Liliana Colla y la llama viva de la superación

A los 15 años tuvo su primer desafío. Abrazó la docencia y buscó transmitir la misma pasión que encontró en sus profesores del Colegio Nacional Perito Moreno. A pesar de ser figura y capitana del equipo nacional en el Sudamericano de Paraguay nunca perdió el eje, porque vivió el deporte como una disciplina formadora de valores.

por Angel Romero
a.romero@elpatagonico.net
Una valla de 1,25 metro de altura y una joven esbelta de 15 años. Ese fue el momento "bisagra" de Liliana Colla, con la cual comenzó a incursionar en el equipo de atletismo del Colegio Nacional Perito Moreno.
La joven de la mirada azul profundo podría haber dudado, incluso podría haber abandonado luego del salto –sea cual hubiese sido el resultado–, pero Liliana tuvo durante su educación secundaria no sólo profesores de Educación Física que le supieron transmitir su pasión por el deporte (en su caso el atletismo), sino también en las artes, la música y la pintura.
Era la década del '70 y tanto en el subsuelo como en los pasillos del "Perito", los profesores José Velázquez, Jorge Milathianakis, Roque Tótaro, Fidel Pérez Moreno –que le da nombre al Instituto Nacional de Formación Docente 810–, Dolores Aguado, Susana Berger y tantos otros sabían contagiar a los jóvenes de esa institución escolar.
Fue un torneo de salto en alto, en el interior del gimnasio y la invitación del profesor Moreno el 'disparador' para que Liliana incursione en el deporte individual. Un año más tarde se consagraría campeona nacional en 400 metros, titulo que mantendría por dos años consecutivos en distintos escenarios del país. Además de dejar en lo más alto a la Patagonia en la carrera de postas de 4 x 200 junto a Violeta Garzcnia, Guillermina Koltoff y Gabriela Wente.
Del Colegio Perito Moreno se sumaría a los entrenamientos en el estadio municipal de Km 3 –antes de la tribuna detrás del arco que 'fracturó' la pista–. En ese espacio y tres veces por semana, Liliana llevó su potencial a nivel nacional y sudamericano en una época donde la capital petrolera era un semillero prominente de atletas, y que iba a tener representante olímpico en el '72 a través de Nazario Araujo.
Eduardo Bernal, Valentín Gonzalo y Cristina Irurzun ("La Gacela Patagónica") se sumaron al grupo de entrenadores que acompañaron el proceso de la joven atleta que en cinco años se destacó en la pista y aún es dueña de las marcas provinciales en damas menores en 400 metros con una marca de 1'01'' 2/10. 400 metros damas juveniles con 59''2/10. Y posta 4 x 100 de la FACh (Federación Atletismo Chubutense) junto a Cristina Irurzun, Gabriela Wente y Guillermina Koleff.

UNA DISCIPLINA DONDE CADA UNO ENCUENTRA
SU ESPECIALIDAD
Si bien la trascendencia nacional en Liliana vino en el primer año de práctica –en Buenos Aires sobre 400 metros y en postas 4 x 200– ella sostiene que fue parte de un deporte totalmente amateur donde cada uno iba encontrando su especialidad.
"Yo aprendí de personas que ya estaban consagradas en el atletismo, y este era amateur en todos sus aspectos. Con sus pro y sus contras. Hoy en día la sociedad ha cambiado y por ahí hay otros tipos de exigencias y cuestiones que cumplir como el pago de un seguro y gastos médicos, que también son importantes y se debieran considerar en todos los aspectos de la vida deportiva y que insumen otros tipos de costos que antes no existían", comenta.
"En mi secundaria, todos los chicos hacían alguna disciplina deportiva o se inclinaban por otras propuestas de la escuela. En mi caso abracé el atletismo, que en la etimología de la palabra (Athlos) significa competencia, superación, lucha, no sólo con el adversario sino con uno mismo. Y eso encerraba antes (y tal vez ahora en algunas familias) los valores de superarse, de tratar de mejorar, de que nada es gratis. Y que todo se lo logra con el pensamiento, con el esfuerzo, con el cariño y la pasión. Creo que hoy en día habría que fortalecer esos valores y como sociedad fomentarlos, porque en las escuelas contamos con chicos y chicas con mucho potencial, no sólo en el deporte, sino en las artes, la literatura o las matemáticas donde pueda desarrollarse en plenitud y ser feliz", reafirma.
De la valla de 1,25 empezó a integrar al grupo de atletismo de la escuela, y Colla fue incursionando en las distintas pruebas y distancias para encontrar en los 400 metros el lugar donde explotar.
"Comencé a trabajar con los chicos más avanzados que yo, y sin darme cuenta las cosas se fueron dando en forma natural. Incluso en el 71 gané la 'Copa Diario El Patagónico', que se desarrolló en el estadio municipal, e igualé el récord nacional de Menores", recuerda.
"Por suerte, siempre tuve buenos referentes y dirigentes de lo que por entonces era la Federación de Atletismo del Chubut, como Valentín Gonzalo (que da nombre al gimnasio municipal 2), Antonio Pocoví, Eduardo Bernal, Miguel Irurzun (el papá de Cristina), Irma Pérez y otros que apoyaban para la promoción de uno como persona y deportista. Eso, sumado a mi familia que acompañaba, hizo que yo disfrute de esos años por más que una marca no salga", sostiene.
Única hija de una familia con dos varones (uno jugó al rugby en el Liceo y el menor se dedicó al atletismo), a Liliana le cuesta reconocer que era la 'joya' de la familia, en lo que deportivamente significaba.
"Uno en esa época no se veía como alguien 'consagrado o superior'. Además, en mi familia siempre nos motivaron que una parte de nuestro tiempo nos dedicáramos a hacer lo que mejor nos salía y donde más cómodos nos sintiéramos. Visto de esa manera, tanto mis hermanos como yo, tuvimos éxito en lo que emprendimos más allá de los resultados. De hecho, yo hacía música y pintaba", remarca.

