Ni vencedores, ni vencidos

El 16 de setiembre de 1955 se producía en la Argentina el tercer golpe militar de su historia. Por la fuerza de las armas –y las bombas a inocentes en Plaza de Mayo– luego de 9 años dejaba el poder (político, económico y social) el único gobierno del siglo pasado que incorporó a la clase trabajadora a la hora de repartir las ganancias que siempre generó el rico suelo de este país.
También había sido pionero ese gobierno en jerarquizar la industrialización del país y la especialización de mano de obra en diversas ramas. De allí la proliferación de fábricas; la sindicalización y las múltiples conquistas, que no son "derechos adquiridos" –como se pregonó en esta larga campaña–, razón por la cual así como un día llegan, otro puede irse. Depende de la relación de fuerzas que exista en ese momento y de la mediación del Estado, que siempre debería estar del lado de los que menos capacidad de defensa tienen.
Hace 60 años, uno de los cabecillas de aquel golpe y fugaz presidente de la Nación, el general Eduardo Ernesto Lonardi, pronunció una célebre frase que pasó a la historia nacional: "ni vencedores, ni vencidos". Era acertada porque el país venía de una cuasi guerra civil en la que además de la masacre de civiles inocentes se habían quemado iglesias y encarcelado a opositores al gobierno que tenía en su costado autoritario un gran talón de Aquiles. A gran parte de la sociedad no le caía bien en aquellos años aprender a leer obligatoriamente con un texto escolar que exaltaba las virtudes del personalismo; ni guardar luto cuando no se sentía; ni tampoco tener que afiliarse al partido gobernante para acceder a ciertos privilegios.
Pero lo que vino después fue cruelmente peor. Y no hablemos solo del ensañamiento personal para con el cadáver de la más fiel representante de las garantías para los humildes. Durante 17 años hubo fusilamientos al margen de todo proceso judicial; persecuciones a quienes osaran levantar la voz para esgrimir anteriores conquistas; prisión luego de sumarísimos procesos iniciados por autoridades militares y la paulatina pérdida de todo aquello que oliera al gobierno desalojado.
Estos días que han transcurrido entre la elección del 25 de octubre y el balotaje de ayer hicieron que muchos recordaran aquello, no solo por las pintadas infames en organismos de Derechos Humanos sino también por esa especie de rabia que subyace entre quienes utilizan las redes sociales para dar rienda suelta a un peligroso sentimiento que huele a revancha por todos sus poros.
Es saludable que esta vez hayan derrotado al mejor gobierno que tuvo Argentina en los últimos 60 años a través de la voluntad popular expresada en las urnas. Claro que para ello debieron admitir lo que hasta ayer repudiaban, elogiando medidas que ellos jamás hubiesen adoptado por propia voluntad y prometiendo mantener conquistas que se contraponen con el credo liberal.
Como aquella vez, en esta oportunidad también centraron su campaña en cuestionar personalismos y estilos; las formas, bah. Empezaron con las lapiceras Bic, siguieron con los mocasines y las carteras y terminaron con las cadenas nacionales. Con el respaldo de grupos mediáticos poderosos que tienen repetidoras a lo largo y ancho del país, finalmente obtuvieron lo que buscaban desde 2007, para no seguir perdiendo privilegios.
Algunas maniobras no les salieron porque eran frágiles de base, como la muerte del fiscal de rumbosa vida, pero en los últimos meses pudieron imponer lo económico como prioritario, haciendo creer en los grandes centros urbanos que abrir las importaciones y liberar el valor del dólar hará la felicidad del pueblo argentino.
Como en el siglo pasado, acentuaron las divisiones luciendo una ingenuidad que no es tal y que quedó expuesta en los últimos días, a partir de cierta soberbia presente en frases como la de que los fotógrafos se pelearán por la foto del traspaso de mando; o que el Papa "solo mueve 10 votos".
Como en el siglo pasado, cuentan con el respaldo de otros poderes que súbitamente salen del letargo para dictar procesamientos e imputaciones y ordenar allanamientos a lugares donde hasta no hace mucho jamás se hubieran atrevido. Es que llegó la hora de hacer méritos y –se sabe– hay muchos cargos públicos para cubrir y poca gente preparada para ello.
Como en el siglo pasado, repitieron hasta el hartazgo que el Banco Central se había quedado sin reservas y que ellos son los únicos que poseen las recetas para que "cada día se pueda vivir un poco mejor", para lo cual hasta están dispuestos de dejar de tomarse largas vacaciones en Europa o ir a esquiar a Aspen.
No habrá inflación; la nafta en la Patagonia sur costará la mitad y por ahora se mantendrá el precio interno del petróleo. A juzgar por los resultados en esta provincia, mucho no les creyeron. Pero sí en las grandes metrópolis, que vuelven a imponer su voluntad (democráticamente esta vez) para que no vuelvan los "caudillos" que tanto mal le hicieron la Patria que ojalá esta vez sea para todos y no solo para los "superciudadanos" que –nadie a esta altura duda– existen en Argentina.
Hace cinco años, Chile dio un giro ideológico y dejó el socialismo para probar con la derecha representada por Sebastián Piñera Echenique. Su gobierno no conculcó conquistas, como muchos temían, porque tuvo a los jóvenes permanentemente en las calles exigiendo gratuidad en la enseñanza universitaria. Y el país vecino creció en esos cuatro años, al menos en la macroeconomía. Claro que ésta no siempre refleja la cotidianeidad de sus habitantes que, en definitiva, son la Patria.

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