“Araceli” Linares, desaparecida en la noche
En su documento decía que se llamaba Miguel Angel, pero ella prefería que la llamaran “Araceli”, aunque al mismo tiempo se burlaran de su elección. Fue vista por última vez el 9 de febrero de 1998 cuando trabajaba en la “zona roja” del centro. Un compañero de esquina la vio subir a un Ford Taunus blanco y desde entonces nunca más supieron de ella. Su campera de cuero y los suecos que usaba fueron reconocidos por su modista y un amigo. Los hallaron junto a unos huesos, que luego se comprobaría no eran de ella, en la zona de Radio Estación. Los mismos jamás pudieron compararse con algún ADN porque fueron incinerados en la morgue judicial por el olor que despedían.
Miguel Angel “Araceli” Linares nació el 5 de junio de 1973 en Comodoro Rivadavia. Era travesti y trabajaba de noche a finales de los 90 en Comodoro Rivadavia. Su parada habitual, entre las 23 y las 6, era entre las esquinas de Francia, Urquiza, Ameghino y Rivadavia. Desapareció el 9 de febrero de 1998 cuando tenía 24 años. Hasta hoy nada se sabe de ella.
La causa 9720/98 nunca llegó a aclarar verdaderamente qué ocurrió con el joven y quién o quiénes fueron sus captores y responsables de su desaparición. El último día que su familia lo vio fue el 8 de febrero cuando salió de su domicilio de Patagonia al 900 del barrio Jorge Newbery. Su hermano lo acercó hasta la casa de un amigo en Pastor Schneider y Sarmiento. Quince años después, su familia ya se resignó a lo peor.
A su padre, Miguel Linares -un policía retirado-, recién el 11 de febrero le tomaron una exposición policial ya que no le querían formalizar la denuncia por la desaparición hasta que no se cumpliesen las famosas 48 horas que antes se exigían para este tipo de casos.
Como era de rigor, las autoridades policiales tenían un latiguillo de ocasión: “seguro que anda por ahí, divirtiéndose; ya va a volver”. Sin embargo, tras la insistencia de su padre, un policía aceptó tomarle declaración y comenzó a castigar la Olivetti a dos dedos. Pero se trataba de una exposición y no de una denuncia formal.

LA ULTIMA NOCHE
Según pudo averiguar Letra Roja, “Araceli” partió de su casa a las 20:30 del domingo 8 y fue vista por última vez por una compañera de parada el lunes 9 a las 6 de la madrugada cuando subió a un Ford Taunus blanco. Ese auto sería el primer indicio en la causa de la desaparición.
Cuando finalmente se formalizó la denuncia por desaparición de persona, los investigadores comenzaron a tomar testimonios entre los compañeros de calle que la habían visto por última vez. Un amigo de apellido Ponce contó que era “compañero de parada” en Italia y Rawson.
Pablo O., otro travesti, dijo el 13 de febrero ante la Policía que lo vio esa noche de su desaparición y que al saber que no aparecía fue él quién también organizó una búsqueda entre compañeras de la noche. Otra en dar testimonio fue “Rita”, mientras “Karen” dijo ante Diario Patagónico el viernes 13 de febrero que Araceli la noche de su desaparición había trabajado en la esquina de Francia y Rivadavia. Pero que en un momento dado, ya no estaba más.
“Parece que se lo tragó la tierra porque nadie sabe nada”, decían entonces mientras comenzaban a temer que pudieran correr la misma suerte. Es que en esos años la homofobia podía llegar a ser más cruel que en la actualidad.
A la hora de reconstruir el hecho, se aclaró que Araceli no tenía pareja estable y que siempre avisaba por teléfono si ese día no volvía a casa. “Carlota” Varela y otros travestis compañeros de Linares, dieron sus testimonios ante la Policía, que a esta altura ya sospechaba que pudiera haber algo más, teniendo en cuenta que los documentos de la desaparecida habían quedado en su casa.
El miércoles 18 de febrero veinte travestis se movilizaron en la plaza Alsina bajo la consigna “acá está en juego la vida de nosotros”, reclamando porque “la Justicia nos da una sola respuesta: ‘como nosotras trabajamos en la calle, nos las tenemos que ‘aguantar’ porque sabemos los riesgos que ello implica”, dijeron ante Diario Patagónico aquella vez.
