Sus experiencias de vida ayudan a otros jóvenes a superar el infierno de las drogas

Gabriel Coria es oriundo de Buenos Aires, tiene 33 años y hace más de cuatro años asiste a la Comunidad Cenacolo para superar su adicción a las drogas. Desde el jueves participa en las actividades que se llevan a cabo en diferentes espacios sociales de esta ciudad brindando su testimonio de vida. "Pasé 15 años consumiendo cocaína y la comunidad me ayudó a salir del pozo en el que me encontraba", relató.

Gabriel Coria llegó hace tres años a la Comunidad Cenacolo después de pasar más de 14 años consumiendo cocaína diariamente. En el medio pasó por diferentes centros de rehabilitación, psicólogos y psiquiatras pero ninguno lo ayudó a recuperarse.
"A mí particularmente no me sirvió, quizás porque no había tocado fondo o a veces iba para calmar a mi familia. No iba para mejorar sino que lo hacía para que la gente se quede tranquila", manifestó Gabriel a El Patagónico.
Su vida estaba marcada por saber si tenía cocaína para luego separarla en dosis diarias mientras acompañaba todo ese proceso con alcohol. "Necesitaba el alcohol hasta para levantarme", recordó.
Cuando la droga se terminaba, comenzaba la rutina de robos y mentiras. Su familia fue su víctima favorita ya que "es quien más vulnerable se encuentra cuando hay una persona adicta".
Un día sus padres se cansaron de su accionar y le pidieron que se fuera de su casa. "Tenía 27 años y se cansaron de mis mentiras, de que le robe, de que le esconda cosas, y me dijeron que me vaya", reveló Gabriel.
"Ahí conocí la calle pero la calle de verdad. Vivía, comía, dormía en la calle. Ahí también me di cuenta que estaba solo porque mis supuestos amigos no estaban. A mi familia y la gente buena que tenía a mi alrededor ya los había cansado. No había nadie y fue peor cuando me separé de mi pareja de 8 años. Ahí comencé a consumir más todavía", agregó.
Gabriel considera que entiende el despojo de su familia ya que por aquellos tiempos fue una persona muy manipuladora. "Vos por ahí me ibas a hablar y yo ya estaba pensando en cómo robarte. También mucha gente me quiso ayudar y yo terminé haciéndole mal para sacar provecho y luego ir a comprar droga. Las personas que te veían te hablaban dos minutos y se iban porque ya me había creado esa fama de mentiroso y de ladrón", afirmó.

CAMBIAR DE VIDA
Los días de excesos continuaron hasta que "un día me di cuenta que quería hablar con alguien, pero no había nadie a quien llamar o quien le pueda golpear la puerta. Eso fue muy duro para mí. Tuve que bajar el orgullo y hablé con mi papá y mi mamá y les dije que no aguantaba más y que quería cambiar".
Pero los padres de Gabriel no contaban con los medios económicos necesarios para poder internarlo nuevamente. De todos modos, le prometieron que iban a buscar un lugar para que pudiera sanarse. Hasta que luego de dos semanas de una ardua búsqueda encontraron a la Comunidad Cenacolo.
"Al principio, pensé que era una nueva internación con psicólogos y toda la cosa, pero tenía tantas ganas de salir del agujero en el que me encontraba que no me importó si era una nueva internación. Tenía más miedo a la calle que a morirme de aburrimiento con los psicólogos", subrayó.
La bienvenida fue muy distinta a la que pensaba Gabriel. "Me fueron claros desde el primer momento. A mí me dijeron 'vos te querés curar, bueno acá vas a tener que trabajar y rezar. Te tenés que levantar todos los días a las 6 y te acostás a las 21. No tenés televisión ni pastillas ni celular. A tu familia la vas a ver a los 6 meses'. Me gustó porque fueron sinceros", destacó.

UN VINCULO CON DIOS
"Yo acá encontré un vínculo con Dios y en la comunidad me preguntaron cómo estas luego de varios años que no escuchaba esa pregunta. Eso me ayudó a cambiar pese que al comienzo era muy desconfiado y miraba mal a todos. Yo decía 'estos me van hacer algo a la noche o algo va a pasar en cualquier momento'", detalló Gabriel entre risas al volver en el tiempo.
El periodo que pasó con la comunidad y su viaje a Brasil le ayudaron a que las cosas con su familia se fueran acomodando y que hoy pueda "sentarse y tener un tema de conversación sin reproches ni vergüenza".
"Si hablábamos hace tres años posiblemente esta nota no la podríamos haber hecho por nada del mundo porque yo era muy cerrado y siempre yo pensaba '¿y por qué te tengo que contar que me drogaba?'. Son cambios que hasta yo mismo los veo y le tomo más aprecio al trabajo de la comunidad", confesó Gabriel, quien aconsejó a los demás jóvenes a no dejar pasar el tiempo cuando se tiene un problema.
"Una persona que se está drogando no tiene que dejar pasar mucho tiempo para rehabilitarse. Se puede cambiar de vida sin llegar a tocar fondo porque ese no es el camino. Hay que pedir ayuda y hablar con la gente. No hay que encerrarse porque salís perdiendo. Yo hoy puedo dar testimonio de que Dios existe y se puede salir adelante", recomendó.

UN FUTURO AYUDANDO
A LOS DEMAS
El testimonio de Gabriel Coria se repite en los 1doce jóvenes de la Comunidad Cenacolo que llegaron el jueves a esta ciudad para realizar una serie de actividades en diferentes espacios sociales.
"En la comunidad es fácil entrar y difícil salir. Uno cuando vive la comunidad es difícil irse porque siempre hay algo que te hace quedar y yo creo que ahí está Dios", manifestó Gabriel quien hoy participará de una misa, a las 11.30 en la Iglesia de San Jorge y otra en la Iglesia Cristo Rey en Rada Tilly, a partir de las 19.
"La comunidad es una familia donde la gente te escucha. A la comunidad no le importó lo que yo que hice en el pasado, lo único que me pidió era que le ponga ganas a mi cambio, por eso si tienen un problema les recomiendo que se acerquen a la comunidad aunque sea para escuchar las propuestas que tienen", explicó.

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