Río 2016: la mejor actuación argentina en siete décadas, un crédito para el futuro

Las medallas doradas de Paula Pareto, la pareja Sebastián Lange-Cecilia Carranza Saroli y el hóckey masculino, más la epopeya plateada de Juan Martín Del Potro, no deben hacer olvidar lo mucho que todavía debe hacerse en la materia, no sólo para la próxima cita de Tokio 2020, sino para que el deporte sea una auténtica política de Estado.

Argentina cumplió en Río de Janeiro 2016 la mejor actuación en Juegos Olímpicos desde Londres 1948, pero las medallas doradas de Paula Pareto, la pareja Sebastián Lange-Cecilia Carranza Saroli y el hóckey masculino, más la epopeya plateada de Juan Martín Del Potro, no deben hacer olvidar lo mucho que todavía debe hacerse en la materia, no sólo para la próxima cita de Tokio 2020, sino para que el deporte sea una auténtica política de Estado.
La más grande fiesta del deporte de la antigüedad y de la era moderna, realizada por primera vez en Sudamérica y a la que Rusia concurrió con una delegación limitada por un escándalo de dóping, fue también el escenario de las descomunales exhibiciones de "monstruos" como Michael Phelps y Usain Bolt, la primera medalla dorada de Brasil en fútbol con Neymar a la cabeza, los gigantes del básquetbol NBA de Estados Unidos y la maravillosa calidez de los brasileños, exportadas al mundo a través de las espectaculares ceremonias de inauguración y clausura.
Pareto en judo hasta 48 kilogramos, los velistas Lange y Carranza Saroli en la clase Nacra 17 mixto, el hóckey sobre césped masculino de la mano del "Chapa" Retegui y el tandilense Del Potro con su épica final ante Andy Murray, fueron los nombres ilustres de una delegación récord de 216 deportistas, que participó en 93 competencias y se ubicó 27ª en el medallero final de la XXXI edición de los Juegos Olímpicos modernos.
Para Del Potro también significó su reconciliación con el público argentino a partir de su memorable triunfo ante Novak Djokovic, su no menos valiosa victoria sobre Rafael Nadal y la dramática final con Murray, punto de partida de un idilio que continuó con la conquista de la Copa Davis y el Olimpia de Oro que lo consagró como el deportista argentino del año.
Además, el deporte argentino sumó 11 diplomas (para los ubicados entre el cuarto y el octavo lugar), superando los 10 logrados hace cuatro años en Londres y por debajo de los 15 obtenidos en Helsinki 1952, cuando se premiaba hasta el sexto lugar, época en la que competían menos países y por consiguiente menos atletas.
La luchadora Patricia Bermúdez (hasta 49 kilos) y los boxeadores Alberto Melián (56) y Yamil Peralta (91) fueron quintos, en tanto el seleccionado de vóleibol masculino y el rugby seven terminaron quinto y sexto, respectivamente, pero bien pudieron haberse colgado una medalla en el pecho.
Las Leonas, ya sin su jugadora emblema, Luciana Aymar, terminaron séptimas, lo mismo que los hijos de Lange, Yago y Klaus, en vela clase 49er., mientras que la tiradora Melisa Gil (skeet femenino), el golfista Emiliano Grillo, el jinete Matías Albarracín en salto individual y el seleccionado de básquetbol ocuparon la octava posición. También fue muy meritorio lo del juvenil Braian Toledo, décimo en la final de lanzamiento de jabalina.
Otro diploma, que no cuenta en las estadísticas pero sí en el corazón de cualquiera que ame el deporte, se lo llevaron los miles de argentinos que concurrieron a Río a alentar a sus compatriotas, grandes en el triunfo y enormes en la derrota.
La despedida a Emanuel Ginóbili y Andrés Nocioni, puntales de la "Generación Dorada", tras la derrota ante Estados Unidos y a Juan Martín Del Potro en su caída en la final con el escocés Andy Murray, humedeció los ojos del más duro de los mortales y mereció un bloque especial del canal Rede Globo, impactante por lo mágico del momento.
La actuación argentina, mejorando varios puestos en el medallero tras el puesto 38 en Atenas 2004, el 35 en Beijing 2008 y el 42 en Londres 2012, por citar a los Juegos más recientes, es consecuencia de la creación del Ente Nacional de Alto Rendimiento en 2009 en el caso de Pareto y en el de los chicos del hóckey, pero no hay que olvidar que Del Potro está en la elite del tenis y la dupla Lange-Carranza tuvo los recursos para instalarse todo el año en Río y practicar en la bahía de Guanabara.
En cuanto a las expectativas no cumplidas, el ranking lo lideró por lejos el improvisado seleccionado Sub 23 de fútbol, que no pasó la primera ronda, y en una escala mucho menor se ubicaron Germán Lauro (lanzamiento de bala) y el nadador Federico Grabich (100 metros libres).
El desafío ahora es sostener lo conseguido y mejorarlo con los aportes de la secretaría de Deporte de la Nación, el Enard y lo que pueda sumar el sector privado, porque los Juegos de la Juventud Buenos Aires 2018 están a la vuelta de la esquina, lo mismo que la planificación para Tokio 2020.