El viernes 20, otras 50 trabajadoras de la noche volvieron a reunirse, esta vez en Belgrano y Rivadavia. Un conductor se distrajo mirando la escena y provocó un choque en cadena. En tanto, “Paola” Gómez contaba que estuvo en la parada con Araceli esa noche. Y ante la prensa deslizó que a la desaparecida ya la habían amenazado en una oportunidad con un revólver. Había sido un tal “Pestaña” que continuamente la molestaba y que incluso una vez la había llevado a la fuerza hasta una casa abandonada del barrio Stella Maris.

UNA VIDENTE
El testimonio que increíblemente dio inicio a la búsqueda de Araceli fue el del peluquero Guillermo Neira, un amigo que ante la Policía expuso el 15 de febrero de 1998 que había consultado con una vidente que le había asegurado que el cuerpo de la joven había sido arrojado en tres partes distintas de la ciudad: en las inmediaciones de la zona céntrica, sobre calles Rivadavia y Ameghino; en una construcción abandonada sobre la ladera del cerro Chenque; y en “un terreno verde agua, una especie de vertiente que existía en el Cordón Forestal”.
De esa manera, el comisario Hugo Herrera y sus subordinados fueron en busca de descartar o confirmar las posibilidades que Neira había acercado a la causa. Los policías buscaron en la zona céntrica indicada y no hallaron nada; también en unos ex polvorines de YPF, y finalmente en el terreno del Cordón Forestal donde amablemente los invitó a pasar el cuidador del campo.
Herrera tenía el deber de corroborar los dichos de la vidente y fue lo que hizo pero el resultado de la búsqueda terminó en fracaso.
No fue la única vez por aquellos tiempos en los que videntes aportaban datos y direccionaban investigaciones. En la edición anterior de Letra Roja, Mónica Chodil -madre de la desaparecida Mónica Acuña- contó cómo el propio juez de instrucción de la causa la acompañaba a visitar videntes. Y que tras los dichos de una mujer que residía en Kilómetro 4 la búsqueda se direccionó hacia los tanques de agua de “El Tordillo”. Participaron de la misma centenares de vecinos, colaboradores, bomberos y una logística importante que no dio con ningún resultado positivo. Solo aportó más desazón y disgusto para una madre desesperada que tuvo que escuchar las cosas horrendas que le dijo aquella vidente sobre lo que supuestamente le habían hecho a su hija.
En los días posteriores a la desaparición de Araceli Linares se dijeron muchas cosas. Como que un hombre con sus rasgos había ingresado al Hospital de Trelew intoxicado con sustancias, versión que rápidamente fue descartada. Incluso hasta el hermano de Araceli viajó al valle.
A 9 días de su desaparición también se buscó en Sarmiento y en Río Mayo, como así también en los descampados de Caleta Córdova. Es que Linares una vez al mes viajaba hacia esas localidades.
La última noche que estuvo en su casa, Araceli le dijo a su familia que volvería temprano (tal vez no pensaba trabajar), pero que ellos se arreglaran con la comida. Estaba especialmente contenta porque su madre la estaba pasando bien en Chile, adonde se había ido de vacaciones junto a otra hija. Ella había preferido quedarse.

UNA AMENAZA
El tiempo pasaba y nada se sabía de Araceli. Los testimonios de los últimos que la vieron se sucedían en la Seccional Primera. El 23 de febrero circuló fuerte la versión de que había un sospechoso, pero la Policía no lo identificó. Esa noche un grupo de travestis y prostitutas que trabajaban en la zona alta del centro llegó hasta la seccional de Rivadavia y Güemes para alertar a la guardia que “un hombre canoso” a bordo de un Ford Galaxi gris amenazó a las chicas que trabajaban en el lugar.
Según los dichos de “Marcela”, “Golovkan” y otras travestis, el hombre –de aspecto siniestro- desde el auto les expresó: “déjense de joder con la búsqueda de Araceli”, acotando que en esos momentos la desaparecida se hallaba en un barco extranjero, “de fiesta” con la tripulación que pescaba a 200 millas mar adentro.
