“Carne casi todos los días”

No hay una nube en el cielo de la tarde y sopla una leve brisa del este. La temperatura llega a 23º. En el basural Guillermo y "El Cordobés" conversan cerquita de la casilla petisa donde aquel encuentra el sueño cada noche, y se guarece del mal clima. Aunque la superficie "habitable" del basural se redujo ya un 70%, ellos todavía viven en el lugar, como tanta otra gente, familias enteras, entre muchos otros que sólo van al lugar a trabajar.

Guillermo y «El Cordóbes» hace poco terminaron de comer un trozo de carne asada que habían recogido entre la mucha comida que a diario desechan los supermercados en el basural. «A veces está un poco oscura, o la grasa se pone verde, pero se la sacás y la carne abajo está buenísima. Acá nosotros comemos carne casi todos los días. O pollo», dice Guillermo, que tiene un humor increíble, y bromea sobre su suerte y los precios que se pagan en las carnicerías de la ciudad.
Entre el humo blanco prevalece un intenso olor a plástico quemado. Crece en todas las direcciones, producto de esos fuegos que nunca terminan de ahogarse bajo la basura. Se respira y hace doler la vista, la nariz, los pulmones. Provoca ardor y hará perdurar por horas un mal sabor espeso en la boca, como si se hubiera masticado un neumático. Pero Guillermo y «El Cordobés» están acostumbrados. Ni siquiera lagrimean.

"PARA QUE NO LES FALTE NADA"
Guillermo tiene 5 hijos que mantener, de entre 7 y 16 años. Viven con su mamá en la extensión del Abásolo. El ni piensa que lo visiten alguna vez o que lo ayuden. Les habla por celular. Sólo le interesa que estudien. «Yo trabajo para que no les falte nada y tengan estudio -dice-. ¿Para qué está el hombre?». Junta materiales reciclables, los vende a alguna chatarrera y manda la plata a su casa con un camionero conocido. De vez en cuando la lleva él mismo, y aprovecha a bañarse, pasar una noche o jugar un partido de fútbol.
Guillermo llegó hace 13 años desde Corrientes a Comodoro. Es albañil y trabajó algún tiempo en la construcción, pero dijo haberse cansado de las changas, los patrones tacaños y los pagos aplazados. «Yo soy honrado pero hay gente que no. Cuando más tienen más quieren. Dan ganas de partirle un fierro en la cabeza. Yo no le puedo decir a mi hijo esperame un mes que te compro un pedazo de pan».
Desde hace ya casi 7 que vive en el basural, donde no se enfermó ni una sola vez -según dice-, aunque reconoce que el humo que respira todo el tiempo le estaría causando un mal que podría declararse en cualquier momento.
Cuenta que los días que deja el basural el pecho le duele y escupe cosas extrañas. «Pero hay que aguantarlo viejo. Acá se aguanta todo: el fuego, el humo, el frío, la lluvia. Esto es una contaminación más o menos, pero hay que estar. Sí que tengo miedo, pero tengo una familia que mantener».
Pero también tiene esperanzas de trabajar en la planta de tratamiento, y poder al fin cobrar todo lo que imagina, el salario familiar, la escolaridad de sus hijos, tener obra social y jubilación, pero todavía nadie se acercó a darle esa buena nueva que le cambiaría la vida.

UN FUEGO
Guillermo y «El Cordobés» son compinches. Siempre trabajan juntos. Guillermo bromea diciendo que «El Cordobés» ahora no se le aleja un momento. El invierno pasado, el chico se calentaba delante de un neumático ardiendo y de pronto el fuego le trepó por un pantalón de tela sintética, como un rayo. Guillermo estaba cerca, lo tiró al suelo y extinguió el fuego con un baldazo de agua fría. Recordar la anécdota les causa gracia, y Guillermo ríe mientras una gaviota se acerca a carroñar un pedacito de carne abandonado, allá, sobre la parrilla humeante todavía.

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