"Picota" y la banda de niños ladrones

Alberto Del Carmen Cárcamo, alias "Picota" será recordado como una leyenda del hampa en Comodoro Rivadavia. Aunque nunca cometió hechos de sangre, siempre fue un dolor de cabeza para la policía y hasta se convirtió en mito popular por el reparto de sus botines entre los más humildes. Fue detenido por primera vez a los 10 años, por un hurto y protagonizó su primer atraco en las vísperas de Nochebuena del 24 de diciembre de 1961 cuando tenía 14. En 1962 cometió un robo junto a su banda en la armería "Gorchs". Se llevaron revólveres y cajas de municiones. Lo creían muerto o que habría sido deportado a su Chile natal, pero hace unos años un historiador lo encontró vivo en Coyhaique. Letra Roja vuelve después de 50 años a la cueva del "Picota" donde un policía al que los integrantes de la patota apodaron "el oficial gusano" se arrastró una noche entre las rocas y los sorprendió en plena guarida disfrutando del botín de un robo y con los caballos escondidos.

Alberto del Carmen Cárcamo, nació el 5 de febrero de 1946 en Valle Simpson, un paraje rural chileno ubicado cerca de Coyhaique. Sus padres fueron Pedro Vicente Cárcamo y Ana Marimán. Junto a ellos y a sus tres hermanos llegó a la Argentina en 1953 cuando tenía siete años. Primero vivieron en el barrio José Fuchs y en 1960 se afincaron en Viamonte 130, domicilio en el que vivían otras familias chilenas.
"Picota", de carácter incisivo, conoció la comisaría temprano en su vida. Fue a los diez años cuando quedó demorado por un hurto.
La delincuencia juvenil y el trabajo infantil a fines de los 50 y durante los 60 eran moneda corriente en los barrios periféricos de esta ciudad. Los delitos de menores convivían con la prostitución y el juego clandestino. Esas eran las principales amenazas para la policía.
Muchos niños eran abandonados y recaían en la Casa del Niño. Otros a sus diez años solían ganarse la vida de madrugada vendiendo diarios. "Picota" incluso se lo había dejado en claro al policía que ese día del hurto le confeccionó su prontuario, el 2330 de la Sección Robos y Hurtos. Desde su metro cincuenta y seis, nariz ancha, cejas abultadas y con diez primaveras encima se mofó de que era "canillita".
Otros de su banda, también identificados en aquel primer encuentro de cerca con la Justicia dijeron que se ganaban la vida como "lustrabotas". O incluso "Mino", uno de sus laderos, con quien más tarde daría un recordado golpe a una armería céntrica, le contó al escribiente que desde los 12 años trabajaba en un taller de elásticos de la calle Saavedra.
"Picota fue un personaje muy particular para la delincuencia juvenil de la época", recuerda un comisario retirado a Letra Roja. Es que era líder, organizaba la banda y repartía los botines entre los integrantes. Incluso le daba alimentos robados a las familias más humildes de su círculo.
Tenía una maña, sabía cómo entrar a las viviendas o los comercios por los techos. Los levantaba y se llevaba lo que quería. Lo hacía siempre y cuando no hubiese moradores. El botín se repartía y cuando se podía se llevaba también al barrio, ya sea azúcar, harina o uno que otro elemento de los robos.
Así construyó su mito, su leyenda se fue erigiendo con el paso de los años, parangonando a una especie de Robin Hood. Si la policía estaba cerca, el botín "se aguantaba" en las cuevas que tenían en lo alto de Kilómetro 3.
Al galope de caballo ajeno era difícil de atraparlo cuando escapaba por la ladera del Chenque. "Se creía que estaba en el Far West", recuerda un oficial de la Seccional Segunda que cuando intentaba salir a correrlo, "Picota" ya lo aventajaba.
"Era como un Butch Cassidy en Comodoro", rememora el oficial que descubrió sus cuevas en medio de los cerros.
