Víctor Galíndez y una épica pelea frente a Richie Kates

Víctor Emilio Galíndez, probablemente en pelea la más gloriosa que un boxeador argentino animó por el título del mundo a lo largo de la historia, derrotaba en Sudáfrica hace 41 años al norteamericano Richie Kates y conservaba la corona de la división Mediopesado AMB.
Ocurrió el 22 de mayo de 1976 en la ciudad de Johannesburgo, cuando el natural de la localidad bonaerense de Vedia supo sobreponerse a un cúmulo de adversidades y le ganó por nocáut en el decimoquinto y último asalto a un adversario que lo había tenido a maltraer y que casi se queda con su cinturón ecuménico.
Pero más allá de la estrategia utilizada por el norteamericano para dominar las acciones, el brutal choque de cabezas en el tercer round se erigió en el principal adversario de un Galíndez que esa noche puso en evidencia que le sobraban argumentos anímicos para empezar a convertirse en ídolo de los aficionados argentinos al boxeo.
Es que la mayoría de los que presenciaron el pleito en el estadio y en directo por televisión no podrán olvidar la tremenda herida que lastimó la ceja derecha del argentino y amenazó con terminar la lucha.
El ya legendario árbitro sudafricano Stanley Christodoulou manchó de sangre su camisa blanca (hoy esa prenda se exhibe en el Salón de la Fama de Canastota, Nueva York) y hasta estuvo tentado de suspender el combate, tras el encontronazo. Y en tal sentido, a esa altura de la pelea, las tarjetas favorecían al moreno Kates.
Entonces otro personaje vital en la historia del pugilismo argentino, el empresario y promotor Juan Carlos "Tito" Lectoure, hizo tallar toda su experiencia para diseñar un plan que le permitiría a Galíndez salir airoso del compromiso.
El fallecido Lectoure convenció al médico de la pelea de que el bonaerense estaba para seguir, de que veía con su ojo derecho (completamente cerrado por la hematoma) y de que el campeón del mundo, por su condición, "merece una chance más" que el resto.
Con esos atributos, Galíndez entendió que esa era "su pelea". No se amedrentó jamás, continuó buscando a un rival huidizo que a medida que pasaron los rounds se fue desgastando y llegó al final con una ligera ventaja en las tarjetas.
Pero para hacer más épica la jornada, el "Negro" tenía que ganar en forma contundente. Y así lo hizo con un notable gancho al hígado que puso en la lona al norteamericano. Y entonces surgió espontáneo, ese festejo de Galíndez, con la mano derecha hacia abajo y el tradicional gesto de fiereza que a algunos, es justo reconocerlo, les generaba antipatía.
Pero a partir de ese combate "bisagra" hubo unanimidad en el aficionado argentino: todos comenzaron a reconocer la "pasta" del campeón mundial semipesado, quien fue recibido como un "rey a su regreso a Buenos Aires, a punto tal que una autobomba lo paseó por el centro de la ciudad.
Aun cuando tuvo la sensación de que produjo su mejor combate, en el camarín ganador no hubo felicidad. Es que Galíndez lloró durante toda la noche, al enterarse de que a su amigo y colega, Oscar "Ringo" Bonavena, lo habían asesinado ese mismo día, en un burdel de mala muerte de la ciudad de Reno, en el estado de Nevada.
El valor y el temple de "esa noche" de Galíndez representó una de las mayores hazañas boxísticas de un argentino. Y la bala que mató a "Ringo" provocó una de las sensaciones más dolorosas. Y ambas, en apenas 24 horas de hace 41 años.

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