FALLO LA ORGANIZACION DE LOS JUEGOS OLIMPICOS

En lo general, los Juegos Olímpicos de Río 2016 tuvieron una deficitaria organización que dejó como interrogante la conveniencia de organizar un evento de tamaña magnitud en una sola ciudad, algo que ronda por la mente de varios integrantes del Comité Olímpico Internacional (COI), entre ellos el titular del Comité Olímpico Argentino (COA) Gerardo Werthein.
Río sufrió el cuestionamiento de la prensa internacional, especialmente la europea, desde que se le otorgó la sede en 2009, en Copenhague, postergando a Madrid. Se habló mucho del zika, del dengue y de la inseguridad, pero la realidad es que lo que falló fue la organización.
El suizo Christophe Dubi, director general del COI, sentenció que "desde el punto de vista organizativo, los Juegos funcionaron". Le faltó decir "gracias a la predisposición de los 50.000 voluntarios y la calidez de millones de cariocas".
Cuando se opina sobre un Juego Olímpico, la referencia inevitable es el Mundial de fútbol, lo único que lo supera en importancia, y la comparación dice mucho. Un Mundial alberga a 32 delegaciones en un país y se extiende por un mes, una olimpiada a más de 200 en una ciudad y en tres semanas.
Se podrá argumentar que hay ciudades en condiciones de hacerlo, como Tokio, pero son pocos las ejemplos y el riesgo es caer en la repetición, algo contrario al espíritu olímpico. Río recibió a más de 10.000 atletas, miles de miembros de delegaciones y periodistas, y más de 500.000 turistas. La consecuencia fue un caos de tránsito y una gran pérdida de tiempo para ir de una sede (Barra de Tijuca, Deodoro, Maracaná y Copacabana) a otra y también para ingresar a un estadio.
Para colmo, por razones de seguridad, se desplegó una fuerza de 90.000 efectivos entre policía y Ejército que convirtieron a Río de Janeiro en una ciudad militarizada, lo que se sumó a la complicada situación política interna y a la impopularidad del entonces presidente interino, Michel Temer. No de casualidad a la ceremonia de apertura sólo asistieron 18 Jefes de Estado, lejísimos de los 110 que concurrieron en 2012 a Londres.
La respuesta del público tampoco fue la esperada, salvo en los deportes en los que participaron los locales, en especial las finales de fútbol masculino y de vóleibol masculino. Y una gran paradoja, mientras que el corredor que va de Copacabana a Barra de Tijuca, pasando por Ipanema, Leblon y Sao Corrado, estuvo inundado de propaganda de los Juegos, en las favelas casi no hubo alusiones a los mismos.
Quizás porque la dura cotidianidad no da para festejos. Quizás porque Río no es el "mejor lugar del mundo", como sentenció el titular del Comité Olímpico Brasileño (COB), Carlos Nuzman, el día que empezaron los Juegos. Quizás porque la "cidade maravilhosa" no lo es para todos.

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