Martín Núñez vive su pasión cerca del cielo

Con 42 años, el profesor de la escuela secundaria agro técnica 725 no deja de trazar horizontes. Y ese ímpetu emprendedor lo contagia a diario en la agrupación Running Team Sarmiento, donde un grupo denominado "las abuelas" pudieron cumplir los 10K de The North Face. "La montaña cada tanto te da un 'sopapo' y eso te ayuda a bajar los humos", sostiene.

Hay gente que muere cada día un poco más. Ya sea en la silla de su trabajo o mirando TV.
Otros hacen de la vida misma un rosario de lamentos, donde los bienes materiales o la poca remuneración de un sueldo docente son temas recurrentes en las escuelas.
Y esta Martín Núñez, profesor de tecnología de la escuela agro técnica 725 de Sarmiento que no deja de trazarse horizontes.
¿Por qué va profe? Es la pregunta recurrente de los alumnos de 5to y 6to año cuando se enteran que el docente Martín Núñez cuenta en sus espaldas las cumbres más importantes del país, incluido el Aconcagua (6.962 msnm). Además del Kilimanjaro en Africa (5.895 msnm) y el Monte Elbrus en Rusia (5642 msnm).
"Por la satisfacción de haberlo concretado", es la respuesta de Núñez, quien con 38 años subió el volcán Lanín en Neuquén (3.747 msnm) para luego no bajarse nunca más. Y el 4 de enero de 2014 estar en el techo de América, el cerro Aconcagua, que marcó un inicio para estar cada día más cerca del cielo.
"Cuando subí el Lanín conocí gente de montaña que me dijo que tenía 'madera' para esto. Entrené y el 4 de enero de 2014 hice cumbre en el Aconcagua, a partir de allí no paré más. Para ese entonces tenía 38 años. Pero ya a los 13 había hecho mi primer ascenso al cerro San Bernardo de mi ciudad", comenta Martín a El Patagónico.
Fue así como Martín pudo empezar a 'visualizar' su cima, otros lo siguieron y lo hacen en el Running Team Sarmiento.

EL EXITO A CUALQUIER PRECIO

Si de cumbres se trata, Martín sabe diferenciar las que son de casa con las internacionales "Las que están en 'casa' (dentro del país) son las que más se disfrutan porque uno habla el mismo idioma, conoce las mismas costumbres, va con toda una logística por detrás y conoce las vías de evacuación en caso de un contratiempo.
En cambio en el Kilimanjaro o el Ebrus ya uno va con gente que no conoce, que no habla la misma lengua y en contingentes de 60 personas. Entonces la experiencia ya no se disfruta de la misma manera. Por eso cuando uno llega a la cumbre, lo que menos estoy es eufórico. Y lo primero que quiero hacer es descender, porque la cumbre en sí misma es estar a mitad de camino. Por ello, quienes te venden otra idea están muy equivocados", reafirma.
En épocas donde el dinero llega a todos los rincones del planeta, Núñez tuvo que hacer fuerza para no perder su eje. En especial cuando se encontró con cuestiones tan comerciales como poder comprar una pizza a los 5200 metros en el Aconcagua (y que se paga en dólares). Alquilar un teléfono con panel solar, o podes subir el Ebrus con teleféricos durante los primeros dos mil metros (pagando en euros). Para que luego un tractor de nieve te suba hasta los 5000 metros y cuando te bajes estar a 1000 metros de la cumbre. "Lo que pasa es que cuando bajas del tractor se te revientan todos los capilares de la cabeza y te desmayas mientras comenzás a caminar. Pero sí es cierto que hay toda una cuestión comercial de llegar a cualquier precio, yo he visto personas que dejan tirados o abandonados a sus compañeros de equipo con tal de llegar. Incluso algunos se mueren", sostiene.

