Las huellas de Gondwana en la cuenca del Golfo San Jorge

El cráneo de un saurópodo completo, con dientes y mandíbulas; el esqueleto casi perfecto de un titanosaurio articulado encontrado en 1986; y un nuevo ejemplar que sería gigante y del cual se halló una garra en perfecto estado, son algunos de los dinosaurios descubiertos en la cuenca del Golfo San Jorge. Todos fueron extraídos e investigados por científicos del Laboratorio de Paleontología de Vertebrados de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, el más antiguo de la región.

San Juan tiene las huellas del inicio del triásico; la región del Comahue las formaciones rocosas más abundantes, y la cuenca del Golfo San Jorge una de las rocas de vertebrados fósiles más rica de la Argentina, además del Laboratorio de Paleontología más antiguo de la Patagonia.
Esta zona es cuna de los saurópodos, aquellos dinosaurios de cuello largo y herbívoros que son tan famosos como el Argentinosaurus encontrado en Neuquén. También ha sido el lugar donde se ha realizado uno de los descubrimientos más importantes del mundo de este tipo de cuadrúpedos de cabeza pequeña, patas gruesas y cola robusta.
Corría 1997 y el equipo del Laboratorio de Paleontología de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco (UNPSJB) trabajaba en la formación rocosa conocida como "Bajo Barreal", en la zona de Buen Pasto, sabiendo que allí había restos de dinosaurios.
Apenas comenzaron a trabajar los investigadores, los huesos que asomaban en la superficie evidenciaban que estaban en lo cierto, aunque desconocían la magnitud del hallazgo. Así continuó el lento proceso de extracción, limpiando la roca y picando lentamente hasta que asomó el primer diente que despertó aún más la curiosidad del grupo de investigadores.
Tras un largo trabajo, todo indicaba que se trataba de partes de un cráneo de un saurópodo, quizás por las mandíbulas. Sin embargo, recién en el taller que el laboratorio tiene en la Universidad lo iban a poder confirmar, al completar la investigación y descubrir que el cráneo estaba completo, lo que representó uno de los hallazgos más importantes en esta zona.
Hoy esta pieza que mide 45 centímetros, descansa en el laboratorio de la casa de estudios, mientras que su réplica adorna el taller junto a otros dos ejemplares encontrados en la región: Notohypsilophodon comodorensis y Aniksosaurus darwini, ambas nuevas especies descubiertas en la zona de Buen Pasto, en el último caso un carnívoro.
Sin embargo, ese no es el único ejemplar de relevancia mundial que se encontró en la cuenca del Golfo San Jorge. El 6 de diciembre de 1986 en la misma formación Bajo Barreal el equipo encontró un titanosaurio articulado, al que solo le faltaban unas pocas piezas dorsales, la cabeza y el cuello.
Su descubrimiento y posterior investigación permitió saber más sobre este ejemplar llamado Epachthosaurus, uno de los más completos encontrados en todo el mundo y el más basal (primitivo) en sus vértebras caudales procélicas, que incluso ha despertado la atención de investigadores de Estados Unidos, el Museo Imperial de Londres y otras instituciones de Argentina que han llegado hasta Comodoro Rivadavia.

