Rumbo al Policarpo, un viaje de amores perdidos y coraje

En enero de 1971, Juan Carlos Rosello ponía en marcha una hazaña que había sido planificada con su esposa, a quien una enfermedad terminal le truncó el sueño. El grupo se completaba con Raúl Ruiz, Juan Pastorino y Ricardo Daniel en un trayecto que duro 18 días, y donde se puso a prueba la templanza y el coraje de quienes fueron miembros fundadores del Club de Buceo Neptuno.

por Angel Romero
a.romero@elpatagonico.net
Sueños, coraje, arrojo y una amistad que se puso a prueba en el territorio más inhóspito de la Argentina marcó la travesía "Rumbo al Policarpo" que cuatro jóvenes concretaron en enero del 71 en una travesía a caballo y que quedó plasmado en un libro.
Entre los miembros, cada uno contaba con cualidades distintas que sumaron voluntades para que la hazaña se concretara.
El grupo de expedicionarios era integrado por Juan Pastorino, quien podría haber sido "jefe de cuatreros" porque su presencia imponía respeto y seguridad, además de su simpleza y practicidad para resolver situaciones.
En tanto que Ricardo Daniels venía de sangre anglosajona y capacidad de adaptación al medio, lo que le hizo no irse más de la Patagonia cuando conoció la región porque fue su destino a cumplir durante el servicio militar obligatorio.
Por su parte Raúl Ruiz, el más joven de la expedición, venía curtido en la vida porque con 19 años había perdido a su padre en un accidente automovilístico y como hermano mayor debía hacerse cargo de la empresa familiar de productos químicos de limpieza.
A la cabeza del grupo figuraba el socio fundador número 1 del Club de Buceo Neptuno, Juan Carlos Rosello, quien había planificado durante años la empresa con su esposa húngara. Pero con 31 años la mujer era vencida por una enfermedad terminal y lo dejaba a inmerso en una tristeza total.
De esta manera, Rosello en compañía de Pastorino, Daniels y Ruiz le daban forma a una de las epopeyas por vía terrestre nunca antes concretada: llegar hasta el último espacio de tierra firme en el extremo sur de la Patagonia.
"Zsuzsi Leno tenía 31 años cuando falleció, y fue un golpe muy grande para Juan Carlos (Rosello) porque era una mujer increíblemente deportista y le gustaba andar con la mochila al hombro. Lamentablemente le agarró una enfermedad con la que luchó 9 años. Donde a pesar de ello no dejó de planificar la aventura con su marido. 'Yo empecé a construir un galpón que sabía que en cualquier momento se podía derrumbar', nos dijo Juan cuando eso sucedió", recordó Raúl Ruiz socio número 2 de la entidad deportiva de la villa balnearia.
Richard tiene una estancia en Tierra del Fuego, y como Juan Carlos junto a la que fue su primera esposa eran amantes del sur (se casaron en la Patagonia) ya tenían en vista este viaje. De hecho en marzo del 63 habían viajado hasta Ushuaia para explorar la zona.
"Para poner en marcha esta travesía teníamos que atender cada uno nuestras cuestiones particulares, pero por suerte todo se dio y arrancamos con un empresa que duró aproximadamente un mes, porque como yo nunca había andado a caballo nos fuimos a instalar once días a la estancia 'Las Hijas' de Richard para adiestrarnos en los quehaceres de los peones y el manejo de los equinos", sostiene Ruiz.

EN BUSQUEDA DE UNA
AVENTURA FUEGUINA
Luego de once días de adiestramiento en cuestiones de campo, Juan Carlos Rosello, Juan Pastorino (ambos de 36 años) y Raúl Ruiz (el más joven con 23 años) salieron con los caballos y los cargueros (dos animales de carga por cada integrante). Richard se uniría más tarde tratando de acortar distancias a puro galope desde el casco de estancia para encontrar a los expedicionarios.
"En el recorrido aprendí sobre la marcha sobre el tema de los caballos, en especial que con el andar el animal se hincha cuando toma aire. Y al estar mal cinchado al poco de andar quedé atado debajo del trabajo", comentó Ruiz sobre el inicio de la travesía.
Un rifle calibre 22 y una pistola calibre 45 con 21 tiros formaba parte de los elementos para asegurar la subsistencia durante el trayecto. Además de equipos de pesca y buceo para buscar en las profundidades del Estrecho de Magallanes.
Arroz, fideos, azúcar, yerba, sal y pan eran parte de conjunto de víveres que buscaba cubrir las necesidades básicas de supervivencia. Luego la naturaleza en un territorio casi virgen sería el proveedor.

EN TIERRAS MOVEDIZAS
Llegando al 21 de enero, y sobre las cuatro y media de la madrugada, los expedicionarios les tocó la parte más difícil del recorrido: superar los baguales que son los primeros síntomas que la meta principal comenzaba a estar más cerca.
En ese tramo hubo que alivianar la carga. Así quedaron a mitad de camino dos trajes de neopreno, los cinturones de plomo, la carpa (lo que implicaba dormir a la intemperie), útiles culinarios y los víveres secos. Dejando solo en restos de carne carneada durante la caza y el mate como nutrientes esenciales.
A las 8:45 los tres aventureros sorteaban el río Yrigoyen en su desembocadura al mar para ubicarse en la zona del Cabo Malangüena. En río Bueno, Richard hizo honor de sus manejo como jinete y se unió al grupo.
Fue el 23 de enero, y luego de matear con tortas fritas viejas y con moho, que se llegó a Policarpo donde el mascarón de proa de "La Duquesa de Albania" (naufragada sobre 13 de julio de 1893) que anunciaba que habían llegado al fin de su recorrido.
Hasta ese momento, solo se podía llegar al Policarpo a través de alguna avioneta o por medio de una embarcación.
Los cuatro expedicionarios hicieron noche en esa zona, sobre una de los viejos refugios (donde se evidenciaba algún desembarco alemán de época de la 2ª Guerra Mundial) los protagonistas dejaron escrito el nombre del Club de Buceo Neptuno y una inscripción que reafirmaba una empresa que empezó con una pérdida irreparable para Juan Carlos Rosello, pero que pudo ser concretada gracias al culto de amistad y aventura que constituyeron junto a otros tres amigos cuando dieron forma a la entidad de la villa balnearia.
Luego de la travesía, la zona cobraría valor histórico y se organizaron salidas a ese lugar desde vehículos doble tracción y todos los elementos que trajo la modernidad.
Con ello se hicieron caminos, y de esta manera lo que encontraron en el 71 los buzos casi nada queda en pie, porque el lugar fue presa de la depredación de quienes llegaban para quedarse con un recuerdo de la fragata y los alrededores.
Algunos elementos de esa expedición están custodiados en el Museo de Ushuaia, mientras el espíritu de aventura se mantiene intacto en quienes por primera vez dieron lugar a su locura y romanticismo.

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