SABER DISCERNIR

¿Cómo se hace para no perder la esencia? Esa es una pregunta que ronda siempre en torno a Martín.
"Es muy fácil, la montaña te saca lo mejor y lo peor de la persona. Y cuando eso sucede solo hay que preguntar que hacías antes de venir a subir. Con eso está bastante definido con qué tipo de persona tratas. Y el entrenamiento más que aeróbico o de gimnasio es de cabeza. Entonces tenés que salir a acampar y desarrollar actividades con mochila para ya ir mentalizándote en lo que se viene. Porque allá arriba no alcanza con el marketing de las ropas de montaña. Luego queda el riesgo de perderse en el éxito. A mí este momento se me está complicando. La gente se acerca a uno y le dice 'groso' porque piensan que uno se levantó un día y decidió ir a conquistar el pico más alto de Rusia, con 17 grados bajo cero, se puso las botas los guantes y salió. Y en realidad hay mucha gente que quiere la cuestión rápida. A mí me cuesta explicar a mi propio entorno que no todo es chiste. Y que hay que respetar las montañas, incluso el San Bernardo que requiere cierta hidratación", expresa.
Y si bien, es Martín quien hace cumbre, y sale en las fotos con la bandera de su ciudad. Sabe que detrás de él esta su esposa y sus dos hijas. Sus amigos y hasta la comunidad de Sarmiento que vendió remeras para recaudar fondos.
"Detrás de mí hay una cantidad enorme de personas que se pusieron mi misma 'mochila' para que esto pueda realizarse. También es cierto que cada ascenso me cuesta un año de trabajo docente. Pero si se quiere se puede. Hay que ponerse el objetivo e ir para adelante. Yo tengo un amigo (Mario Oyola) que me dijo "hay que mentalizarse que las cosas van a llegar". Tal vez no en los caminos que uno tenía trazado. Pero se llega", sentencia.

MITOS Y FRUSTRACIONES

"La cumbre no cambia a nadie. De hecho la montaña cada tanto te da un 'sopapo' y eso te ayuda a bajar los humos. Quien te 'vende' eso miente. Yo antes de subir al Aconcagua tenía ciertas actitudes y luego de bajar me encontré con otro tipo de actitudes. Yo creo que la montaña te da un 'sopapo' tan grande –estés o no estés entrenado- y aunque la pasas bien muchas veces tu vida depende solo de una soga. A mí lamentablemente me toco ir a buscar a dos canadienses que murieron congelados en la pared de los polacos. Habían subido antes que nosotros y tuvieron un accidente y como los encontramos nosotros salimos en los medios. Y mi familia se preocupó. A partir de ahí aprecio lo que es tomar una sopa caliente con la familia", sostiene.
Si de arriesgar la vida se trata, Martín sostiene que todo está en la confianza que su señora y su familia tiene en su persona, que saben que si se encuentra con una pared no se va a tirar. Que de alguna manera esta mínimamente preparado y cuerdo para conservarse. "Es una preocupación mutua, salir sabiendo que ellos se quedan acá. Pero repito. La cumbre es cuando volvés a casa. Esa es la verdadera cumbre. De hecho las grandes frustraciones que tuve en la montaña tuvieron que ver con ser testigo de cómo compañeros de cordada no podían continuar (en el Monte Elbrus con 17 grados bajo cero). O en el Aconcagua encontrar los dos cuerpos congelados y canalizar al día siguiente la bronca para el ataque final a la cumbre. Más acá en mi ciudad, me cuesta sobrellevar barreras que la misma gente se impone. Ya sea desde 'yo no puedo correr porque soy muy gordito', y a pesar de ello a esas personas me las pongo de 'mochila' porque yo empecé de la misma manera. Y esto me 'motoriza' más" recalca.
En la actualidad, Martín Núñez está próximo a cumplir 43 años, y a la hora de alegrías no se refiere a las altas cumbres donde pudo ver como la tierra termina en forma circular desde el Aconcagua, la 'noche blanca' en Siberia desde el Elbrus o cruzar la selva africana para acceder al Kilimanjaro.
Todo lo contrario, su mayor satisfacción reside en las personas que se suman en forma libre y gratuita al "Running Team Sarmiento", donde hace poco las "abuelas" (mujeres de más de 50 años y con problemas de peso) pudieron completar los 10K de la carrera aventura The North Face.
"Hace poco tiempo atrás generamos una escuela de trekking en el municipio para que nietos y abuelos salgan a caminar juntos. Y llegaron a ser 90 personas que conocieron lugares como el bosque petrificado. Pero muchos no participaron porque están sumidas en un entorno de materialismo donde las prioridades pasan por cambiar el vehículo o el último LED o la casa. Para tener absolutamente todo y luego encontrarse a los 40 años con una obesidad que no les permite ni siquiera disfrutar del cuatriciclo, la bicicleta, el kayak o lo que hayan comprado. Lo que yo busco no es material, no es medible y no es cuantificable. Son solo imágenes únicas que te quedan en la cabeza y por las cuales volvería a hacer el esfuerzo. Siempre y cuando la montaña te lo permita. Y uno cuente con la fuerza de voluntad y que no se consigue en los gimnasios", sentenció.

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