LAS DIFICULTADES DEL INICIO
En la actualidad ya son más de diez los dinosaurios descubiertos en la zona sur de Chubut y norte de Santa Cruz, donde tiene injerencia este laboratorio fundado en 1984 por el biólogo Rubén Martínez, quien estuvo acompañado en un principio por Olga Giménez, Graciela Bochatey y Jorge Rodríguez, y continúa la tarea junto al geólogo Gabriel Casal y Marcelo Luna.
El mismo depende de la Facultad de Ciencias Naturales que en 1988 por resolución reconoció su creación. Sin embargo, esta historia de huesos prehistóricos en la cuenca data de mucho más atrás, ya que desde fines del siglo XIX se registran descubrimientos en la zona del Colhué Huapi. Aunque fue recién en la década de 1970 cuando el investigador José Fernando Bonaparte, del Museo Argentino de Ciencias Naturales, le dio mayor relevancia y diversidad a este tipo de descubrimientos.
Su estudio se centró en la formación Matasiete, pero también trabajó en la Bajo Barreal donde incluso en esa década encontró una de las tortugas más primitivas dentro del grupo de los quelidos, en la Sierra de San Bernardo.
Según cuenta Martínez, fue el trabajo de este prestigioso investigador quien luego iba a ser homenajeado con la imposición de su apellido al primer ejemplar encontrado por el grupo, el que lo llevó a interesarse por la paleontología.
"En 1983 salió una publicación en la revista Cono Sur, que había estado el doctor Bonaparte trabajando en la Sierra de San Bernardo y había encontrado huellas importantes", recordó Martínez en una charla que mantuvo con este diario en su laboratorio.
"Salió una foto en blanco y negro. Entonces yo era muy joven, estaba recibido y formé un embrión de grupo de trabajo para investigar estos animales, porque requiere conocimiento y habilidades en el campo", agregó el biólogo que llegó de Buenos Aires a la Patagonia y antes de vivir en Comodoro Rivadavia lo hizo en Puerto Deseado y San Julián.
El inicio en el laboratorio fueron épocas difíciles por el desconocimiento y los problemas que imponían las distancias, algo lejano en el siglo XXI gracias a la aparición de internet. Eso sí, eran tiempos muy solidarios y desde un principio el grupo de trabajo recibió el apoyo de Bonaparte, principalmente con bibliografía y asesoramiento, algo indispensable para comenzar.
De esa forma llegó la primera salida, los primeros hallazgos, la necesidad de investigarlos y el primer viaje a Buenos Aires en la cabina de un avión, trasladando un montón de huesos de hace 90 millones de años y que son patrimonio de la Nación.
Fue toda una odisea que valió la pena, ya que un tiempo después, en 1985, Bonaparte los invitó a él y a Rodríguez a una excavación en Neuquén, donde trabajaron durante quince días y que significó la primera experiencia de campo importante.
Más tarde llegaría el descubrimiento del Xenotarsosaurus bonapartei, un carnívoro pesado -de una tonelada-, bautizado así en honor a aquel estudioso de los vertebrados mesozoicos que marcó los primeros pasos de la Paleontología en la zona sur de Chubut. Aún hoy sus restos se encuentran en el laboratorio, pudiéndose ver el fémur, tibia y algunas vértebras, las mismas piezas que en aquellos tiempos fueron llevadas al Museo Argentino de Ciencias Naturales para ser estudiadas durante una semana.
Es que desde sus inicios el objetivo principal del laboratorio fue estudiar estos hallazgos y publicarlos, analizando su anatomía, comparándolos con otros ejemplares del mundo, e indagando sobre el árbol de parentesco, algo que muchas veces depende del material que se encuentre.

PASION POR EXPLORAR Y DESCUBRIR
El crecimiento del laboratorio y los cambios en el equipo llevaron a la necesidad de contar con un técnico que se encargara de todo lo relacionado con la exploración en el campo, la búsqueda, la extracción y la parte técnica de laboratorio con la preparación de los fósiles.
El elegido fue Marcelo Luna, quien ingresó como colaborador y se quedó. "Siempre me gustó la naturaleza, el andar en el campo, buscar piedras y cosas en los cerros de Palazzo", relató Luna, quien se sumó al equipo en 1987.
"Entonces cuando terminé la secundaria empecé a estudiar una carrera que me parecía afín a eso como Biología, pero una vez que me acerqué al laboratorio como voluntario me di cuenta de que me interesaba más trabajar con los fósiles directamente y seguir dedicándome a esto", recordó.
"Es todo muy interesante y muy lindo. A veces la dificultad está cuando encontramos alguna pieza que está muy rota y las expediciones, pero es algo que volvería a elegir", agregó con la emoción de quien se apasiona por su trabajo.
La labor de Marcelo consiste en dos etapas. La primera es la preparación en el campo, que impone remover todo el sedimento de roca que está "adherido al hueso, la capa de yeso para trasladar los bochones con cuidado y dejar los huesos estables en caso de haber fracturas o grietas", según explicó.
La segunda la realiza en el laboratorio. Allí es donde comienza el trabajo más teórico junto a los investigadores, comparando los huesos que se encuentran con animales de otras partes del mundo y de Argentina para determinar si es algo nuevo o ya conocido.
De esa forma, se puede comenzar a descubrir un nuevo dinosaurio para la ciencia, al que corresponde ponerle un nombre. El mismo puede tener relación con su lugar de origen, una persona a quien se desea homenajear o algún rasgo del animal. Siempre todo en latín y griego, siguiendo el código de nomenclatura que está preestablecido. Ese nombre luego será evaluado por un comité científico y publicado en revistas del país o el exterior.
Así como Marcelo llegó al laboratorio, también lo hizo Casal, de una forma similar a Martínez. En su caso en 1992 ya estudiaba la carrera de Geología. Fue en una de esas tantas clases en donde el director del laboratorio brindó una charla sobre dinosaurios y despertó su pasión.
"Me interesó mucho el tema, entonces me acerqué como colaborador y me invitaron a una salida de campo en diciembre en la formación Bajo Barreal. Fui, me gustó mucho, me acerqué en el tema y me quedé. Descubrí una vocación que tenía tapada porque hoy no podría hacer otro trabajo que no sea éste", narra con orgullo.
"Salvo la arqueología, creo que no debe haber nada comparable con descubrir cosas nuevas y destapar un bicho que vivió hace millones de años, siempre con la ilusión de encontrar algo", sentenció, describiendo lo que representa.

