De ladrón de bicicletas a asesino

Héctor Sepúlveda Soto asesinó a Angel Barría Ulloa en una cantera de caliza camino a Rada Tilly. Se consideraba “defraudado” en su “negocio” de cubiertas robadas. Le decían “el bonito”. Era parte del mundo del hampa desde que tenía 12 años y robaba bicicletas. Tenía 20 cuando cometió el crimen. Condenado a prisión perpetua, ocho años después se fugó del Depósito de Encausados y nunca más se supo algo de él. De esto hace ya 47 años.

Su nombre era Héctor Sepúlveda Soto y había nacido en Esquel. Le decían “el Bonito”, apelativo al que él ayudaba luciendo invariablemente un elegante pañuelo al cuello, a tono con el sombrero que entonces se estilaba. De ojos claros azules y grandes, no faltaba el que lo comparara con algún actor de radionovela de entonces.

Su jopo lacio peinado de izquierda a derecha podía ser el suspiro de cualquier mujer que cayese en su trampa. A ellas les tenía paciencia y compasión, pero a ellos no. Se sabía mover en la calle desde temprana edad. Es que a los 12 años ya tenía prontuario policial. Empezó robando bicicletas en la calle, pero la notoriedad pública la adquirió el 1 de julio de 1960. Fue cuando se supo que Angel Bienvenido Barría Ulloa, un hombre al que había herido, falleció en el Hospital Municipal porque tenía su hígado perforado de un balazo.

“El Bonito” lo había prácticamente ejecutado en una cantera de caliza camino a Rada Tilly, el 28 de junio a la noche. Lo había citado para que le diera dinero por unas ruedas robadas que le había vendido.

Bienvenido sospechaba de las intenciones de “el Bonito” y ante la presunción de que le robase, no llevó todo el dinero pactado. Por eso cuando Sepúlveda Soto le pidió el dinero, le ofreció una billetera con 9.800 pesos en su interior. Para “el Bonito” era poco y no contuvo la furia. Sacó su Ballester Molina, calibre 22, y le pegó tres tiros a Barría Ulloa. Un plomo le perforó el brazo derecho y cuando Barría Ulloa ya estaba de espaldas intentando escapar, recibió un proyectil en la espalda y otro en el abdomen. A traición y sin miramientos. “El Bonito” no tenía piedad con quienes no complacían sus pedidos.

El crimen tuvo ribetes macabros porque para terminar con su “obra” “el Bonito” tomó algunas piedras de la cantera y apedreó a Barría Ulloa hasta que dejó de respirar. “Hasta dejarlo examine” describiría luego el diario El Rivadavia. La crónica policial daba cuenta de que el ataque de Soto era “en venganza por considerarse defraudado en su negocio de cubiertas robadas”.

RELACIONES

PELIGROSAS

El asesinato fue rápidamente esclarecido. El subcomisario Justo Paz detuvo a Sepúlveda Soto y le secuestró el revólver con el que cometió el crimen. “El bonito” era conocido por la Policía porque no era la primera vez que caía detenido. A los 12 años había iniciado su carrera delictual con un hurto, luego de ser detenido, junto a otros menores, por robo de dinero a César Alvarez en su tornería.

El hombre había denunciado en la Policía que el 27 de noviembre de 1952, a las 9, le habían sustraído 140 mil pesos del cajón de dinero de su tornería. Las autoridades policiales de la Gobernación Militar esperaron casi un mes por la recepción de actas de nacimiento de Héctor, Carlos, Alberto y Luis, el grupito de niños y adolescentes detenidos, en busca de poder confirmar las identidades, por lo que no pudieron avanzar en la investigación judicial.

El muchachito de pelo castaño y largo, ojos claros, perfil y mentón vertical con su 1,33 metros de altura ya comenzaba a formar parte de los legajos judiciales de la época. “Ideología social no definida”, rezaba su prontuario. Toda una definición en aquellos años de Guerra Fría.

El 26 de mayo de 1958, Ernesto Ojeda, un vecino del barrio Pietrobelli, denunció que le habían robado la bicicleta del bar “Carlitos”. El rodado de media carrera estaba valuado en 2.000 pesos, dijo la víctima del robo. Un mes después, el 25 de junio, “el Bonito” fue interceptado por la Policía pedaleando la bicicleta de Ojeda. Ya había dejado de ser punguista; ahora era todo un ladrón de bicicletas. Y no del neorrealismo italiano, precisamente.

Pese a los intentos por encaminar su vida, ya que su presencia implicaba una aceptable carta de presentación, “el Bonito” transitó un tiempo por el camino de la legalidad. Pero como la ocasión hace al ladrón, su oficio como cadete lo tentaba a diario y no tardó en quedarse con plata que no le correspondía.

Decía vivir en Misiones y Saavedra y se lo identificaba a menudo con su grupo de esquina en las calles Alem y Alvear, en los altos del Pietrobelli. Allí donde supo reinar “la banda de Picota”.

Poco tiempo después, “el Bonito” mutó a ladrón de autopartes y había encontrado en el negocio de cubiertas robadas el mayor de los réditos. Intentar vender lo que había robado en un vehículo estacionado en la calle Italia al 600 lo llevó a la codicia y de allí a matar a un ser humano. Querer más sin importar cómo. Para “el bonito”, el menudeo y robos ocasionales fueron el camino que lo convirtió finalmente en un asesino.

Al ser detenido por el crimen de Barría Ulloa lo llevaron detenido a compartir pabellón con delincuentes apellidados Medina, Rodríguez, Pinedas, Batista y Martínez, presos por robos en la Seccional Tercera y Mosconi, así como con otros del Depósito de Encausados como Singles, Almonacid, Aguilar, Godoy, San Martín, Caserotto, Miranda, Hernández y Farías.

Por la causa de hurtos reiterados de repuestos de automóviles, finalmente fue sobreseído por prescripción penal y tras su paso por la Unidad 6 de Rawson el 14 de febrero de 1968, entre las 17:40 y las 18, se fugó del pabellón de Encauzados de Comodoro Rivadavia.

Según el informe policial de los celadores, “el bonito” salió del pabellón al patio para que le limpiaran la celda. Ese recreo le alcanzó para salir del grupo de esos diez presos del pabellón y burlar la seguridad de lo que ahora es la Alcaidía Policial. Uno de los que en ese turno lo cuidaba era el agente Eleuterio Urrutia (asesinado luego en una fuga armada, historia contada en este suplemento).

La Policía hizo vigilancia en su domicilio y en el de sus compinches de pabellón, pero no lo encontró. Incluso lo buscaron en un taller del barrio Jorge Newbery. Las autoridades daban cuenta de que estaba cercado; que lo habían visto por allí, pero “el Bonito” Sepúlveda Soto había mutado otra vez: ahora de asesino condenado a perpetua a evadido de la Justicia.

Hasta el día de hoy nunca más se supo nada de él. 

Fuente:

Dejá tu comentario

Las Más Leídas del Patagónico