Cristian Alarcón: “en la villa aprendí a desconfiar de las voces por sí solas”
El gran narrador y referente del no ficción, autor de “Cuando me muera quiero que me toquen cumbia” (2003) y “Si me querés, quereme transa” (2010), plantea en diálogo con Letra Roja que en la relación entre muerte y crimen organizado, entre muerte y corrupción, entre muerte y cultura de los bajos fondos, “es donde se encuentran muchas respuestas a lo que le pasa a una sociedad y su contemporaneidad”.

 Hijo de padres chilenos que decidieron exiliarse en la Argentina durante la sangrienta dictadura de Augusto Pinochet Ugarte, Cristian Alarcón Casanova se crió en Cipolletti, Río Negro. Su padre fue petrolero y deambuló por toda la Patagonia argentina, por lo que el escritor radicado en Buenos Aires tiene algunas referencias de Comodoro Rivadavia.

Ha estado en medio de las balas en la villa San Fernando cuando escribía la historia del “Frente” Vital, un mítico joven que fue asesinado por los escuadrones de la muerte de la Policía Bonaerense. Allí ha temblado más que los niños y los viejos. Pero a lo que Cristian le tiene miedo en realidad es a perder la vida en un accidente de tránsito, como en aquellas vacaciones en que su familia viajaba hacia Chile y volcó el vehículo que conducía su padre.

Pese a ese temor a los sinuosos caminos cordilleranos, hace cinco años que Cristian viaja en forma continua al sur de Chile, a su natal La Unión, cerca de Osorno, donde investiga para su nueva publicación. Será una novela de no ficción sobre una gesta heroica en los tiempos de Pinochet.

Se obsesionó con la historia de una patrulla de guerrilleros perdida en una montaña cercana al pueblo maderero de Neltume y de un capitán del ejército que encabeza una cacería y ejecuta una masacre. Testimonios exclusivos de algunos soldados, son para Alarcón ese fuego que le da calor a su nueva aventura literaria que representa a la vez un trabajo de investigación periodística.

Sus inicios como periodista fueron en la sección policial. Estudió en la Universidad Nacional de La Plata y trabajó en los diarios Hoy, Página 12 y Crítica. Supo caminar junto al maestro Enrique Sdrech, explicando una investigación rigurosa de un crimen en La Plata que la policía había informado como suicidio.

Son historias en las que se sumergía de manera tal que no descansaba hasta encontrar la verdad. En esos años de bautismo en la escritura policial iba y venía en la lectura del policial negro del capitalismo salvaje que se expresa en historias de crímenes y detectives.

Ya tenía también una profunda admiración por autores de no ficción como Truman Capote y Rodolfo Walsh.

Sus crónicas narraron desde el degollamiento de una bailarina que tuvo en vilo a los platenses, a la desaparición forzada de su amigo y compañero estudiante de periodismo Miguel Bru, ingresado a la comisaría 9 de La Plata en agosto de 1993 según los testimonios de los detenidos y desaparecido desde entonces.

Alarcón confiesa que allí fue en donde más aprendió, en la calle, en los tribunales, en las comisarías, donde buscó el sustento de todo buen policial, la información.

Además de su trabajo en los diarios, escribió crónicas narrativas en las revistas TXT, Rolling Stone y Debate.

Hoy coordina talleres de crónica en Buenos Aires y otras ciudades de América Latina. Es maestro de la FNPI (Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano) fundada por Gabriel García Márquez. Dirige la revista Anfibia de la Universidad Nacional de San Martín y la Agencia de Noticias Judiciales INFOJUS. Es fundador de Cosecha Roja, la Red de periodismo judicial de América Latina. Ha sido becado como profesor visitante en la Universidad de Austin, Texas.

Su libro “Cuando me muera quiero que me toquen cumbia” –ver aparte– superó las 26 reediciones y ha sido galardonado con el Premio Samuel Chavkin a la integridad en el periodismo.

Alarcón es un maestro de la narración y de la crónica, pero cuando habla, también enseña.

n ¿Cómo empezaste a introducirte en lo periférico, en lo marginal?

