Los símbolos y las cosas que pasan

La conmemoración de los 40 años del golpe de estado de 1976, el comienzo de la gran noche que atravesó la Argentina y gran parte del continente, aunque en Chile ya se había dado el puntapié tres años atrás, se produjo en medio de muchos símbolos, entre ellos, nada más y nada menos, la presencia del presidente de Estados Unidos, Barack Obama, de la que tanto se ha hablado, muchas veces con criterio y otras con no tanto.
La presencia del presidente de Estados Unidos en una fecha tan sensible para los argentinos y en la que tanto tuvo que ver su país y su pensamiento político y económico, más allá de las enormes diferencias que en lo personal Obama tiene con algunos de sus predecesores y con los que pueden ser sus sucesores, no es un símbolo o dato que pueda ignorarse o soslayarse.
Nadie está planteando que un presidente de Estados Unidos no deba visitar Argentina, ya que eso siempre será importante, pero el hecho de que se haya producido en jornadas tan sensibles no puede pasar desapercibido, máxime que con todo el poder que ese mandatario y su país tienen para manejar no solo su agenda sino la de todos, bien pudo haber implicado un replanteo de su gira. Salvo que efectivamente no se haya querido porque lo que se buscaba es que la visita se produzca justamente ese día.
La presencia de Obama el 24 de marzo, más allá de su compromiso de abrir los archivos de la inteligencia de Estados Unidos, en momentos en que se está discutiendo ahora en el Senado el acuerdo con los "fondos buitre", no puede dejar de asociarse no solo con el pasado, que algunos pretenden que se entierre y se olvide, pedido tan inútil como nocivo, sino también con el presente y con el futuro, sobre todo si es que al no aprender, los argentinos volvemos a repetir errores del pasado, sean estos inducidos o buscados.
Pero, como lo decía entre otros Don Arturo Jauretche, el problema no son los de afuera sino los "tilingos" de adentro, esos que parecieron llegar casi al paroxismo por no decir al orgasmo con esta presencia, su elegancia, su mujer, sus hijas, sus suegras, los vestidos de todos ellas, o datos tan inútiles como qué les quedó pendiente de hacer en Buenos Aires a la familia presidencial norteamericana, o si a Barack le gustó o no el mate, o si leyó a Cortázar y Borges. Todas cuestiones y datos que pueden ser simpáticos pero cuando vienen o están relacionadas con una estrella de rock, pero no cuando se trata del superpresidente, o mejor dicho del presidente de la superpotencia.
Ni hablar del entusiasmo de muchos con la posibilidad de que "podamos volver viajar a Estados Unidos sin visa, como en las épocas de Menem", hablando en consecuencia positivamente de los famosos 90 y aquellas confesadas vergonzosas relaciones carnales.
Fue casi inmoral, o mejor dicho saquémosle el casi, ver el propio 24 de marzo en casi todos los medios, sobre todo de Buenos Aires, hablar y documentar estos temas menores, sin hacer siquiera una mínima mención o alusión al 24 de marzo, a los 40 años que se estaban conmemorando y en el que por primera vez en mucho tiempo no hubo presencia oficial en los actos.
Es cierto, no puede soslayarse que tanto Obama como Macri el 24 estuvieron en la ex ESMA, donde hasta hay que reconocer, con dolor o prejuicio, que parecía estar más compenetrado en la fecha el presidente visitante con el local, que si bien habló del tema pareció más preocupado en adular a la visita que en remarcar las implicancias de esa fecha y esos años para la Argentina.
Y estos símbolos o datos se mezclaron y se potenciaron con los discursos, nada sutiles y bien insistentes, de los que siguen impulsando la negación del pasado porque es mejor –dicen- "mirar para adelante, sin resentimiento", confundiendo de manera intencional un pedido de justicia y de verdad con rencor, y sin tener en cuenta (o sí) que el presente de hoy y el futuro de mañana alguna vez fue y será pasado, y que es necesario recordar para construir futuro.
Muchos y fuertes símbolos que se contraponen y buscan superponerse con otros como el pañuelo blanco, los lápices y el claro NUNCA MAS que encierra un pedido tan evidente pero que igual, por las dudas, se decidió que siempre se escriba en mayúsculas y en negrita, para que el pasado sea tenido en cuenta para que no sea olvidado pero, y sobre todo, para que no se vuelva a repetir.
La última visita de un presidente norteamericano a la Argentina se produjo en el 2005 y fue la de George Bush hijo, quien estuvo 36 horas en el país para participar en la IV Cumbre de las Américas, en la que pretendía imponer el ALCA con el cual se pensaba someter a todo el comercio, industria y mano de obra de Latinoamérica a las necesidades de Estados Unidos.
Allí en Mar del Plata, tanto en la cumbre como en la contra cumbre, el entonces presidente argentino, Néstor Kirchner, junto con Hugo Chávez de Venezuela y Lula da Silva de Brasil promovieron en cambio del ruinoso acuerdo que impulsaba Estados Unidos, la integración de la región.
Ahora, 11 años después, el mundo y la Argentina parecen ser otros pero, como en realidad no pasó tanto tiempo, cada uno de nosotros tendría que hacer un esfuerzo para pensar qué hubiera pasado si el ALCA pasaba; que está pasando ahora cuando el clima parece ser otro y qué puede pasar si es que se decide, como parece, avanzar en otro sentido. Digo para que después no creamos que las cosas pasan solas y porque sí.
"Ojalá podamos merecer que nos llamen locos, como han sido llamadas locas las Madres de Plaza de Mayo, por cometer la locura de negarnos a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria" (Eduardo Galeano).
Nada, sólo eso.

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