LA RIQUEZA FOSIL DE LA CUENCA
En estos 30 años el grupo de trabajo ha realizado importantes hallazgos que aportan al conocimiento científico filogenético. Ejemplares que como dice Martínez han sido buscados, encontrados, extraídos y estudiados en el laboratorio de la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, donde permanecen todas las piezas originales que han permitido saber más sobre estos animales.
Así, el descubrimiento del cráneo antes mencionado, permitió saber que este tipo de seurópodos con dientes del tamaño de una falange, tendrían un pobre olfato y una buena visión.
Esto fue posible también por el avance de la tecnología, que permitió realizar tomografías al cráneo en CemPenta y el Hospital Regional, y luego enviar rápidamente los resultados a un especialista de la Universidad de Ohio.
Allí en Estados Unidos se reconstruyó el cerebro y los nervios, logrando algo muy diferente a lo que pasaba en la década del 80 cuando las consultas eran por cartas que tardaban más de tres meses en obtener una escueta respuesta.
Sin duda la formación Bajo Barreal sobre la cual pasaron ríos, con mucha caída de ceniza volcánica y lagunas, ha sido una de las unidades que mejores resultados ha dado.
Esta roca sedimentaria, que comprende la zona oeste de Sarmiento, el cerro San Bernardo y el norte de Santa Cruz, es la más rica en vertebrados fósiles de la Patagonia.
Los hallazgos realizados allí han permitido descubrir el vínculo de esta región hace 95 millones de años con Africa y Oceanía, cuando América formaba con estos un solo continente llamado Gondwana.
Pero también han dejado ver la evolución que tuvieron los dinosaurios, ya que en esta formación los ejemplares encontrados son "persistentemente arcaicos en el sentido filogenético de la historia evolutiva", es decir "los más primitivos de todo el mundo", aseguró Martínez.
Desde hace un tiempo el grupo también viene trabajando en una tercera formación denominada Lago Colhué Huapi, ubicada en la zona próxima a Sarmiento, allí donde en 1890 Carlos Ameghino realizó el primer descubrimiento registrado en Chubut: una extremidad completa de un saurópodo.
La misma despierta las mejores expectativas por los primeros resultados obtenidos que hablan de un paleoambiente distinto, dinosaurios más jóvenes y evolutivamente diferentes.
"Cada formación cuenta una historia distinta. En este caso son rocas más modernas que andan dentro de los 65 y 80 millones de años y que cuentan con una fauna bastante diferente y muy interesante desde el punto de vista paleobiogeográfico porque nos muestra las vinculaciones de los dinosaurios de acá con los de Norteamérica", explicó Martínez.
En esa zona ya se encontró el Aeolosaurus colhuehuapensis, el cual fue descubierto por un grupo de pescadores que dio aviso al laboratorio. También un nuevo dinosaurio gigante que está en tarea de preparación y, según entienden los especialistas, probablemente sea una nueva especie de saurópodo de más de 30 metros y con placas, lo que demuestra su evolución a comparación de otros ejemplares encontrados en la formación Bajo Barreal.
Está previsto que a principios de febrero el equipo vuelva al campo, recorriendo más de 250 kilómetros desde el laboratorio, acampando en sectores desérticos donde solo los alumbra la luna, y trasladando pesados y frágiles huesos de millones de años por varios kilómetros ante las dificultades de acceso que impone el camino.
Igual que el verano pasado, el lugar elegido será la cuenca noreste del Colhué Huapi, en la formación donde en esa oportunidad encontraron una garra de un carnívoro megaraptorido, que podría ampliar los hallazgos a una nueva especie que habría vivido en el sur de Chubut, pero hace más de 70 millones de años, en tiempos de clima subtropical, vegetación exuberante, cocodrilos y tortugas gigantes que demuestran cómo cambió el mundo a lo largo de su historia.

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