Soldado de la paz

A la hora que nacen los horarios,
las bocinas roncas de los automóviles
se mezclan con el “buenos días”
de los transeúntes.
Y el enorme caracol de los niños
en la esquina de esa escuela,
esperan silenciosos la señal para cruzar.
Entre ventanas cerradas y pájaros
de errante vuelo,
fuiste a estrellarte contra la
envolvente nebulosa del destino.
Las sombras al acecho,
los suicidas o los trepadores inconscientes
te dejaron allí.
Allí, donde el reloj de cada mañana,
se resiste a continuar marchando.
Está estático, mudo.
Son las ¡¡siete cuarenta!!
La sangre de tu pecho cayó sobre
el asfalto entre un desesperado impulso,
hacia la muerte o a la victoria.
Y en nosotros…
Entre los hombres y mujeres
que fuimos tus compañeros, tus amigos,
estalló la impotencia.
Y la expresión de los rostros pintaba
una fábula incoherente de actores aficionados.
Y te lloramos como a un combatiente,
como al mejor soldado que se nos va.
Porque en cumplimiento de tu deber,
se truncaron en cenizas tus ilusiones.
Ahora...
estarás al borde de algún camino
significando la resurrección.
Y sobre tu pecho habrá
siete soles y cuarenta estrellas
condecorando tu valor.

Alun Llufon Jones

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