"Picota" robaba los caballos en los hornos de ladrillos cercanos al barrio "La Rural". "Los cansaba y los mataba a tiros, después los prendía fuego. Era maldito con los animales", cuenta un policía que prefiere resguardar su nombre.
No se pueden comparar aquellas andanzas de la banda de niños ladrones con la violencia inusitada de la delincuencia actual. Eso está claro. Pero el prontuario de Cárcamo es un termómetro para ver qué hay de cierto de su leyenda y su mito popular.
En su legajo figuran cinco causas: dos de robos y tres de hurto. Hay delitos que cometió por los que no se hicieron preventivos porque no había denunciantes o eran delitos menores, aclaran los escribientes de la época.
El 7 de diciembre de 1956 el jefe inspector de Comodoro Rivadavia Bernardo Cores, le hacía saber al juez nacional de primera instancia que Alberto Cárcamo, Damián Cárcamo y Carlos Alberto Poblete –integrantes de la Banda de Picota- habían sido entregados a sus padres por haberlo dispuesto así el defensor de Menores de ese Juzgado.
El único que había quedado demorado en la Seccional Segunda era Juan de Dios Brizuela.
En esta Navidad se cumplieron 55 años del primer robo a mano armada de "Picota". Fue el 24 de diciembre de 1961 cuando el joven de la cicatriz la mejilla izquierda ya tenía 14 años. Los escribientes Robinson Martínez y José Robles informaron al juez y al jefe de policía que Nolasco Segundo Llancamán denunció que a las 11 cuando se encontraba en su domicilio del barrio José Fuchs, "Picota" lo intimidó con un cuchillo y otro joven con un revólver para finalmente sustraerle 5.000 pesos del pantalón y escapar.
El 7 de febrero de 1961 a través del oficio 146, el comisario Umberto Señoriño y el escribiente Ramón Reynoso informaron sobre el sumario instruido en la Seccional Tercera a "Picota" y otros menores por el robo a Llancaman. Y en ese momento además de informar que la banda quedó a disposición de la Justicia, pidieron antecedentes tanto de "Picota" como de José Damián Cárcamo Mansilla, Aladín Retamales Alvarado, Juan Alfonso Vargas Vargas, y Mario Aguilar Vargas, alias "El Bizco".
El 30 de marzo de 1961, "Picota" fue detenido nuevamente en la Seccional Tercera. Esta vez por un hurto y el 1 de abril fue entregado a sus padres. Mientras que el 25 de setiembre de ese año volvió a protagonizar un hurto en General Mosconi, contra el ciudadano Juan José Fabbri.
Ese día según el informe preliminar de la policía a las 20:30, detuvieron a Leonardo Cardozo, alias "El Negro"; a "Picota"; a Raúl De La Torre; a Alejandro Quiroga, alias "Bocona" y a José Rogel, alias "El Chueco".
A "El Negro" ese día le secuestraron una pistola TALA calibre 22 con proyectiles. Y al resto de la banda le incautaron varias cuerdas robadas en una finca vecina. Con esas cuerdas robaban los caballos. "Picota" siempre era entregado a su progenitor. El documento que solo presentaba cada vez que caía detenido era la libreta de casamiento de sus padres.
Pero el más grave de todos los hechos que cometió fue el del 6 de julio de 1962 cuando junto a Belarmino Barrientos, alias "Mino", robaron en la armería "Gorchs", ubicada en 9 de Julio y San Martín. Ese día "Mino" se resistió a la detención y lesionó a un policía federal. "Picota" tenía 16 años y su cómplice 17.
Según figura en el preventivo de la época que confeccionaron el comisario Juan Boyd y el escribiente Celestino Gallego, a las 19:40 de ese día, los ladrones se llevaron dos revólveres calibre 22 y tres cajas de municiones del mismo calibre.
En el procedimiento fue lesionado el oficial de policía Francisco Alvarez, "en razón de la resistencia opuesta", informó el escribiente. Entre los secuestros había un sombrero de color negro, un pañuelo de mano, y una media de hombre. Como otras veces, "Picota" fue entregado a sus padres una vez indagado y a Barrientos se le confirmó luego la detención.
