César Barrientos, un tipo común que hace del arte algo extraordinario

Como hacen muchos chicos, este artista que se crió en el barrio La Floresta comenzó a dibujar para darle rienda suelta a su imaginación. Sin dejar de ser concreto, no se detuvo en sus primeros trazos en una madera arriba del techo de su casa. Supo ser, y es, lo que se conoce como "autodidacta" y se sumó a la movida del arte popular en los barrios. Fue el creador de "Dolorindo", historieta del suple "Ojos de Papel" que El Patagónico publicó todos los viernes entre 1991 y 2001. "En el arte siempre tenés que tratar de expresar algo, aunque a veces no se consiga. Y también tenés que saber manejar tu ego, si no te termina comiendo a vos mismo", sostiene.

por Angel Romero

a.romero@elpatagonico.net

César Barrientos es un tipo común por donde se lo mire porque él se define “laburante” como cualquier persona que tiene algo que ofrecer a cambio de un sustento. En la entrevista con El Patagónico, el dibujante que ahora pinta cuadros no irradia pose o soberbia alguna por sus reproducciones de paisajes de la capital petrolera. César no forma parte del grupo de intelectuales sofisticados o periodistas que piensan que hacen una revolución detrás de un teclado. Todo lo contrario; lo extraordinario de él está resuelto en sus trazos y en las vivencias que como pibe de barrio supo experimentar recorriendo la ciudad. Y que quedan plasmadas en sus pinturas.

“Los recuerdos con el dibujo siempre son felices. Pero hay uno en particular que era cuando subí al techo de mi casa y en una chapa de jarbol pinté las 1008. Creo que tenía por entonces 5 años, y mis trazos no eran muy definidos ni nada. Pero yo era feliz haciendo eso y dando rienda suelta a mi imaginación. En realidad eso les pasa a todos los chicos, luego cuando uno crece tal vez va perdiendo esa capacidad”, reflexiona.

FANTASIA Y REALIDAD

Nacido el 9 de noviembre de 1978, el chico de La Floresta hizo de lo que encontró en su camino las herramientas para incursionar en el dibujo. Primero pedazos de jarbol y lápiz grafito, luego carbón y la pared del fondo de la casa.

Una mezcla de fantasía y realidad convivían en el niño César. Por suerte, aún hoy, a los 40 años, ello lo sigue motivando como el primer día.

“Todos nacemos con la capacidad de expresar a través del dibujo la imaginación de uno. Ya sea desde dragones hasta lo que se te ocurra. Por supuesto que para otros pueden ser trazos sin forma. Pero la idea es seguir por ese camino. En el caso de los niños, cada cosa que dibujan significa algo, pero después las críticas desde afuera nos van condicionando, como la parte de ‘El Principito’ donde dibujaba a la boa y otro veía un sombrero mal hecho. Y yo pienso que eso va frenando a la persona a dibujar”, recalca.

Uno no deja nunca de imaginar, arriesga Barrientos, aunque la falta de práctica va dejando lugar a la falta de producción. Eso no fue un impedimento en quien pudo seguir dibujando en distintos ámbitos. Mientras, se reunía con un grupo denominado “Arte en los barrios”, desde donde fue puliendo su técnica. Con ello, llegaron las primeras exposiciones. Y el mundo del arte no está exento de ciertas miserias.

CRECE DESDE EL PIE

“Yo entendí antes que la crítica, el placer de dibujar. Entonces no me frené en ello. Por más que mi vieja me decía que no pegue mis dibujos en la casa para que no me critiquen. Tal vez era como una forma de protegerme, pero yo dibujaba para mí y para lo que me pasaba. Respecto a si se hereda esto, la verdad no lo sé. Pero recuerdo a mi viejo trabajando conmigo en la panadería y dibujar en un cartón a mano alzada a San Martín a caballo. Y era igual a los de las revistas”, comenta.

“Búscate algo para que le saques provecho”, le dijeron sus padres. Alguna profesión que le diera una seguridad laboral. César descreía de ello, él quería dibujar.

“Yo voy a contar algo muy íntimo. Una tarde estaba en el patio y escuché hablar a mis viejos desde la cocina. Y mi madre decía ‘yo me imagino a César dibujando con todos los colores’, y fue algo muy íntimo. Y escuchar eso de la boca de mi vieja, sin que ella supiera, es algo que yo atesoro mucho. Mi madre (María) todavía vive, por suerte. Y mi viejo murió hace muchos años. Entonces cuando estoy en medio de los egos de los artistas que creen que son el ombligo del mundo o alguien iluminado por sobre los demás y que atrae todo lo místico... Es solo una persona que ha desarrollado una afinidad o sensibilidad por lo que hace, ya sea en la música, la pintura o la escritura. A todos nos pasa y cuando ello sucede es difícil domesticar al ego. Entonces recurrís a ciertas armas para ello, que en mi caso es remontarme a mis 5 o 6 años y ese placer de dibujar y sentir las texturas. Nunca perder lo que realmente haces, lo que amas. Todo lo demás (reconocimiento, exposiciones, etc) viene después”.

Si es por etiquetar, César dice que es dibujante o artista plástico, pero solo para cumplir con una cuestión formal a la hora de las exposiciones. Como su viejo, es un caminante eterno. Y ello le derivó en sentir y retratar los barrios de Comodoro desde su perspectiva, donde no está definido el horizonte. Y tampoco lo terrenal de lo celestial.

“Uno cuando pinta se desnuda. Había una inscripción en una pared de la secundaria donde estudié (escuela provincial 731) que decía ‘el arte es el espejo del alma’, y a mí me gustaba mucho leer eso y pensarlo y meditarlo. No sé el resto de los artistas, pero yo siempre me pregunto qué es el arte. Y en ese proceso van saliendo cosas. Pero me imagino que es un lugar donde hay alguien desnudo y que se muestra tal cual. Eso me pasa con los paisajes que pinto, el que a mí me gusta mostrar”, reafirma.

La idea es transmitir algo, aunque el éxito no esté asegurado. Como aquella vez que descubrió “El grito”, del noruego Edvard Munch. Y pudo percibir el sonido desde esa imagen.

Eso es lo que se propone César en cada una de sus obras. Luego la interpretación corre por parte de quienes observan sus trazos.

“Hay miles de maneras de mirar. Y también críticas. Que las recibís como algo natural. Tal vez si ello hubiera sucedido en mi niñez me hubiera afectado. Pero ahora no, siempre fui autodidacta y me fui nutriendo de quienes compartieron sus conocimientos y a los otros los fui mirando de costado. Luego queda en cada uno”, concluye.

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