- Muy lentamente, todos piensan que yo tengo un ADN villero o del mundo popular, puede que sí de lo popular, pero popular rural. Mi acercamiento fue tímido, cuidadoso, y a raíz de los propios casos. Yo recién comencé a visitar las villas en Página 12 de Buenos Aires, cuando empecé a investigar los escuadrones de la muerte que terminó después con la vida política del ministro de Seguridad, Ramón Oreste Verón, a raíz de una acordada de la Corte Suprema bonaerense que decidió denunciar que había eliminación sistemática de jóvenes menores, sobre todo en el conurbano norte.

Iba a los funerales a ver a la familia de los pibes muertos. Un caso me llevaba a otro. Comencé a coleccionar los cables que llegaban de las agencias de noticias en los que aparentemente la policía muy valientemente en un supuesto tiroteo había vencido a estos feroces ladrones. Que en realidad eran niños cada vez más chiquitos, muchos de ellos adictos a la bolsita de poxi-ran, que sobraban, que eran el detritus de ese neoliberalismo feroz que sumió en la pobreza y la muerte a los argentinos en los 90.

Es muy cierto que tuve miedo en el primer tiroteo que me tocó estar, que temblaba más que los propios niños, que las mujeres y los viejos. Estaba en la última fila de los valientes, donde estaban los cobardes. Necesité de la ayuda de las mujeres y de los jóvenes para caminar por los barrios. Y que además tuve que cambiar mi fisonomía.

La madre del Frente Vital exagera que yo al comienzo iba a la villa después de mis fiestas electrónicas en el centro de Buenos Aires, me tomaba el tren a San Fernando y ella dice que yo iba con un pantalón de flores. En realidad iba con un pantalón elefante a cuadros y ella dice que iba con suecos, y en realidad iba con borcegos. Ella lo recuerda y lo recrea como todo testigo falso. Eso lo sabemos, todo testigo es falso en sí mismo. Yo aprendí también eso en la villa, y no solo en la villa, sino en la literatura y periodismo literario, a desconfiar del testimonio. Desconfiar de las voces por sí solas, como si las voces por sí solas fueran verdad.

Cristian caminó en San Fernando junto a la madre, amigos y vecinos de Víctor Manuel Vital, conocido como “El Frente” Vital, todo un mito. A él se encomiendan los ladrones del barrio antes de salir a robar y también le adjudican curaciones milagrosas, fugas de la cárcel y asaltos redonditos.

Como el mito de Francisco “Pancho” Martínez –abatido por la policía en el asalto a una distribuidora en Comodoro Rivadavia– que según el mito urbano robaba pero ayudada a los necesitados, “al Frente” lo consideran allí en San Fernando un “Robin Hood”, que repartía lo que robaba en algún camión de lácteos entre los pibes de la villa. Vital, al igual que Martínez murió baleado por la policía, en este caso por La Bonaerense.

Según pudo reconstruir Alarcón a partir de testimonios, cayó fusilado por un policía, cuando estaba escondido y sin armas bajo una mesa en un rancho, mientras gritaba “¡No disparen, nos entregamos!”.

n Esa es la clave del policial, la denuncia, en buscar y encontrar esas historias de crímenes que están ocultas.

- El policial es uno de los géneros periodísticos que más invita al género de autor porque es en el crimen sobre todo en el que afecta a la vida humana, en el homicidio, la forma de matar, en los móviles para el crimen, y en la relación entre muerte y crimen organizado, entre muerte y corrupción, entre muerte y cultura de los bajos fondos, donde se encuentran muchas respuestas a lo que le pasa a una sociedad y su contemporaneidad, a eso que es acuciante para una sociedad que se está expresando a veces ni siquiera en discurso sino en esos hechos tan irruptivos como son los hechos de violencia, que en definitiva termina siendo la materia prima del relato policial, el quebrantamiento de la ley a través del ejercicio de las violencias.

Hoy está en la mesa pública de manera muy contundente el femicidio, como caso ejemplar de lo que significan las violencias modernas. Es un ejemplo y es un tema para analizar cómo llegamos a este nivel de visibilidad de algo que fue invisibilizado durante tantas décadas.

n ¿Por qué crees que se da en este momento?

