Comodoro pretende volver la vista al mar, pero las playas están de por medio

En busca de baños de sol o de mar, de descanso o juegos al aire libre, habitantes y visitantes podrían disfrutar de la hermosa costa de Comodoro Rivadavia, pero las playas protegidas de la zona norte demuestran un estado que contradice la intención de revalorizar el vínculo de los comodorenses con el mar.

Desarrollado por la Fundación CEPA, técnicos del Estado municipal y referentes de organismos públicos, privados y organizaciones intermedias, el nuevo «Modelo de Ocupación Territorial y Plan de Desarrollo Sustentable» se propone regir la política urbanística del gobierno de Martín Buzzi.
El trabajo contempla la necesidad de revalorizar el vínculo de la ciudad con el mar, que es «su principal referente paisajístico y recurso natural», según dice, y en este sentido promueve la posibilidad de generar un nuevo frente costero urbano al sur del puerto.
Las obras que entraña esa idea son millonarias y su ejecución demandaría años. En cambio, existen otras muchas acciones por ejecutar, mucho más económicas y en plazos más breves, para revalorizar ese vínculo, desvirtuado también por el impacto de la actividad petrolera que volvió tierra adentro la vista de esta ciudad nacida como pueblo portuario.
Del puerto hacia el norte, el estado de las playas de la ciudad revela que revalorizar ese vínculo demandará de las autoridades algunas decisiones simples, y más trabajosos cambios de hábitos entre los habitantes, porque es evidente que en muchos todavía no prende aquella prédica constante sobre el respeto y el cuidado del medio ambiente, y menos ésta en boga últimamente, sobre el valor de los espacios públicos.
Cuánto más alejadas del centro, mayor es el descuido que demuestran estas playas.
A la costanera se la ve limpia por estos días, casi impecable. Por lo menos se repintaron en el sector los cordones y algunos muros. Pero en el cantero principal lucen tristes y solitarias unas pocas plantas extrañas, sedientas. Faltan tachos de basura: sólo hay un contenedor de Clear estacionado entre los autos y un par de tanques azules recortados como todo recipiente. Y de las piedras asoman varios caños sin razón, útiles para portar carteles que ya no existen, y hay otros, todavía enteros, que aparecen ilegibles por el óxido.
Parece una ironía, pero apenas se distingue la leyenda que dice: «su vida y la de los otros depende de éste y otros elementos que la sociedad pone a su alcance. No lo dañe. ¡Cuídelo! No sea responsable de la pérdida de una vida», y lo firman la Prefectura y Defensa Civil.

SEMBRADA DE ESCOMBROS
En Kilómetro 3, la primera playa protegida de zona norte aparece bastante más descuidada. A ella no le llegó todavía este año la pintura que serviría para disimular el deterioro de tantos elementos.
Varios de los barriles metálicos que sirven de tachos de basura en la zona de estacionamiento ya no cumplen su función. El óxido les arruinó las bases y por allí deponen la basura que los ciudadanos cuidadosos depositan por arriba (latas de aceite recicladas como tachos en la ciudad de la bonanza).
La última de las escalinatas que sirve de bajada a la playa está destruida. Ahí, la baranda metálica azul de la rampa para sillas de rueda yace en el piso, con sus raíces de cemento al sol. Otra demostración del respeto que la ciudad prodiga a los vecinos impedidos de andar sobre sus piernas.
La ausencia de hamacas es bien evidente en la triste zona de juegos infantiles y unos pasos más allá, apretados entre las casillas de los guardavidas, los bloques desnudos de una pequeña edificación derruida demuestran que, alguna vez, a alguna administración municipal se le había ocurrido construir un par de baños.
La playa en sí, ese extenso manto de piedras bañado por al mar turquesa que honra este paisaje, disfruta del decorado particular que le imprimen cientos de piedras de hormigón desperdigadas en toda dirección, muchas veces acompañadas de fierros oxidados y latas que parecen invitar a gritos al bañista descalzo: «disfrute del mejor tétanos este verano».

LA PLAYA DE LOS FOGONES
En Kilómetro 4, en cambio, escombros y fierros demuestran mayor unión y volumen, juntos y revueltos en sectores específicos de esa playa, limitada por un acantilado, a cuyos pies, basuras de todas las calañas contrastan con el amarillo trigueño de los pastizales donde descansan enredados.
A esta playa, otra de las protegidas por guardavidas en la zona norte, el año pasado se la pretendió potenciar con la instalación de una serie de fogones, pero justo bajo el nivel de una calle muy cercana, por la que circulan vehículos levantando esa polvareda que tan mal se lleva con las carnes asándose. Y ya los fogones, encima, empiezan a verse rotos y mal parados, por su deficiente construcción algunos, y otros, por la indudable ayuda de extraños parrilleros que se violentan.
En ese sector, mucha basura juega a las escondidas contra el viento, detrás de un fogón más grande y techado, como para contener una parrilla que, si ayer hubiera estado, hoy ya no: se la hubieran robado.

BASURA
La siguiente playa protegida es la de Restinga Alí, tal vez una de las más bellas de la ciudad. En el predio de la vecinal, los fogones de este barrio lucen todavía peor que los del 4, detrás de un alambrado destruido, como si un óxido de siglos le pesara toneladas.
Frente a la playa, sobre la primera calle, hay dos especies de plazoletas que dividen las manos de circulación. Están modestamente forestadas, pero abandonadas con gran decisión, sembradas de escombros y basura.
Ayer la playa lucía sucia. Aunque dicen que al comienzo de la temporada estaba más mugrienta todavía, la basura parece ser todavía el tercer material del que se compone esta playa que combina también piedras y arena. Lo que sobran son botellas, pero también hay un par de colchones por si a alguien les quedaran cómodos.
Las mareas parecen ser más bajas que en años anteriores y sobre la arena suelen quedar desnudos temerarios restos de caños, de aquellas históricas pasarelas petroleras.
Se observan también una serie de carteles oxidados, pero en pie, o columnas que los habían soportado. Y altas sillas oxidadas de guardavidas que ni las usan.
La basura también se acumula en las orillas de esa laguna de aguas servidas sobre la que nadan algunos patos valientes, al norte de la playa.
Algunos vecinos quieren hacerla desaparecer, para evitar el mal olor, el mal aspecto y la mala fama, y piden que las autoridades tomen cartas en el asunto, abran al fin un canal de desagüe «y se lleve el mar toda esa mier...».
Al norte de Restinga, las siguientes playas más visitadas de la ciudad son las de Caleta Córdova, pero últimamente una espesa mancha de petróleo nadó hasta la costa y las tiñó de un negro viscoso, como si la industria petrolera hubiera practicado una burla contra su propia prédica constante en defensa del medio ambiente, justo a 100 años del descubrimiento de ese oscuro tesoro.

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