Un comodorense en Río

por Mariano Sánchez

Sentado frente a la magnífica bahía de Singapur resolví en abril de este año que no importa la fortuna que costara, siempre que el calendario laboral lo permitiera, tenía que tomarme algunos días y concurrir a los Juegos de Brasil. Tal vez el exquisito refresco que lentamente se vaciaba en mi mesa, o el inesperado desfile frente a nuestros ojos del equipo femenino singapurense de navegación a vela que salía de entrenar en las aguas de esa isla-ciudad-estado en un insólito horario (medianoche de un jueves), terminó de sellar la decisión.
Las Olimpiadas siempre resultan un fenómeno atractivo y convocante, pero la circunstancia que esta vez fueran tan cerca de casa hacía la idea francamente irresistible. Múltiples factores prometían convertirla en una experiencia inolvidable. Por un lado –que terminó disuadiendo a algunos– estaba todo el problema del virus del zika; la crónica inseguridad de la ciudad organizadora; un clima social tenso marcado por la crisis brasilera, el impeachment de Dilma y las protestas callejeras. Si esto fuera poco, también había amenazas y riesgo de atentados terroristas, con sospechosos detenidos y explosiones controladas. Sin embargo, mi paso adolescente por pistas de atletismo nacionales y extranjeras daba al proyecto un carácter de gusto personal y la magia del espíritu olímpico sumado al encanto de Rio, los colores, el ritmo y la alegría cariocas no podían hacer de estas olimpiadas sino unos juegos únicos e irrepetibles.
Excelente disposición mostraron los 50.000 voluntarios que prestaron mucha atención y ayuda al turista. El operativo de seguridad, con 85.000 efectivos (entre fuerzas municipales, provinciales y federales –policiales y militares–) también fue notable. El sistema interconectado de transporte público especialmente preparado para los Juegos (ómnibus, tranvía, subte y tren), fue moderno y eficiente.
El atletismo, otra vez, fue el deporte emblemático. El fútbol tiene un Messi, pero el atletismo 24. Uno –el mejor del mundo– por cada una de las 24 disciplinas de pista y campo. Rio 2016 tuvo el privilegio de contar con el hombre más rápido del mundo de todos los tiempos: Usain Bolt. Verlo festejar era un espectáculo emocionante y divertido. Verlo correr, una imagen indescriptible.
Otra perla fue vivir la final de futbol Brasil-Alemania. Los bares y vidrieras estaban colmados de nerviosos brasileros y durante las dos horas del partido sólo se veía deambular por las calles a extranjeros del medio millón que visitó Rio. No hace falta extenderse sobre el frenético festejo que se apoderó de la ciudad carioca después de la agónica definición en el último penal. Muchos dieron a las Olimpiadas una significación especial: los locales destacaban al Neymar medallista, y para varios fueron los Juegos de largas noches insomnes, del Bolt superstar o del Tinder desbordado.
La maratón también dio la nota en el Sambódromo. Entre la largada y la llegada, mientras los émulos del ateniense Fidípides corrían los 42 km de itinerario urbano, los espectadores pudieron disfrutar un desfile de disfraces y comparsas al ritmo de un atípico carnaval invernal. El Sambódromo –con una extensión de ocho cuadras– era permanentemente sobrevolado por siete helicópteros. Como es costumbre, la dorada fue para Kenia.
Las ovaciones escuchadas en los estadios o recintos deportivos cada vez que alguien rompía algún record mundial u olímpico sólo fueron superadas por la explosión de alegría que invadió la ceremonia de clausura. Una vez apagada la formalidad que imponían las cámaras de televisión, el carnaval, los colores, las luces y el baile de todos los concurrentes estalló en el Maracaná con un delirio de emoción que ni el viento ni la lluvia pudieron opacar. El presidente argentino Mauricio Macri dijo el día de la inauguración que si arrancábamos bien, en el año 2030 podíamos estar hablando de Juegos olímpicos en territorio argentino. Ojalá así sea. Tal vez, ver la antorcha olímpica venteando en nuestra capital sea la única distinción universal que aún le falta a Buenos Aires.

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