Los "Reyes-Chodil", una familia rodante

Dos bicicletas manejadas por Carlos y Analía. Con un carro cada uno donde viajaron Julián (2) y Lautaro (6) fue la postal de este verano en la Patagonia Austral sobre la ruta 3 y parte de Chile. De esta manera, los referentes del grupo "Colinas arriba" reafirma un estilo que apunta a disfrutar con la naturaleza desde la sencillez de las cosas.

por Angel Romero
a.romero@elpatagonico.net

Ver la grandeza en la simplicidad de las cosas. Tomar riesgos y vivir la vida (no aferrarse a ella), describe la esencia de la familia Reyes- Chodil. Quienes desde hace más de seis años lideran el grupo de cicloturismo "Colinas arriba". Además de optar por ese medio como forma de vacacionar en forma sustentable por las rutas de la Patagonia.
La primera travesía fue en 2011 y duró cerca de un mes. El destino: la carretera austral chilena. Y una familia de tres miembros recorriendo los inhóspitos paisajes del sur.
"Cuando surgió la primera vez de irnos en vacaciones como familia -duró un mes- lo primero que nos 'tiraron' fueron temores. Que el nene era muy chico, como iba a hacer si nos pasaba algo en medio de la nada. Pero luego te das cuenta que los miedos vienen de conocer que alguien hace algo fuera de lo 'normal o lo establecido'. Además, uno como mamá toma todos los recaudos posibles. Y hasta en cierta manera preferimos asumir riesgos. Uno no puede andar por la vida aferrándose a todo", comenta Analía a El Patagónico.
La segunda campaña fue en el Parque Nacional Los Alerces, en un período de descanso que duró un fin de semana largo.
Este verano (del 4 al 15 de febrero) Julián se sumó a la familia rodante que con Río Gallegos como punto de partida para transitar un camino que los llevó hasta las Torres del Paine.
"Fue un viaje maravilloso, con paisajes increíbles en el tramo que comprende Puerto Montt con Villa O'Higgins en Chile (pueblo paralelo a El Chaltén). Creo que en viajes como esto ponemos de relieve esto de 'respetar la tierra'", comentó Analía.
Por supuesto que como cada año, lo primero a vencer en sus vacaciones en dos ruedas fueron los prejuicios de propios y extraños.
"Hasta cierto punto uno se sugestiona y trata de no dejar nada librado al azar, porque si pasa algún imprevisto te catalogan de 'mala madre' y otras apreciaciones. Pero nosotros tenemos en claro que la vida es para vivirla, no podes estar aferrado a las cosas materiales. Es cuestión de arriesgarse y hacerlo ahora. No esperar a que se cumplan una serie de pasos previos y quedarse en la mera expresión de deseos de lo que uno anhela", remarcó Analía.
EL CICLOTURISMO
COMO FORMA DE VIDA
Cuando Analía y Carlos se unieron como pareja, vieron que su opción por disfrutar de la vida era arriba de una bicicleta.
De hecho, Carlos hace 25 años que trabaja como empleado en la bicicletería "Saidmar" (además de oficiar de mecánico oficial de las bicis de la familia). En tanto que Analía se preparó como personal trainer en "Stadium", se recibió de masajista y realizó yoga. Todos conocimientos que lleva adelante con clases personalizadas en la planta baja de su casa en la zona alta del barrio Jorge Newbery.
El grupo "Colinas arriba" es un proyecto en común que emprendieron. Primero había que abonar para ser parte de las salidas que se promocionaban con carteles pegados en los postes de luz.
"Lo que nosotros ofrecíamos era un servicio de salidas organizadas y el entrenamiento previo durante la semana. Por supuesto que te encontrás con una diversidad de personas. Desde las que te dicen 'yo no voy a pagar para salir en bicicleta'. Hasta aquellos que no aceptan ser parte porque vos no sos conocido o no ganaste nada. De todas maneras este es un grupo abierto, porque esto surgió porque las ofertas de las entidades deportivas son limitadas. Además durante nuestro viaje nos encontramos con ciclistas como nosotros donde la vida transcurre en base a sus clubes, que son espacios de encuentro. Acá es mucho más difícil", comentó Analía.
En la mirada de ambos, la pareja sostiene que en la calle o mientras recorrían las rutas, no solo ciclistas como ellos se asombraban por el estilo que pregonan, sino que en esos lugares inhóspitos se ponían de relevancia valores humanos "en todos lados hay gestos que son naturales, solo hay que pulirlos" expresa Analía, quien a través de sus clases personalizadas comenzó a romper las barreras para relacionarse con otros.
En el hogar de los Reyes-Chodil la simpleza le gana a la ostentación, el televisor es un viejo modelo de 21 pulgadas "lo vamos a cambiar cuando cumplan su vida útil", coinciden ambos padres.
Para Carlos, él busca compartir la profundidad de los momentos. No la forma. A modo de ejemplo sostiene que no le atrae Puerto Madryn -más allá de las ballenas- porque vive en una ciudad con costa y un sector de playas similar.
"Si uno piensa en tener confort, terminas dejando las vacaciones en una cabaña y eso se reduce a una semana o un par de días. Lo nuestro pasa por otro lado, por disfrutar de la simpleza de las cosas, de compartir en familia. El resto es marketing o estereotipos a cumplir", comenta Carlos.
Los hijos corriendo y saltando como cabras, en libertad, disfrutando del medio. Eso era lo que más llamaba la atención de los viajeros que cruzaban en el camino.
De esta manera, Río Gallegos, Ushuaia, Puerto Natales, las Torres del Paine fueron paisajes del recorrido de la familia.
En ese andar, Carlos y Analía entendieron que el dinero es perverso cuando se lo utiliza para intereses comunes "En El Hoyo, la gente que habita ese lugar nos contaba que cada vez más comodorenses compran terrenos y construyen sin respetar el medio. Entonces cuando llega el invierno -donde todo se llena de nieve y agua por ser un mallín- comienzan a desbordar los servicios. Todo por edificar sin respetar el ambiente. Además no existe eso de que vas a cambiar la esencia por el solo hecho de cambiar de lugar para vivir. En general uno arrastra las mismas costumbres, como en las Torres del Paine donde un tipo fumaba en un mirador y dejaba la basura por todos lados. El cambio es una cuestión mental, no hay que salir a buscar nada afuera", concluyó Analía.