El guardia se limitó a tomar nota e informó a sus superiores, pero se fue a verificar la situación, “por falta de móvil policial” (al parecer una constante histórica de la policía).
La causa no tuvo muchos movimientos más, mientras el padre de Araceli no descartaba que lo pudieran tener encerrado en algún lugar. Así se lo hacía saber a un periodista, pero por una confusión en vez de “encerrado”, el cronista entendió “enterrado”. Y tras la publicación, la familia se molestó por esa situación. Aún Miguel se acuerda de ese malentendido. Cuando desde Letra Roja se lo consultó para este informe, el hombre -que ya está jubilado- primero le preguntó a su mujer y a su hija sobre la posibilidad de dar la nota, y finalmente hizo saber que no querían hablar del tema.
No hubo mayores certezas sobre el paradero de Araceli y sí muchas dudas, como la que sembró una mujer que vendía en una zapatería de La Loma y que dijo haber visto en su local a un hombre vestido de mujer, con los rasgos de Araceli. Y que incluso se había interesado por unas zapatillas que vio en la vidriera.
Otros testimonios que hay en la causa dan cuenta de que poco antes de su desaparición Araceli había salido en defensa de una mujer que era golpeada por otras dos en una esquina porque aparentemente se disputaban la “parada” y que “el fiolo” de una de ellas se había molestado por la intromisión.
Otro testigo aportó a los investigadores que días antes Araceli había estado en un boliche bailable de Ameghino al 1500, donde se había cruzado con un hombre al que le reprochó un supuesto abuso sexual.

HUESOS Y ROPA
El 3 de junio de 1998 la Policía encontró restos óseos en inmediaciones de la batería 2253 de YPF, próxima a la Radio Estación entre el Máximo Abásolo y lo que ahora es el parque eólico. Aquella vez un llamado telefónico alertó sobre 15:15 del hallazgo en el campo por parte de supervisores petroleros.
Los efectivos policiales se dirigieron al lugar y encontraron en una caja de color beige un cráneo y distintos huesos. La Policía le preguntó a uno de los hombres que encontró los restos si antes de que llegara había visto algún movimiento sospechoso, algún auto o camioneta que la hubiera arrojado allí, pero lo único que había visto era a un hombre que filmaba con una cámara desde lo alto del cerro hacia la batería de petróleo. Al parecer se trataba de un turista que estaba acompañado por unos menores.
La Policía comenzó a recorrer el lugar y halló unos zapatos de cuero, tipo suecos con una hebilla muy particular, de tacos altos y gruesos. La marca de los suecos era “Vía Uno”. No fue lo único que se encontró, sino que además se halló una campera de cuero muy peculiar, según el informe policial.
Los restos óseos fueron puestos a examen del cuerpo médico forense, quien determinó que no pertenecían todos a una misma persona y que databan de un tiempo aproximadamente a uno o dos años. Y que los mismos pertenecerían presumiblemente a un adulto y a un niño, que bien podrían ser hombre o mujer. Se remitieron los mismos al CENPAT, de Puerto Madryn.
Los suecos con hebilla fueron reconocidos por un amigo de Araceli como los que se había comprado en los últimos días, mientras que la campera de cuero también fue reconocida por la modista de la travesti. Según consta en el expediente, desde “Creaciones Paula” se reconoció que esa misma campera había sido confeccionada por la modista y que incluso le faltaba un cordón que la misma llevaba.
Finalmente, el 18 de noviembre de 1999 se informó que el 29 de octubre de ese año se había procedido a incinerar todos los restos óseos que permanecían en la Morgue Judicial, junto a los órganos y vísceras, por “razones de bioseguridad” y por la “emanación de olores y gases tóxicos”.
Como responsables de la orden figuran el juez de instrucción, Jorge Carlos Pellegrini, la funcionaria fiscal Stella Maris Prada y los forenses Juan Wegors y Calixto González.
La familia de Araceli Linares se vio impedida así de someterse a un estudio de ADN para determinar si los restos óseos hallados eran de su familiar, quien continúa desaparecida desde aquel 9 de febrero de 1998.