La banda
La banda de niños ladrones, era amplia, y siempre cambiaba según el delito a cometer. "Mino" era uno de los más pesados. Nació el 24 de julio de 1945 en Puerto Montt, Chile. Tenía una cicatriz en el mentón. En su conducta y aspecto, la policía subrayó y dibujó la palabra bien grande, con garabatos: "Malo".
Según consta en el prontuario de este personaje, además del robo a la armería "Gorchs", el 31 de agosto de 1964, el comisario Obdulio Coronel informaba a la autoridades policiales que a las 1:45, José Belarmino "Mino" Barrientos, Juan Bautista Soto, José German Gómez, Gabriel Vogel y José del Carmen Medina redujeron al agente Carlos Tissera en la Seccional Primera a quien lesionaron en el rostro y rompieron el vidrio de acceso de una puerta al pabellón de encausados, ubicado en el primer piso de la comisaría. Todos escaparon de prisión, pero la libertad les duró muy poco. A las 2:25, cuarenta minutos más tarde, todos fueron detenidos nuevamente.
El 18 de julio 1968, Barrientos fue condenado a siete años de prisión por robos reiterados en concurso real con evasión, hurto y violación de domicilio. Un año más tarde lo detuvieron por lesiones y robo en Misiones y Alem, cuando junto a un cómplice abordaron a Oscar Andrade y le robaron una cadenita de oro de unos 62 centímetros. El otro delincuente escapó con un reloj de la víctima y 40 mil pesos nacionales.
En enero de 1972, mientras gozaba de permisos para salir de la unidad carcelaria, Barrientos fue sorprendido en el interior de los talleres de "Jordán Cruz" con una barreta de hierro. Dos meses más tarde fue trasladado a la Unidad 6 de Rawson y recuperó la libertad bajo caución real en octubre de 1972. Con el nuevo sistema penal de Chubut en 2006, no le figuraron antecedentes y así pudo acceder a una suspensión de juicio a prueba en 2008.
Otro que peleaba el liderazgo de la banda con "Picota" era Mario Aguilar, alias "El Bizco". Los policías de la época lo recuerdan como "muy ladino" y capaz de hacer lo que quería. Era el único que le hacía sombra a Cárcamo. Costaba mucho poder atraparlo tras los robos.
El resto de la banda estaba conformada por los apodados "El Negro", "El Chilote", "El Chueco", y un vecino del inquilinato Damián Cárcamo, alias "Gorila".
También "Picota" había sumado mujeres a su banda. Las muchachitas fueron sorprendidas una noche en las cuevas de Kilómetro 3.
El "oficial gusano" como llamaban a uno de los oficiales más capaces de aquella época, una noche descubrió, de una vez por todas, la guarida del "Picota". Llegó junto al chofer de la Seccional Primera y encontró a los caballos descansando entre paredes de rocas sedimentarias. Caminó por el borde del acantilado, entre espinillas y las matas. Hasta que llegó a la boca de la cueva.
El oficial se arrastró por debajo de las piedras para sorprender en el interior a "Picota" y su banda y también para ganarse el apodo de "oficial gusano" de los niños ladrones. Adentro en la guarida había decenas de objetos robados y algunos elementos que eran guardados como "trofeos" de las redadas.
El oficial los ató uno por uno a los seis menores que estaban adentro de la cueva y los subió al patrullero. El comisario de la Seccional Primera que esperaba a que todos los policías ingresaran al turno, observó cómo uno a uno entraban ataditos de las manos con las riendas de los caballos los integrantes de la banda del "Picota".
Con "Picota" convivían en la delincuencia local, y a mayor escala, los "busca" los "cafillos" y "fiolos" de la época. Esos eran más peligrosos y llegaban desde Buenos Aires.
Pero el robo en viviendas y comercios era un dolor de cabeza para la policía. En uno de los pedidos de detención de la época, la Seccional Segunda solicitaba la individualización de un niño de "11 o 12 años que había ingresado a "Casa Herrada" llevándose 180 pesos.
