sean denominados en la teoría académica como "formadores de opinión". Aunque esto no exime a la sociedad de la responsabilidad de salvarse de la grieta, como si fuésemos víctimas de manipulaciones mediáticas o electorales, tal vez resulte extraño cómo, habiendo existido medios y políticos toda la vida, es ahora cuando sus peleas repercuten tan fuerte en la vida cotidiana de todos.
No es democráticamente sano insultar a otro cliente al momento de ir a comprar pan, o pelearse a muerte por posiciones políticas con miembros de la propia familia en la mesa de un domingo cualquiera. Y es probable que la penetración sin precedentes de los nuevos medios de comunicación y la política a flor de piel en momentos electorales, hayan extendido estas peleas que antes ocurrían solo en la tele o en la radio, trasladándolas al mostrador de la panadería o a los asados en familia.
Sin ir más lejos, quienes tengan más de 40 años se podrán percatar de que antiguamente se podía conocer a una persona durante años sin tener ni la más mínima idea acerca de la orientación política o ideología que ésta profesaba, pero hoy en día basta con abrir el Facebook o Twitter para encasillar a algún conocido de acuerdo a tal o cual dirige una abrumadora puteada desde la comodidad de su sillón a través de un smartphone.
Los individuos no somos una masa inerte que toma la forma de lo que le ofrecen sus líderes, sino que tenemos la posibilidad de expresar, sobre todo con las herramientas del hoy, lo que realmente pensamos sin caer en prejuicios o partidismos carentes de profundidad.
Tan solo es necesario conocer alguno de los estudios sobre la opinión general de los argentinos acerca de los principales temas y problemáticas del país para darse cuenta de que, en el fondo, la gran mayoría estamos de acuerdo en la mayoría de los asuntos. Incluso, a pesar de votar a otro espacio, la mayor parte de los habitantes está de acuerdo con gran parte de las medidas de fondo adoptadas por el partido político saliente del Gobierno. Y lo que ha desvirtuado nuestro devenir como sociedad resquebrajada en torno a la grieta, ha sido la forma y no el fondo de las decisiones.
Ahora bien, esto no significa enfocarse en el ejemplo de la sucesión presidencial para saber si el bastón y la banda deben transferirse en un edificio u otro, si se debe entonar la Marcha de Ituzaingó como indica un reglamento o si un presidente es mejor bailarín que otro. Esas sí son nimiedades. Las formas venidas a menos en nuestra política significan el "cómo" se hacen las cosas, además del "qué" se está tratando de hacer. No se refiere a formalismos, sino a maneras de proceder. Tampoco quiere decir que, lógicamente, en el fondo todos estamos de acuerdo porque nadie querría pobreza, desempleo o cualquier carencia para otro compatriota. Justamente allí en el fondo es en donde podemos disentir y debemos discutir apasionadamente si una economía debe ser más o menos liberal, si un impuesto es bueno o malo para la población, etcétera. Pero siempre respetando las formas que entre todos hemos asumido.
La corrupción está en las formas, más allá de que la política llevada adelante sea de izquierda o de derecha. El autoritarismo está en las formas, sin perjuicio de que una política ayude o perjudique a los más necesitados. El consenso es una forma de hacer las cosas, más allá de que lo que se trate de hacer sea bueno o malo.
Para superar "la grieta" es fundamental acordar en las formas, para poder disentir en el fondo. Mientras más nos esforcemos en convenir las formas, más profundo podremos discutir los temas de fondo que apenan a nuestra Nación. La relación es inversamente proporcional. Y así como en una fábrica hay formas básicas para relacionarse y lograr una buena producción, o en el barrio nos comportamos de determinada forma para lograr convivir entre vecinos, en la política la forma suprema es la Ley, y para poder debatir el fondo de los problemas todos deben reconocerla con claridad y honrarla.
Algunos bienintencionados han llamado a tender puentes para superar la grieta. Pero no, no necesitamos cruzarla, ya que no hay exclusivamente dos lados distintos de algo que se ha partido. No importa en qué lugar del terreno se haya trazado la grieta. Hay tantas grietas como enemigos algún dirigente ha necesitado crear. Ya sean republicanos versus populistas, izquierda versus derecha, ricos contra pobres, choripaneros contra oligarcas, o cualquier enfrentamiento bipolar que se haya querido plantear en la superficie.
Vemos en distintos lados tantas grietas frente a quienes consideramos diferentes, que hemos convertido al suelo en un territorio plagado de surcos. Como si un arado hubiese pasado en los últimos años para preparar el campo para una plantación. Hemos removido y aireado la tierra, y es el mejor momento en el que todos como sociedad, desde cada gesto ciudadano, tenemos la oportunidad de sembrar para transformar nuestra vida cotidiana y, sobre todo, cambiar la forma en la que dejamos que nos traten los políticos. Tenemos la posibilidad de hacer lo que los principales dirigentes no han sido capaces de hacer hasta el día de hoy.
Que una arruga en la tierra sea una grieta que nos divide según nuestro pasado, o bien sea un surco en el cual sembrar un futuro común, es una decisión que todos podemos tomar al momento de insultar a alguien que no entendemos, o con el cual pensamos diferente. Al margen de disentir con el partido político que se va, o con el que está llegando, incluso con esta misma columna de opinión, si entre todos acordamos poder estar en desacuerdo, lograremos construir una Argentina mejor en el largo plazo. Y en un par de años, con la paciencia necesaria, la juventud cosechará nuestra siembra.

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