Le pusieron dos armas en la cabeza a un remisero para asaltarlo en el Pietrobelli

El remisero de la agencia Pueyrredón, Eleodoro Juárez, fue víctima de un asalto ayer a las 17 en Formosa al 1.400, frente a la capilla del barrio Pietrobelli. Dos supuestos pasajeros le pusieron al mismo tiempo sendas armas de fuego en la cabeza y le llevaron los 1.000 pesos de recaudación. En medio del robo el chofer soltó el freno y el Renault Symbol retrocedió cuesta abajo en esa zona alta. En ese momento uno de los ladrones se arrojó del auto y habría sufrido lesiones. El remisero terminó con un culatazo en la cabeza y arrastrado por su propio vehículo que quedó colgado de un guarda rail.

"Me asaltaron. Me pusieron las dos pistolas en la cabeza y yo mandé el auto para atrás para zafar. Y ahí el coche me pasó por encima. Uno de los flacos debe estar herido, porque el que iba del otro lado –la parte trasera- se arrojó del auto y también lo pasó por arriba". Relató la víctima a El Patagónico.
Eran las 17 y el remisero llegaba a Formosa al 1.400, frente a la capilla Jesús Nazareno del barrio Pietrobelli transportando dos pasajeros que habían ascendido al vehículo en 25 de Mayo y San Martín. Uno se mostraba muy conversador y se refería con entusiasmo a la calurosa tarde.
A Eleodoro, que hace 15 años es remisero, no le llamó la atención ninguno de los dos ocupantes. Vestían bien y se mostraban amistosos. Uno de ellos viajaba con una gorra fluorescente y el otro llevaba una visera.
Cuando llegó al destino que le habían indicado, Eleodoro frenó en medio de la pendiente de la calle Formosa e inmediatamente sintió el caño de un arma de fuego en su parietal derecho. Uno de los jóvenes le apuntaba desde el asiento trasero. El otro bajó y rodeó el auto, abrió la puerta del conductor y le apoyó otra arma de fuego en el parietal izquierdo.
Le exigían la recaudación y Eleodoro les dio lo que tenía: 1.000 pesos. Le sacaron la llave del auto y le pegaron un culatazo. Con los dos caños apuntándole directo a la cabeza, lo único que trató de hacer fue "zafar" de la situación. Soltó el freno y tiró el auto marcha atrás. En el recorrido, el delincuente que estaba sentado atrás se tiró con el vehículo en movimiento y el coche lo habría pasado por arriba. "Raspado seguro que está", presumía la víctima.
Los vecinos que se acercaron al lugar están cansados de este tipo de robos en el sector porque dicen que son siempre los mismos; que la policía sabe quiénes son, pero que "entran por una puerta y salen por la otra".

DOS CAÑOS EN LA CABEZA
Mientras un hombre se acercaba a un grupo de vecinos y les pedía "diez pesos para la birra", llegó la ambulancia y Eleodoro se levantó el pantalón para mostrar las heridas que sufrió al ser arrastrado por su propio vehículo. Tenía el pantalón agujereado y la rótula lastimada. También llegaron compañeros de la agencia y unos cuatro taxistas que se enteraron por la radiofrecuencia de que un trabajador del volante fue asaltado en el lugar. Todos se solidarizaron; no sabían quién puede ser el próximo.
"Yo los traje hasta acá. Cuando me preguntaron cuánto era, uno me puso la pistola, me pegaron y ya me puso la pistola el otro. El coche se me fue para atrás", repetía.
La víctima confesó que en ese momento tuvo miedo de que le dispararan. "Por ahí los guachos te tiran. Los levanté porque los vi que estaban bien. Si no, no los levanto" aclaró. Los dos tenían entre unos 18 y 20 años –delgados- y usaban lentes.
Según los vecinos, los delincuentes subieron por un pasaje lindero a la iglesia. Resaltaron que a uno de los que anda robando lo apodan "Castor" y sospechan de sus andanzas. Dijeron que les roban a los trabajadores y que para un asalto grande "no les da la nafta a los chabones estos".
Eleodoro Juárez ya había sufrido una vez un asalto, "pero así no". Esta vez su automóvil recorrió varios metros en retroceso y no cayó al vacío porque la rueda trasera derecha quedó trabada con el guarda rail de un murallón.
Eran cerca de las 18. Una mujer abrió las puertas de la capilla y sonaron las campanadas para llamar a los vecinos a la misa. Mientras se empezaron a acercar, la policía iba terminando su trabajo de levantamiento de huellas en el auto y los fieles que llegaban a la iglesia se mostraban indignados al enterarse de lo sucedido. Es que especulaban con que cuando quieran viajar con sus familias, los remiseros no van a querer subir hasta ese sector del barrio por miedo a que los asalten.

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