El barrio 17 de Octubre acumula inconvenientes y despreocupación

Ante la inacción de la Unión Vecinal, cerca de un centenar de residentes del barrio 17 de Octubre salieron a reclamar ayuda a los gobiernos municipal y provincial para reactivarla. Les inquieta que el sector se convierta en una "villa miseria" por el modo de vida violento y la falta de alternativas juveniles. Además están los problemas estructurales en calles y en los servicios.

Caleta Olivia (Agencia)
En el barrio 17 de Octubre viven 240 familias, en un segmento que está alejado del microcentro, a cuatro kilómetros aproximadamente hacia el oeste, enclavado entre la ruta provincial 12 y la ruta nacional 3.
A más de cien vecinos les preocupa que el barrio se esté tornando en una «villa miseria», no tanto por la «pobreza económica» sino por el modo de vida violento y la despreocupación generalizada en las casas, veredas rotas, en los cordones cunetas a medio hacer, en los montículos de basura que se van apilando en las esquinas, las pequeñas jaurías de perros deambulando o en los olores nauseabundos. 
La Unión Vecinal, que debería ser una de las más activas de la ciudad para contener la problemática, «brilla por su ausencia», según denuncian los vecinos.
Este preocupado grupo de padres de familia, encabezados por Walter Salas, Alicia Mabel Barceló y Marcela Olsen, entre otros, pide la remoción de las autoridades de la Unión Vecinal.

LOS DE ARRIBA Y LOS DE ABAJO
La barriada tiene un sector de casas construidas por particulares y otro que fue edificado a través de un plan estatal de 128 viviendas y se ha caracterizado, en los últimos tiempos, por ser espacio de reyertas entre patotas juveniles y de violencia familiar.
Todos aquí se conocen, como en un pueblo. Pero «el infierno» va creciendo, debido a la pugna entre jóvenes, los que se distinguen como «los de arriba» y «los de abajo».
«El problema central está en los niños y adolescentes que no tienen alternativas, que son víctimas de la desidia de los mayores, que no saben qué hacer y por eso inventan esa rivalidad», sintetizaron los vecinos en la charla con Diario Patagónico.
A la tarde se observa a los chicos saliendo con una pelota a buscar algún espacio para jugar ya que no hay canchas y se encuentran en alguna cuadra, o al costado de la sede vecinal donde hay un playón con el cerco desmantelado.
Al frente del playón, se ubica la «plaza» Manuel Belgrano, un baldío rodeado de algunos arbolitos conteniendo matas altas, basura y un herrumbrado juego infantil.
En las esquinas, es frecuente ver por las noches a varios muchachos tomando cerveza o consumiendo estupefacientes. Hace un par de años empezaron las peleas con armas blancas y a alguna que otra persona se la vio sacando su arma de fuego para dirimir enfrentamientos.
«¿La culpa es de los chicos o de los adultos que no hacemos nada?», se pregunta Marcela Olsen, quien había intentado, fuera de la Unión Vecinal, algún trabajo social con los chicos.
«Si yo quisiera amurallo mi casa y que los demás no me importen, pero no quiero eso; aquí se crían mis hijos, es mi barrio», razonó Salas.
Personal policial tiene que ocupar, cada tanto, un patrullero en forma semi-permanente en el lugar, para que haga recorridas, pero al parecer eso no alcanza. «A veces los patrulleros no quieren entrar, porque son apedreados», dijo una vecina.
El problema del alcoholismo en los jóvenes «es fomentado por los mismos comerciantes que venden bebidas a los menores», denunció Salas, que trabaja como remisero y conoce los movimientos del barrio.

AGRESION EN AULAS
Las adicciones y situaciones de disgregación familiar en esta zona emergen puntuales en la Escuela 79. El enorme edificio, ubicado hacia el sur del barrio, aún mantiene su estructura y fachada sólidas pero, para los docentes, «la procesión va por dentro de las aulas», ya que les resulta difícil contener a los chicos.
Los vecinos contaron que «algunos docentes nuevos renuncian al primer día de clase».
«Vemos madres y padres que trabajan todo el día, chicos que quedan solos, padres alcohólicos. El problema de las familias entonces se traslada a la calle, y en la calle el resto de los vecinos tenemos el deber de velar por esto», alega convencido Salas.

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