Gonzalo Dato construye una obra que indaga en la memoria, los mandatos de género y los recuerdos sensoriales. El estreno será el viernes 10 de abril a las 21:00 en Actitud Pandora con una segunda función para el sábado 11.
“Bandido de Ponys” no nace como una obra pensada desde lo escénico, sino como una necesidad de escritura. En ese gesto inicial —íntimo, desordenado, casi exploratorio— se empieza a delinear el núcleo de lo que luego se convertirá en una pieza teatral. “Surge a partir de un taller de dramaturgia que tomo con Martín Marcou, donde trabajábamos desde lo autobiográfico. Él te hace escribir a partir de recuerdos, y de ahí aparece un primer texto que yo medio que encajono, pero que me abre la puerta a explorar ese territorio”, cuenta Gonzalo Dato en entrevista con El Patagónico.
Ese territorio no es otro que la infancia, pero no como postal nostálgica sino como campo de tensiones. A partir de nuevos ejercicios —listas, asociaciones, fragmentos aparentemente inconexos— el material comienza a tomar forma. “Entre tantas cosas que surgían, aparecían recuerdos de la escuela primaria, pequeñas situaciones, y desde ahí empiezo a construir lo que sería ‘Bandido de Ponys’. Al principio con mucha incertidumbre, porque no sabía para dónde iba el texto. Era como una especie de biopic donde empezás a tirar cosas y después ves qué pasa”.
Con el tiempo, ese cúmulo de recuerdos se organiza y adquiere estructura dramática. Pero la decisión no es quedarse en el registro puramente autobiográfico. “No llega a ser un biodrama. Es una autoficción. Parte de algo real, pero incorpora elementos ficcionados que le dan una dimensión más teatral. Está basada en hechos de la realidad, pero no se queda ahí, va un poco más allá”.
En ese “ir más allá” aparece también el tono. La obra se define como una tragicomedia, no por un equilibrio forzado entre géneros, sino por una forma de abordar la experiencia. “El personaje no apela a dar lástima ni a ponerse en un lugar de víctima, sino a reflexionar sobre esa tragedia desde la percepción de un niño. Y ahí todo se vuelve un poco más ridículo, más inocente”, señala Dato.
El eje emocional de la obra se sitúa en un deseo concreto: el anhelo infantil por un objeto —los ponys de Mi Pequeño Pony— que no le eran accesibles por ser varón. Pero ese deseo está atravesado por un contexto social que lo condiciona. “Era una época donde los nenes eran con los nenes y las nenas con las nenas. Yo no es que no recibía cariño o que no tenía juguetes, pero había un deseo por algo femenino que no lo conseguía y tampoco lo expresaba, porque el entorno no lo permitía”.
Ese recuerdo se vuelve imagen: compañeras de escuela exhibiendo sus ponys sobre el pupitre, como trofeos, mientras él observa desde afuera. “Era algo inalcanzable, ni siquiera pertenecía a ese mundo”.
La obra, sin embargo, no se limita a reconstruir ese momento, sino que lo resignifica desde el presente. El propio Dato cuenta cómo ese deseo reaparece en la adultez: “A los 23 o 24 años entro al departamento de Cristal, una amiga que me presenta Alfaro y veo una pared llena de ponys. Y ahí se me destraba el recuerdo. Vuelvo al aula, a mis compañeras, al olor a goma perfumada. Y digo: a mí me gustaban los ponys. Y ahí entiendo que ahora me los puedo comprar”.
Ese gesto —comprar, coleccionar, restaurar— no es solo anecdótico, sino que forma parte del universo simbólico de la obra. El pasado no aparece solo como herida o carencia, sino como experiencia que puede revisitarse, manipularse y volver a ponerse en juego.
En términos escénicos, “Bandido de Ponys” se construye desde una lógica visual y física muy marcada. La obra es, en palabras de su creador, “muy coreográfica, muy precisa”, con un fuerte trabajo en el desplazamiento de objetos y la construcción de climas.