- Es interesante el momento no solo para analizar el impacto que ha tenido una organización espontánea de mujeres como propia, un grupo de mujeres reconocida en lo cultural que se reúnen azoradas por el incesante goteo de sangre de su congéneres, de sus compañeras de género, que se ven una y otra vez en las tapas de los diarios y en los noticieros de policiales que se ven como víctimas.

También ha habido una especie de espiral, que se ha producido por varias cuestiones. Una es la larga militancia de las mujeres argentinas organizadas y de mujeres políticas, mujeres activistas, de varones activistas que llevan varios años luchando por visibilizar esta problemática. Por visibilizar estos conflictos.

Y eso montado a ese sistema de medios, porque también es cierto que las redes sociales posibilitan otro tipo de impacto cuando hay creatividad e inteligencia en las convocatorias.

Y a la relación directa que hay en las redes sociales y los líderes de opinión y los showman de la cultura popular televisiva y que lo vuelven todo al mismo tiempo de un enorme licuado, un producto. La demanda histórica de las mujeres que se mantuvo encorsetada o disminuida en su potencialidad masiva por los propios medios de comunicación que nunca le dieron le dieron espacio a este tema, excepto honrosas excepciones. Resulta ser que ahora también lo vuelven uno más de sus “leit motiv”, porque “hay que estar de onda, hay que estar en el lugar indicado”.

Y en este país donde los Derechos Humanos se han instalados como algo que ya no puede ser discutido, también se ha instalado la corrección política de manifestarse del lado de las mayorías supuestamente progresistas. Es un efecto a analizar que tiene un costado sumamente positivo.

La masividad de un reclamo que después puede retraerse, que puede diluirse con un viento que venga, porque un hecho policial mediático masivo es eliminado por el que viene, esto va a ser así, desde las Teorías de la comunicación que nos enseñaron en la facultad.

Y al mismo tiempo que puede ser diluido por el mismo devenir de la historia y de la praxis de las sociedades, y de la praxis política, algo queda, algo sustancial está ocurriendo con esta visibilización que vemos.

n ¿El periodismo policial y la antropología van de la mano?

- Algunos hemos querido abrir la cabeza y entender tempranamente que el periodismo policial requiere de una lectura compleja de lo real, de análisis desde diferentes ópticas, de diferentes disciplinas, y desde distintas playas teóricas. Es inexcusable que no se conozcan en las escuelas de comunicación las disciplinas que le permitieron al ser humano conocerse así mismo, conocer a las sociedades. Conozco muy buenos alumnos de historia que se han vuelto muy buenos periodistas.

La Revista Anfibia rescata esa tradición. Es una red de intelectuales latinoamericanos atravesados por la literatura, la política y el conocimiento. Y Cosecha Roja, es un medio más de nicho. Ha llegado a tener más visitas que Anfibia y que Infojus. Es un medio que ha impactado directamente en esas zonas de la cultura que no había sido tenido en cuenta por los medios masivos. Es una experiencia maravillosa de construcción colectiva. Nace como una red latinoamericana de periodismo judicial con la Fundación García Márquez con tramas de violencia que pasan desapercibidas.

n Buscar salir del policial duro…

- Se puede contar un policial progresista con la perspectiva de los Derechos Humanos, un policial que sabe de víctima y victimización, que sabe de victimario y casa de brujas, y se puede contar la violencia sin que el relato de la violencia tenga consecuencias sobre unos u otros más allá de dar cuenta de que vivimos en un mundo que muchas veces con motores violentos.

Un policial revolucionario que rompa con el patriarcado, que se regodea en el morbo, que pone el acento en encontrar el culpable a toda costa, que juega con la fuente policial como si de la fuente policial se obtuviera la verdad. Que propone a la Justicia como única fuente de aquello que pudiera haber ocurrido, que soslaya los matices del territorio que te devuelven los barrios y los lugares, el clima y la geografía y la composición social y cultural de los que están vinculados a un hecho policial.