Cuando calienta el sol, pega el viento del este

Eran las 3 de la tarde y había 23 grados. Pero como el viento soplaba del este, desde el mediodía, entre «leve» y «moderado», las chicas se cruzaron de este lado del muro y sobre la vereda extendieron reposeras, lonas y esterillas para posar sus cuerpitos encima.

Así, cualquiera que recorriera en auto o caminando la calle costanera en Rada Tilly podía verlas, tomando con toda su piel el sol que ayer volvió a acariciar estas costas con tierna calidez.
Lo mismo hicieron muchos hombres y veteranos de ambos sexos, y es cierto que, para perjuicio del observador, éstos eran muchos más que las damas de bello asolearse. Pero como todo el mundo sabe, cada verano, los medios de prensa no tienen ojos más que para chicas en diminutas prendas de baño, así que esta crónica evitará mencionar los juegos de pelota y las rondas de mate que, como toda gracia, circulaban entre el resto de los cuerpos que ayer se esforzaban por superar su palida presencia en el paseo costero.
No es que en la playa, sobre la arena, no hubiera gente ni chicas. Sí que habían, bastante, pero andaban vestidas, o cubiertas, por lo menos con remeras (o acompañadas, de padres o novios amenazadores, que mejor ni acercarse).
También pudo verse varios bañistas valientes, de esos que saben que el viento del este se sufre en la arena, porque en el agua, después de un par de minutos de patalear, el cuerpo se aclimata, como de regreso a la fuente, y entonces ya no preocupa el viento ni nada, hasta que llega la hora de asumir otra vez el estado terrestre, que es cuando los valientes, tiritando ridículamente, emergen entre las olas rogando por una toalla.
A los chicos de la colonia municipal el viento no les importaba. Eran 60. La mayoría de los pibes estaban en cuero, jugando exitadísimos, un juego de cuatro grupos y una pelota, mientras algunas chicas construían casas, tortitas o vaya uno a saber que cosa con arena, mientras otros corrían, saltaban o cavaban profundos pozos, con la alegría típica de los chicos sin más responsabilidad que pasar un divertido día de vacaciones o forjar su vocación de ingenieros a fuerza de pala y balde.
Pero pronto se iban a tener que ir y empezarían los rezongos. A las 4 y media los esperaban en la Escuela 119 con la merienda servida. «¿Y mañana venimos? Dale, dale, vengamos, vengamos», se iría gritando un inquieto colono, volviendo loco no tanto al profe como al colectivero, sin saber que es muy probable que hoy no haya playa para nadie. Porque el pronóstico de ayer a la tarde amenazaba con un cielo «parcial nublado», un viento «leve del oeste cambiando al sector este» y una temperatura que andará el día «en descenso». «Máximo 18, mínima 10», dijo el pronosticador. Ojalá las chicas no se enteraran.

Fuente:

Dejá tu comentario

Las Más Leídas del Patagónico