FRUSTRACIONES Y
CAPITAL HUMANO
En cinco años de intensa actividad –se retiró de la alta competencia cuando promediaba los 20 años- a Liliana le tocó sufrir desgarros, malos desempeños y una serie de sinsabores propio de quienes arriesgan en pos de un objetivo.
"El atletismo y la familia te enseñaban a que uno debe superarse. Por supuesto que tuve contracturas, desgarros y más de una vez las cosas no salieron como uno esperaba. Pero siempre había alguien que te daba una mano para ayudarte o mejorar, porque las molestias o los momentos de rabia las tenía como cualquier persona", afirma.
"Pero yo tuve la suerte de iniciarme en la escuela secundaria, y a la hora de elegir una carrera me incliné por el profesorado en Educación Física en un instituto de Santa Fe, donde era la disciplina por excelencia. Además, de ese instituto venían en marzo a colaborar con las competencias que se desarrollaban en Comodoro y fue ahí que me contaron de la posibilidad de un internado de chicas y estudiar el profesorado", expresa.
Liliana egresó como profesora de Educación Física, se quedó trabajando un tiempo en Santa Fe como docente y entrenadora de atletismo y retornó a la ciudad que la vio crecer en compañía de quien sería su marido, Miguel Blanco, quien desde 2014 le da nombre al gimnasio municipal 1.
"Comodoro es mi ciudad y siempre quise volver. De hecho, tuve la suerte de volver y ser docente en el Perito Moreno, luego me sumé al colegio María Auxiliadora y Magisterio. Y donde pasé, traté de dejar la impronta y la pasión que mis docentes me contagiaron. Y no me costó, porque los jóvenes son los mismos, tal vez la sociedad es distinta. Pero tuve alumnas que siguieron mi carrera, o siguen corriendo (como Fabiana Haag, Ana Campillay, María Elena y Marta Ronconi), o simplemente se dedicaron a destacarse en lo que eligieron para sus vidas. Creo que eso es lo importante que uno puede transmitir a sus alumnos", remarca.
Transmitir desde el capital humano. Esa fue la clave que llevó a Liliana a trascender no sólo en el deporte, sino en la vida. Y esa esencia de los docentes que supo tener, fue lo que intentó repetir con otros.
"Es que también los procesos pasan por las personas. Y en ese sentido los docentes tienen un rol fundamental. Nosotros tuvimos esa calidad de docentes que nos motivaron, que nos llevaron a mostrar que había otras cosas. Yo ocupé mi tiempo libre en el deporte. Pero podría haber sido en cualquier otro ámbito, porque todos los docentes estaban a disposición de los alumnos", remarcó.
Junto a su marido, que nació en Santiago del Estero y a quien conoció en el Instituto de Santa Fe, llegaron a Comodoro Rivadavia para dedicarse de lleno a la docencia. Liliana como docente en las escuelas, y Miguel en algo similar pero orientado a los deportes en conjunto y la dirigencia deportiva.
Con el tiempo llegaron los hijos (cuatro varones), y todos ellos hicieron del deporte una sana costumbre, ya sea en el rugby (Sebastián); vóley y atletismo (Pablo); gimnasia y atletismo ("Tito") y en el atletismo y el básquetbol (Gustavo). Entonces, toda la familia Blanco-Colla respiraba el deporte como un sano habito familiar.
En la actualidad, tanto Liliana como Miguel están jubilados como docentes, y reparten su vida entre la capital petrolera y Epuyén.
Liliana sigue corriendo. "Salgo a correr", le gusta aclarar. Ya no en una faz competitiva. Para ella el deporte en el alto rendimiento ya cumplió su ciclo en esos cinco años que se iniciaron con esa joven de 15 años, y la invitación del profesor Fidel Pérez Moreno para superar esa valla de 1,25 metro de altura.
Ella vivió una época de esplendor para el atletismo, donde cada quince días había fin de semana de plena competencia en distintos puntos del país. Incluso había un acuerdo con Aerolíneas Argentinas, donde las atletas destacadas tomaban un vuelo el viernes por la tarde para competir fuera de la ciudad y retornar el lunes a primera hora a la capital petrolera.
Y no por ello pedía licencia deportiva o faltaba al colegio. Porque la práctica de un deporte o un arte era algo común para los jóvenes de esa época. Y no era una excusa para pedir algún trato preferencial, respecto a los demás.
Hoy en día, Colla sostiene que el semillero deportivo debe surgir de las escuelas. También reconoce que no todos los docentes están predispuestos. Los pocos o muchos que lo hacen, según resalta, dejan una huella imborrable en sus alumnos. El resto, sólo se dedica a cumplir la hora de clase.
Y aunque en la vida nada le fue fácil a Liliana, nunca desistió ni bajó los brazos. Porque en definitiva, tanto en el atletismo como en la vida misma, el deportista se mide con uno mismo. Con sus miedos, sus limitaciones o los sabores amargos que la vida le pone en el camino.
"Uno, como docente, debe valorar a sus alumnos, enseñarles a convencerse de que tienen alas y que cada cosa que se propongan la pueden lograr siempre y cuando haya voluntad. Y el compromiso de uno como adulto es acompañar esos procesos. Porque hay que apostar al deporte como formador de valores, no sólo en la búsqueda de resultados. Y eso hace más noble la tarea", asegura.

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