Del estupor al asco

 El fallecimiento del fiscal Alberto Nisman generó una verdadera tormenta de sensaciones. La primera, sin dudas, fue la de sorpresa porque cuando el lunes nos levantábamos la información inicial que la mayoría buscamos, más allá de la relativa al agua y otras necesidades y angustias de los comodorenses, era saber de qué manera iba a realizarse la audiencia en Diputados en la que el Fiscal iba a fundamentar y dar pruebas de su grave denuncia contra la presidente Cristina Fernández de Kirchner y otros funcionarios del gobierno por supuesto encubrimiento a los teóricos responsables de la cruenta voladura de la AMIA en 1994.

En lugar de encontrarnos con detalles de esa esperada audiencia, es decir saber si finalmente iba a ser reservada o pública, nos desayunamos con el título en www.elpatagonico.net “Hallan muerto al Fiscal Nisman” que -de inmediato- nos movilizó a encender radios y televisores para ampliar esa información que era tan escueta como explosiva.

A la sensación de sorpresa luego le agregamos la del asco, al menos esto es lo que me pasó en lo personal al ver cómo los grandes medios, y de acuerdo a sus intereses, presentaban la información. Los pro gobierno indicaban, amparados en las primeras pistas (hay que reconocerlo) que se trataba de un suicidio pero a eso, y con una temeridad mayúscula, le agregaban las razones que no eran otras que la de haber sido utilizado (el Fiscal) por los servicios de inteligencia para hacer una denuncia falsa que ahora, en los momentos previos a la audiencia en Diputados, Nisman descubrió que era falsa. “Ante el papelón, el fiscal decidió suicidarse”, afirmaban sueltos de cuerpo y casi con una sonrisa, la misma que disimulaban los primeros actores del gobierno que sumaban su voz, sus rostros y actos fallidos para repetir el esquema.

Los medios y periodistas del otro lado, partiendo de la natural desconfianza que debe tener un periodista (esto también hay que reconocerlo) ya hablaban en los primeros minutos de un asesinato y a eso, con una temeridad absoluta, le agregaban datos como “es lo que piensa y dice la calle, que al fiscal lo mataron y apuntan al gobierno”, resumían irresponsablemente y también con rostros que mutaban de un rictus compungido a otro cercano a la felicidad; esa que compartían con los principales actores de la oposición, que también apenas disimulaban su éxtasis.

En el medio de ambas versiones, además del ya cadáver frío del Fiscal, estaba y está el resto de la sociedad argentina que no salía de su asombro por lo ocurrido y, como ocurre, iba fijando su posición de acuerdo al discurso que más se acerca a su consumo de medios o a su pertenencia partidaria. Muy pocos, al igual que los responsables de brindar información, ensayaron el camino crítico de tomar distancia del posicionamiento ideológico para tener en claro que se estaba ante uno de los casos más resonantes de la historia político-judicial de la República Argentina, y plantear desde allí sus preguntas y dudas.

Por eso, para varios, esa sensación de asco fue ganando espacio porque una vez más -pero ahora ante un caso conmocionante y con derivaciones que nadie hoy todavía puede anticipar- cada uno atendía su juego y sus intereses porque nadie se preocupaba por las instituciones y por el peligro que para las mismas genera que el Fiscal haya sido asesinado, se haya suicidado o lo hayan suicidado.

Así transcurrió el camino y el devaneo periodístico-político del arranque de la semana, hasta que el jueves la propia presidente Cristina Fernández de Kirchner indicó por redes sociales que no compartía la teoría del suicidio, esa que desde el mismo poder que encabeza se había alentado y habían repetido sus funcionarios y los periodistas funcionales que, en esta ocasión, no se tomaron siquiera dos minutos para pensar que esta vez no podía repetirse el eterno argumento de la conspiración de los grandes medios.

Lo único que está claro, además del escenario permanente de confrontación entre dos visiones distintas de la realidad, es que, sea lo sea que le haya sucedido a Nisman, es que los servicios de inteligencia una vez más hicieron de las suyas, como lo vienen haciendo con la causa AMIA antes de que el edificio de la mutual israelita estallara el 18 de julio de 1994.

Para algunos, los servicios fueron los responsables de alentar y fogonear al Fiscal en su denuncia falsa. Así lo piensan desde ese lado del mostrador y luego, con el daño ya provocado, le mostraron la realidad y éste no tuvo otra que suicidarse para evitar la vergüenza. La otra teoría es que estos mismos agentes lo indujeron al suicidio, tal vez con amenazas sobre sus familiares o de revelar algún secreto. La tercera hipótesis es que estos mismos agentes, como en las películas, se introdujeron en un bunker inaccesible, lo mataron y luego sembraron las pistas falsas para avalar un suicidio.

El más perjudicado con lo sucedido, en el plano político al menos, es el gobierno. Es el gobierno el que queda directa o indirectamente relacionado con el destino final del fiscal, y son el gobierno y el oficialismo los que se quedan sin poder demostrar si la denuncia de Nisman es o no falsa.

Por esas razones -y porque es gobierno- es que la conducción del Estado debe dejar de lado cualquier especulación electoralista y egocéntrica, y avanzar junto con una justicia independiente seria y valiente, en el esclarecimiento serio y real de lo sucedido con Nisman.

A esta altura del partido hay que decir con dolor que hay muy pocas chances de que alguna vez sepamos quienes fueron los responsables del atentado a AMIA, que recordemos tuvo como saldo el asesinato de 85 personas. Tal vez para eso ya no haya ni solución, ni tiempo, ni argumentos porque todo ya fue contaminado y dañado, pero sí podemos -al menos- saber qué pasó con Nisman.

En definitiva se trata de dejar de lado todas esas sensaciones que todavía sentimos para, a partir de la verdad, empezar a palpar y vivir en una cercana a la justicia, tanto para el Fiscal, su familia, y para una causa que, vaya a saber por qué razones, nunca fue nacional ni popular.

Solo así los argentinos dejaremos de ser protagonistas involuntarios de un mal thriller policial-político, de esos que Hollywood y los escritores de best seller escriben casi como en serie y con la muletilla “basado en hechos reales”.

Fuente: Saúl Gherscovici

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