Cinco mujeres, cinco ausencias
Amigos, maridos y parejas sospechosas; jueces que confiaron en videntes, familiares desesperados y la justicia que no llega. Mónica Acuña y Silvia Picón desaparecieron entre 1998 y 2000; Sonia Toro en 2005. Pese a que su auto y su casilla fueron quemados intencionalmente, nunca más se supo algo de ella. A María Isabel Maldonado se la llevó el aire en 2006 y el caso de Angela Carolina Díaz es un misterio desde 2010. De distintas edades, sus trágicos derroteros alteraron la vida de hijos, hermanos y padres que aún confían en volver a verlas alguna vez.
“Esto es como un cáncer lento que llevas día a día y que te vacía el estómago a cada rato”. Las palabras son de Mónica Chodil, la madre de Mónica Acuña, la cajera de La Anónima desaparecida desde el 21 de julio de 1998 cuando tenía 21 años de edad.
Quince años después, su madre aún tiene fe de volver a ver a quien lleva su mismo nombre y que era más que su hija: su amiga. Le agradece a Dios que todos los días le dé una nueva oportunidad para encontrarla. Hoy la mujer está separada y tiene la compañía de sus cuatro hijos varones, además de una hermosa nieta que la alienta a seguir. En los últimos años una diabetes fulminante le costó la amputación de varios dedos de los pies.
Mónica Chodil recibe a Letra Roja en su casa del barrio Pietrobelli. Con el piso baldeado y la puerta abierta de par en par, como siempre. Revive todo, una vez más, desde el principio. “Lo lamentable es que si se te muere un hijo, lo enterrás y sabes que está ahí, que le podés llevar una flor; le prendés una vela… ¿pero nosotros qué hacemos?” se pregunta. El domingo pasado volvió a ser doloroso para ella. Quince años de Día de la Madre sin su hija.

MALDITO DIA DEL AMIGO
Mónica Elizabet Acuña era cajera del supermercado La Anónima en el barrio 9 de Julio. Entonces ahorraba para comprarse un terreno. Egresada del colegio Domingo Savio, alcanzó a estudiar economía en la universidad local.
Aquel 20 de julio de 1998 se juntó con sus compañeros de trabajo a celebrar el Día del Amigo. La reunión fue en una casa ubicada sobre Lisandro de la Torre al 2.100. Según la posterior reconstrucción, de allí salió a la madrugada en el Renault 12 que le había prestado su padre. Lo hizo en compañía de algunas amigas y del joven Mariano Antileo, el último que siguió viaje con ella. Dos días después aparecería su auto, abandonado en el barrio San Martín.
Aunque sin cuerpo del delito, los investigadores rápidamente dijeron que se había tratado de un homicidio; que a la chica la habían matado en una vivienda donde corrió mucho alcohol. Detuvieron a cuatro individuos por portación de cara: Andrés Gavilán, Jorge Vera, Héctor Vargas y Jorge Sáez. Mónica Chodil tuvo oportunidad de hablar con ellos a partir de su insistencia. Así fue como llegó hasta las celdas donde se encontraban. “Me dijeron que había sido todo una causa armada”. Su sentido de madre les hizo creerles.
También entrevistó, uno por uno, a los casi 30 compañeros que estuvieron con su hija en aquella fiesta. “Todos coincidieron en que este pibe, Mariano Antileo, era hijo de un informante de la Seccional Segunda y ahijado de un jefe de la Unidad Regional”. El joven estuvo detenido, pero no se le pudo probar relación con la desaparición.
Y como aún en el dolor hay infames, la mujer debió soportar que dijeran que “nosotros la habíamos matado y enterrado en el patio. Lo dijeron por televisión, una bruja que yo después le inicié una querella, le hice juicio; le hubiese sacado hasta la casa, pero no es mi objetivo sacar plata con lo de mi hija”.
La causa primero fue investigada como presunta privación ilegítima de la libertad y luego como homicidio. “Es como que la secuestraron. Yo hice revisar las ‘casitas’ de Río Gallegos y de punta a punta la Argentina, Salta, Catamarca”. Cuenta que los mismos jueces la llevaban a los videntes mientras “se perdieron un montón de pistas firmes. Me llevaron a la vieja Teresa de Kilómetro 4. Esa vieja me dijo que ‘a tu hija la cagaron c…, le reventaron la cabeza. ¿Sabes dónde está? En los tanques de El Tordillo’. Allí fueron a buscarla más de 200 personas y La Anónima me daba comida para la gente. No encontraron nada”.
Mientras pasaba noches enteras recorriendo el barrio San Martín para que alguien le diera una pista, fue visitada por dos policías. “Les pregunté, pero me dijeron que no podían hablar porque eran milicos, que tenían miedo”.