En ese entramado, la incorporación de Esteban Sierra resulta clave, tanto en la dimensión técnica como en la sensibilidad del trabajo con objetos. “Esteban Sierra, además de ser un colega, es un amigo nuestro, que lo queremos mucho. En las producciones en las que ha trabajado a lo largo de su carrera tiene experiencia en lo que es manejo de títeres. Y bueno, justamente acá había un tema que era el manejo de los muñecos”, explica Dato.
Pero el desafío no era replicar una lógica titiritera clásica, sino encontrar otra calidad de movimiento: “Yo trabajo con juguetes, con muñecos durante la obra y el desafío estaba más que nada en que aparezca la sutileza en el manejo de esos muñecos sin usarlos como títeres, porque en definitiva no son títeres, sino que se trata de un personaje jugando con esos muñecos”.
Ese proceso implicó un entrenamiento específico, tanto técnico como expresivo. “Tuvimos entrenamientos puntuales fuera de los ensayos, solo con los muñecos, que por un lado eran técnicos en la forma de agarrar, en los movimientos, en cómo le dábamos vida a esos muñecos, pero por otro lado fue un proceso también de viajar a la infancia y de retomar ese juego”.
En esa búsqueda aparece una clave conceptual de la obra: recuperar la lógica del juego infantil como dispositivo escénico. “Esa cosa medio improvisada que tienen los niños cuando juegan con los juguetes y arman historias, crean personajes… además de un entrenamiento, fue también poder recordar y volver a vivenciar esa experiencia del juego, que después me sirvió para llevarlo al ensayo, a la puesta en escena”.
Sierra, además, asume un segundo rol en el diseño de luces junto a Alfaro Valente, en una apuesta que pone en valor las condiciones del teatro independiente. “Nos tuvimos que arreglar con lo que teníamos básicamente”, señala Dato.
Lejos de ser una limitación, esa restricción se convierte en potencia creativa: “La cantidad de climas y de locaciones que aparecen hacen parecer que Pandora tuviera una planta de luces inmensa y en realidad lo han resuelto con mucha sutileza”.
En ese sentido, la obra refuerza una ética de producción: hacer con lo que hay, pero con precisión estética. “A mí eso me pone contento y me motiva porque se pueden generar los climas que yo tenía en la cabeza”.
En ese mismo proceso de construcción escénica, la incorporación de Mariana Libenson en la dirección de actuación y movimiento resulta determinante. “Fue un antes y un después. Veníamos probando muchas cosas y faltaba alguien que diga ‘por acá no es’. Ella nos ayudó a encontrar el tono, a limpiar la escena, a entender qué servía y qué no”, reconoce Alfaro Valente.
La obra también se apoya en una concepción lúdica del objeto: elementos que se transforman, que mutan, que construyen y deconstruyen espacios, en sintonía con la lógica del juego infantil.
Pero quizás uno de los aspectos más potentes del material aparece en su capacidad de activar la memoria del espectador. No se trata solo de contar una historia personal, sino de generar una experiencia compartida. “La obra despierta recuerdos, olores, sensaciones. Quienes vivimos la infancia en los 80 y 90 tenemos un montón de detalles que nos encienden un chip enseguida. Y si no lo viviste, también te permite imaginar cómo era ese mundo”.
Ese carácter sensorial se vuelve central: la infancia no aparece solo como relato, sino como atmósfera. “Aparecen olores, sonidos, colores. La gente empieza a destrabar recuerdos, a contar sus propias anécdotas. El deseo es algo transversal en la obra, aparece todo el tiempo”.
“Bandido de Ponys” es, en definitiva, un viaje. No lineal, no cerrado, sino abierto a la experiencia de quien lo transita. La propuesta reúne un equipo creativo que completa y potencia la puesta: una obra de Gonzalo Dato, con dirección de movimiento y actuación de Mariana Libenson; producción ejecutiva, vestuario y escenografía de Alfaro Valente; dirección de muñecos de Esteban Sierra; diseño y operación de luces de Valente y Sierra; y multimedia y fotografía de Matías Gonzales.
El estreno será el viernes 10 de abril a las 21:00, con una segunda función el sábado 11 en el mismo horario, en Actitud Pandora (Viamonte 974), en lo que se presenta como una nueva producción local que apuesta a la memoria, el deseo y la potencia transformadora del teatro.