DOS HISTORIAS QUE SE CRUZARON EN UNA CARRERA
Carlos de pequeño y en su barrio Ceferino, participaba como arquero en el fútbol de salón representando a La Proveeduría, luego su mamá lo llevo al atletismo a través de las carreras de calle que se desarrollaban por la calles de la ciudad en ese entonces.
Con 16 años se hizo amigo de la bicicleta, y con los chicos de su cuadra organizaban las salidas de fin de semana hacia otros barrios como Laprida.
En cambio, Analía venía de una adolescencia donde desafiaba a todo el que se pusiera en frente. Pero sobre los 19, la enfermedad de su madre (diabetes) fue que movilizó a toda su familia a cambiar de hábitos y buscar una mejor calidad de vida.
El cambio lo terminó de digerir cuando era estudiante de Economía en la Universidad local, donde aprendió que la vida se vive en base a elecciones diarias. Donde lo primero que se debe tener en claro es lo que realmente importa para uno. Y ello era un constante equilibrio en el día a día.
Por ello, de los 25 a los 28 años se convirtió en nómade. Y con una mochila al hombro recorrió gran parte de la Argentina y Chile. En esos viajes entendió la valoración de la simpleza de la cosas.
En esos años, Analía compartió con gente que le daba un valor al medio donde viven. Y que hacen de la tierra su medio de vida. Fue allí que comenzó a inclinarse por una conciencia más ambiental, de conservación. Dejando de lado el consumismo que caracteriza a la ciudad que la vio crecer. Donde el que tiene poder adquisitivo tiene la necesidad de ostentar ante propios y extraños sus bienes.
"En ese entonces yo hacía recorridos en bicicleta, siempre en circuitos naturales como el de los 7 lagos, pero sin ningún conocimiento específico del cicloturismo. De hecho, viví en el campo medio año y era mi interés quedarme a vivir en ese lugar, porque era poco sociable, y me costaba estar en 'la onda' de los demás. Pero apareció Carlos (Reyes) y me quedé a echar raíces acá", sostuvo.
Una carrera por el "Aniversario de los Bomberos en Km 8" fue el lugar donde conoció a Carlos, quien se convirtió en compañero ocasional para correr en parejas mixtas.
Analía no lo niega, Carlos le vendió "la pasta de campeón" para sorprenderla, que él contaba con resistencia para poder destacarse en el desafío.
Sin embargo, y a mitad de camino Carlos se acalambro y quedó tirado a mitad de trayecto. Donde tuvo que recibir la asistencia de su compañera para completar la prueba.
"Me llamó la atención como Carlos llegaba exhausto a cada puesto de hidratación, me di cuenta que combinábamos muy bien los dos. Porque él es un experto en la parte técnica y los elementos de la bicicleta (trabaja en una bicicletería) y yo lo era desde la parte del entrenamiento físico", sostuvo Analía.
Con el amor llegaron los hijos, el primero fue Lautaro (6 años) que ya lleva tres viajes por la Patagonia 'tirado' por una de las dos bicicletas que manejan sus padres. Ahora a la familia nómade se sumó Julián (2) que al igual que su hermano tiene su propio "carrito" en el cual contemplar la inmensidad de la Patagonia.


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