Un mes por el río Amazonas

Con mi mochila pude recorrer más de 6 mil kilómetros por el río Amazonas desde su nacimiento en los Andes peruanos hasta su desembocadura en el Atlántico brasileño. El inicio del viaje fue en su naciente, en el Perú, en Chivay, un pueblo dedicado por siglos a la agricultura que está viviendo un inicio turístico exitoso. Allí, en esas alturas se forman arroyos que toman rumbo al Atlántico a diferencia de todos los ríos vecinos que desaguan en el cercano Pacífico. Esos hilos de agua forman el Chalhuanca y el Llapa que al descender van sumando nuevos aportes formando primero el Apurímac y luego a medida que crece cambiará su nombre varias veces -Ene, Tambo, Ucayali, Marañón, Solimöes- hasta convertirse en el poderoso Amazonas.
Recorro este hermoso valle y continúo viaje hacia Lima en colectivo y desde la gran capital americana, me voy al lugar más lejano al océano Atlántico desde donde puedo embarcarme y llegar a la desembocadura del gran rio. Así que en un ómnibus cruzo los Andes y llego hasta Atalaya, en la Amazonía peruana, a muy poca distancia de donde el rio Tambo se une al Urubamba, dando nacimiento al enorme Ucayali.
Comienza mi navegación en Atalaya. Primero, un viaje de un día en la lancha de pasajeros Haydee II hasta Pucallpa, donde atracan grandes barcos.
Y a partir de Pucallpa serán semanas de navegar en barco, donde colgamos nuestra hamaca comprada en el mercado de la ciudad, instalados en la cubierta de los pisos superiores junto a cientos de pasajeros.
Navegando aguas abajo, cada tanto aparece una aldea. En horarios fijos y tres veces al día el tañido de una campana nos dirá que está lista la comida. Me quedo unos días en Iquitos, y luego serán tres días más para llegar a la colombiana Leticia, y empezar desde allí a navegar por Brasil, rumbo a Manaus, la ciudad emblemática de la gran ópera de los tiempos "del Caucho".
El rio a medida que avanzamos es cada vez más ancho, los barcos son mejores que en el Perú, más limpios y ordenados, mejor comida y donde uno siente que algo cambió, lo importante no es la carga sino los pasajeros. Es bueno detenerse en Santarém y pasarse unos días en Alter do Chäo a la que llaman "el Caribe del Amazonas". Un pueblo pequeño y prolijo, con los barcitos que colocan incluso las mesas ya dentro del rio, y a su frente la gran reserva forestal del Tapajós.
Y al final llego a Belém de Pará sobre la orilla este del rio Amazonas que ya se abrió en su estuario en diferentes cursos de agua, una de las ciudades más grandes de la Amazonía, con arboladas avenidas y diferentes puertos desde donde parten barcos de pasajeros a lugares de nombres totalmente desconocidos y que a veces no encuentro en los mapas, toda una invitación a ir para ver de qué se trata.
Para concluir mi viaje me voy cerquita de la desembocadura en el Atlántico, al este hay una isla y en ella, Algodoal, un pequeño poblado de no más de tres calles por ocho. En toda la isla no está permitido el uso de cualquier cosa que se mueva con motor, así que la movilidad es con un carro de un solo eje tirado por caballo o en canoa.
Buen final para mi gran viaje lleno de historias, conversaciones en las comunidades que se forman entre vecinos de hamacas, horas atento en la borda al salto de un delfín rosado, saludando a familias que pasan en un peque peque.... sintiendo latir el corazón de nuestra América.

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