Mi postal preferida de Bolivia: La Isla del Sol

Mis paisajes favoritos incluyen subidas y bajadas, no hay paraíso sin eso para mí, parte de mi ser comodorense es lo que marca esa necesidad. Mi llegada a La Paz tuvo esa primera gran emoción encontrar esos desniveles y caos, mezclado con tradiciones y ropas típicas. Sin embargo, su vertiginoso ritmo me resultó abrumador para un viaje de descanso. A tres horas de allí encontré la verdadera paz: Copacabana.
Con una extensa costa bordeando el lago Titicaca, coronado por el imponente cerro El Calvario este municipio está preparado para el turismo, todo tipo de alojamiento y servicios para recorrer los atractivos de la zona rondan las calles principales. Los promotores de cada negocio son de múltiples nacionalidades, viajeros que trabajan a cambio de comida o alojamiento. El principal atractivo que se ofrece es la visita a la Isla del Sol y de la Luna.
Un mozo chileno de un restaurant frente al lago, después de ofrecer el suculento plato de trucha típico en la zona, hizo las recomendaciones más valiosas antes de decidir cómo abordar esa visita. "Pasar una noche ahí es casi obligación, recorrí muchos lugares pero una noche estrellada en la Isla es impagable. Lo ideal es ir solo con bolso de mano para recorrer toda la isla a pie. Para los latinos que quieren compartir momentos con coterráneos lo ideal es pasar la noche en el lado norte, cerca de las ruinas arqueológicas", dijo. Ese mozo debería haber sido guía, fue tal cual lo describió.
Ese paseo tuvo todo, la sorpresa por la hermosa vegetación, la variedad de flores que se extienden en las escalinatas de Yumani, en lo que se denomina el jardín del Inca y las panorámicas que con cada escalón se superaban en belleza. Fueron horas de caminar bajo el sol golpeados por una brisa fresca típica de la altura.
El camino era uno solo y alrededor todo era un lago plateado, al paso, habitantes de la zona ofrecían baño, indicaciones y agua para mitigar el cansancio. Llegar a última hora a las ruinas me preocupó porque hasta el paisano que ofrecía artesanías levantó su paño para irse, pero paseando en silencio por esas construcciones entendí que fue un enorme regalo haber pasado por ahí en pleno silencio con el sol despidiéndose. Bajar al pueblo, en oscuridad toparse con chanchos corriendo por la playa, terneros, caballos y vacas, para un bicho de ciudad fue otra linda postal.
En una casona, pasamos la noche junto a dos amigas, en verdad pasamos la noche tal como había pronosticado el mozo en la playa: cubiertas por un cielo colmado de estrellas compartiendo un vino proveniente de Tarijas. Las cholas que nos vendieron el vino boliviano prometieron no cerrar las puertas del almacén hasta que nos vayamos a dormir y así lo hicieron.
La Isla quedó grabada en mi memoria para siempre por sus propias características y por el impacto que me produjo enfrentarme a semejante belleza cuando el destino lo había planificado solo como– y hoy lo digo con vergüenza – como una excursión más. Si retornara a Bolivia, volvería preparada esta vez para que la sorpresa no me gane y pueda captar cada detalle de ese paisaje.

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