Y por supuesto encabezó marchas hasta la Unidad Regional que terminaban orando frente a la Catedral San Juan Bosco. La última de las cuatro reunió a más de 1.000 personas y contó con las presencias de Gladys Cabezas (hermana del fotógrafo asesinado); Ulises González, el padre de las chicas del triple crimen de Cipolletti, y la madre de un pibe que mató la Policía en Mendoza. En su desesperada búsqueda también viajó a Buenos Aires, donde formó parte de la “carpa negra”.
La Fiscalía conserva las placas dentarias de Mónica Acuña y hace tres años le tomaron a su madre muestras de ADN. Mientras tanto, apenas se entera de que en algún lugar de la región aparecen restos humanos, Chodil es de las primeras en intentar verificar si son de su hija. La última vez estuvo dos horas junto a la fiscal Adriana Ibáñez revisando cráneos encontrados en Comodoro.
“A veces uno no quiere encontrar a su hija así, pero lamentablemente yo soy realista. Porque si mi hija en 15 años nunca me llamó, nunca me mandó a decir ‘mamá, no me busques más, estoy bien, estoy juntada, estoy en tal lado’… A mí me van a tener que buscar las pruebas habidas y por haber. Si yo compruebo que es mi hija, ahí voy a decir que mi hija está muerta. Para mí, mi hija está desaparecida”, concluye.
 
SILVIA Y SONIA
Curiosamente, dos años después de que nada más se supiera de Mónica Acuña se produjo la desaparición de otra cajera de La Anónima, aunque los casos no tienen relación. Silvia Picón tenía 27 años cuando el 13 de enero de 2000 salió de la sucursal de Kilómetro 3 a las 22. Según se investigó en su momento, fue a buscarla Roque Sales, de quien se había separado y que por orden judicial debía abandonar la casa que compartían con sus hijos. En la Justicia, el hombre aseguró haberla dejado minutos después del encuentro en la avenida Fray Luis Beltrán, a unos 300 metros de donde la recogió. Si bien siempre fue el principal sospechoso y hasta le dieron vuelta el taller mecánico donde trabajaba, los investigadores nunca pudieron probarle nada. Silvia Picón lleva casi 14 años desaparecida.
Sonia Toro, en tanto, desapareció cuando tenía 35 años, el 17 de mayo de 2005. Nació en Bahía Blanca el 5 de enero de 1970 y fue una de sus hermanas, Marina, quien en este caso se puso la búsqueda al hombro. Ella recordó que Sonia trabajó en Punta Alta como personal civil de la Base Naval Puerto General Belgrano y que luego de casarse con Nelson Hagg, llegaron a Comodoro Rivadavia tras un breve paso por Caleta Olivia. En Bahía nació la hija mayor, Karen, y aquí vio la luz Romina. Eran los soles de Sonia, con quienes compartió todo hasta el día de su desaparición.
Como se había separado, debió ganarse la vida como pudo y uno de sus empleos fue como repartidora de pan. Lo hacía en una camioneta a la que modificó para colocar un colchón y que las niñas estuvieran con ella en forma permanente. Sonia Toro era una mujer emprendedora y amable. También vendía, desde hacía dos años, cosméticos de la línea Mary Kay.
La mañana que desapareció, la mujer -que residía en forma precaria en una casilla en Los Tres Pinos- dejó a sus hijas en el Colegio 711 a las 7:30, para luego pasar por la panadería a buscar lo que tenía que repartir y de paso llevarse algunos productos que necesitaba para festejarle el cumpleaños a una de sus hijas. Pero nunca más volvió por Karen y Romina. “Era una mamá que entraba y salía con sus hijas de la escuela, atenta y amorosa”, la definió Patricia, una docente de sus hijas.
Cuando salieron del colegio, Karen la llamó por teléfono pero no obtuvo respuesta. Fueron entonces hasta la casa de una amiga de Sonia, ubicada a dos cuadras, a quien pidieron ayuda. Desde allí volvieron a llamar al celular y esta vez a una de las niñas la atendió un hombre que rápidamente cortó. “Eso es una de las cosas que nunca se investigó. Los cruces de llamadas están, pero nunca se llegó a una información clave”, evoca hoy su hermana a Letra Roja.
El coche de Toro, un Ford Galaxy, apareció incendiado intencionalmente en una cantera a las afueras de Kilómetro 8. En el interior se encontró un reloj, un bolso con cosméticos, papeles, restos de cabellos, botones, un teléfono celular y prendas de vestir, además de extrañas manchas en la rueda de auxilio. No había cuerpo alguno.