Mientras, en noviembre de 1955, el comisario Francisco Bravo solicitaba la detención e individualización de "un menor de 9 o 10 años" que junto a otros dos integrantes de la banda del "Picota" "había entrado a la casa del doctor Pedro Ciarlotti en Rivadavia 544".
Un oficial recuerda ante Letra Roja, cuando una niña de unos 12 años se cayó de una bicicleta en Rivadavia y Viamonte. Cuando la hospitalizaron, una de las enfermeras le preguntó al oficial si se había dado cuenta del anillo de platino que tenía la menor de edad.
Cuando la policía se lo sacó, observaron que había una fecha de casamiento. El anillo resultó ser de una pareja de norteamericanos que vivía en un tráiler de la Alem en el que habían robado.
"La niña, blanca de piel y muy bonita", como la describió el policía, vivía solo con su abuela octogenaria que se encontraba prácticamente postrada. Con la colaboración de la Defensora de Menores la niña le contó a la policía cómo había ingresado a una vivienda de la calle Saavedra en la que había robado a un matrimonio de Caleta Olivia.
Cuando allanaron la casa de la abuela, encontraron entre las paredes el botín de los robos escondido. Hasta la abuela lucía joyas robadas, lo que muestra el grado de delincuencia juvenil que había en la época. Muchos padres abandonaban a los niños a su suerte.
Algunos policías de la época creían ya a "Picota" muerto o que había sido deportado a Chile. Es que la banda se desarmó cuando otros jóvenes fueron llevados a algunos reformatorios del norte del país.
En realidad a "Picota" su padre se lo llevó otra vez a Coyhaique, pese a que en el imaginario popular se consolidara la historia de su deportación. En las crónicas de la época se publicó que estaba decidida su deportación y que fueron dos agentes los encargados de llevarlo a la frontera donde se lo entregaron a los carabineros.
El historiador Ernesto Maggiori, en su libro "Resistencia Social y Casos de Bandidaje en la Patagonia", describe la investigación que realizó en 2008 detrás de los pasos de "Picota", con la ayuda de la escritora Sandra Bórquez.
Maggiori pudo confirmar que estaba vivo y que residía en Coyhaique. "Costó dar con él, porque apenas había indicios de que se trataría de la misma persona", sostuvo Maggiori.
"Quien más contó sobre el 'bandido' fue su misma hermana, Luz María Cárcamo. No fue fácil abordar el tema con ella, tal vez porque cuesta comprender que hoy en día la historia de su hermano tiene más de mito popular y de personaje anecdótico que relación con la 'delincuencia pesada'", escribió Maggiori.
La cueva
Después de 50 años, Letra Roja volvió a las cuevas del "Picota" con el "oficial gusano" como apodó la banda al policía que los atrapó. Hasta ahora nadie que había escrito sobre las andanzas del "Picota" sabía bien de sus guaridas, se hablaba de las laderas del Chenque, o camino a la cabelleriza de Kilómetro 3 o de la "Aguada Matías".
El "oficial gusano" se acordaba media década después de cada uno de los pasos que dio esa noche del descubrimiento de la cueva. Bajó por la ladera del cerro, serpenteó una serie de sedimentos erosionados en los alguno escribió bien grande con letras blancas "Libertad" y señaló dónde "Picota" esa noche había guardado los caballos.
Entre paredes de roca sedimentaria, y bajo una vista privilegiada. A 212 metros sobre el nivel del mar y a dos kilómetros y medio del barrio Pietrobelli, Cárcamo y su banda disfrutaban de los botines en las cuevas. Risas y fogata.
Estaban tan confiados que no pensaban en que aquella madrugada de 1961 un policía los sorprendería. Y que no caería en las trampas que colocaban para los intrusos. Hoy una margarita pintada sobre la roca mayor del lugar apunta hacia el sol. La guarida del "Picota" ha cedido con la erosión de medio siglo, pero la leyenda continúa pasando de generación en generación: esa que cuenta que una banda de niños ladrones le dio un buen dolor de cabeza a la policía de la época.

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