Al otro día, y pese a que debía haber una custodia en la casilla de Los Tres Pinos, la misma fue incendiada. Allí vivía con sus dos hijas luego de distanciarse de Hagg, a quien había denunciado por amenazas. Por supuesto que fue el principal sospechoso de la desaparición, aunque no el único.
Hoy, la familia sigue pensando que A.N. también pudo haber tenido algo que ver. Se trataba de alguien que tuvo una relación sentimental con Sonia; que vivía cerca y que al parecer no se resignaba a la ruptura de la relación.
“Ya pasaron casi nueve años, acá hubo dos sospechosos a los que nunca los investigaron como se debía. La Policía de Comodoro hizo las cosas muy mal”, sostiene Marina Toro, quien solo rescata la labor del investigador Pablo Jaramillo. En este caso también se perdieron pruebas valiosas y la causa apiló más de 500 fojas. Susana Trimarco, la madre de Marita Verón, intentó llamar la atención del caso en algún momento y hasta llegó a someterse a pericia un mensaje que apareció en la puerta de un baño de una estación de servicio en Córdoba que decía “estoy viva; me llevan a La Rioja”.
“Puede haber sido víctima de trata, y también puedo pensar que vio algo que no tenía que ver y la hicieron desaparecer a la fuerza”, reflexiona su hermana 8 años después. En su calvario, los hermanos de Sonia han viajado a Sierra Grande, Coronel Dorrego y Pringles, pero nunca encontraron pistas firmes de esta mujer de 1,65 metros de altura, tez trigueña, ojos claros, una cicatriz en el antebrazo derecho y un lunar en el hombro izquierdo.
“No puede ser que la gente en Comodoro se pierda como si nada, que se la trague la tierra. Si por lo menos aparece un cuerpo, mis sobrinas van a tener un lugar donde llevarle una flor”, dice Marina, quien hoy dirige el Facebook “Buscamos a Sonia Toro” y también forma parte de otras redes sociales que buscan a desaparecidos.

UNA ADULTA, UNA JOVEN
El 26 de setiembre de 2006 desapareció en Comodoro Rivadavia María Isabel Maldonado. Estaba separada y vivía en el mismo terreno que su marido, con quien tuvo 7 hijos. Según testimonios coincidentes, mantenían una relación cordial y en varias oportunidades la mujer había manifestado su deseo de irse de la ciudad.
“Mi mamá se iba a veces cuando se peleaba con mi papá, pero volvía y desde el 23 de setiembre de 2006 nunca más regresó” contó Débora Contreras a Letra Roja. Ella fue quien radicó la denuncia en Fiscalía por la desaparición de su madre, una semana después de carecer de noticias. Nunca más supo nada.
El 22 de abril de 2010, Angela Carolina Díaz fue vista por última vez en Comodoro Rivadavia. Su hermano Leandro radicó la denuncia el 10 de mayo, 18 días después. “La ausencia por unos días era normal para las amigas, pero ya a esta altura del partido no hay noticias de nada”, dijo el joven en ese momento.
La chica tenía 21 años y una hija de 5. De acuerdo al testimonio del hermano, la ex pareja de Angela le había asegurado que la joven se había ido a Buenos Aires por “negocios”, aunque llamativamente nunca más atendió su teléfono, ni se comunicó con ellos.
Hoy hace tres años que no se sabe nada de la atractiva morocha de 1,68 metros, tez trigueña, delgada, cabello negro y ojos marrones.
El sábado 22 de mayo de 2010, la policía allanó el domicilio de José González, su ex pareja, ubicado a 20 metros de la Seccional Segunda. Secuestraron un teléfono celular y se efectuaron excavaciones debajo de una vereda de hormigón, aunque sin resultados de utilidad para la causa.
Curiosamente -o no- el papá de Carolina, Leandro Arturo Díaz (61) también se hallaba desaparecido desde el 1 de enero de 2009, mientras ocupaba un predio que había sido abandonado en el Cordón Forestal, el cual acondicionó y puso a funcionar un taller de chapa y pintura, hasta que nada más se supo de él.
Pese a su corta edad, cuando desapareció Angela era una de las responsables del pub “Agama”, ubicado en San Martín 1.122, en el centro de Comodoro. Tras buscarla en diversos puntos de la provincia de Buenos Aires, hoy su hermano dice que “nunca se encontró nada, nadie escuchó ni vio nada. Realmente es desconcertante; no puede ser que se la trague la tierra. Se siente un vacío enorme, no la podés visitar. Comodoro es tierra de nadie, tiene una geografía para entrar o sacar gente muy fácil. Nosotros recorrimos el campo, entrás y salís por 30 caminos diferentes, y cuando pasás por el puesto de control, no te revisa nadie”.