El chacal de la Cantina Italiana
Apenas tenía 20 años y ya cargaba en sus espaldas y conciencia -si la tenía- con seis muertes y una vida que no alcanzó a ver la luz. José Germán Silva Godoy masacró a una familia en Comodoro Rivadavia, mientras dormía, el 25 de enero de 1968. Aparentemente sólo quería robarles. Conocía donde guardaban el dinero porque hacía poco había trabajado allí, de donde se había ido en malos términos. Pero el padre de familia despertó y él no dudó. Uno por uno exterminó a todos, incluyendo a los niños de 4 y 6 años que lo conocían. Cuentan que la niña alcanzó a esconderse detrás de un ropero y que al ser descubierta sus últimas palabras fueron: “¡no, Germán!”. Pero el chacal jamás supo lo que era la piedad.
Siete veces asesino, siete veces maldito. Porque ese fue el número de seres humanos que él decidió que no merecían seguir viviendo. Y lo hizo sin juicio alguno, no dando posibilidades de réplica; sólo por robo y despecho. Algunos lo compararon con José Santos Godino (“el petiso orejudo”). Eso porque todavía no había cobrado trascendencia Carlos Eduardo Robledo Puch.
El caso es que cuando ocurrió lo de la Cantina Italiana, el 25 de enero de 1968, José Germán Silva Godoy provocó el espanto y el temor de todos los comodorenses que no podían concebir que alguien así hubiera convivido con ellos casi toda la vida. Incluso quienes alguna vez habían ido a comer al lugar trataban de ponerle un rostro a ese nombre que veían reflejado en los diarios, para saber si fue ese mozo tan gentil que los había atendido, o aquel muchacho hosco que desde el fondo despachaba platos que rápidamente llegaban a las mesas del comercio que funcionaba en la avenida Hipólito Yrigoyen 675.
Pero la sorpresa sería aún mayor al descubrirse que el mismo Germán Silva había sido quien tres años antes asesinó a dos taxistas en el barrio Standart Norte. Fue para robarles. Como se ve, la inseguridad no nació ayer.

SEMILLA DE MALDAD
Germán era hijo de Francisco Silva y Emilia Godoy. Había nacido el 23 de mayo de 1947 en Queilen, una comuna del archipiélago de Chiloé, y todos llegaron a Comodoro a principios de los años 60. El primer domicilio de la familia fue en el barrio José Fuchs, pero más tarde se asentarían en los entonces descampados de Standart Norte, donde hoy se levantan múltiples planes de vivienda.
El asesino cursó sus estudios en la escuela del barrio Don Bosco y si tuvo algún compañero que pudiera haber sido su confidente, él mismo hoy lo desconoce. No quiere ni oír hablar de aquel joven que -aunque extraño- jamás pareció que iba a protagonizar aquel baño de sangre, sobre todo con dos inocentes que aún tenían mucho por ver, soñar, vivir.
El comportamiento de Germán Silva siempre estuvo marcado por la indisciplina. Con solo 13 años ya trabajaba como ayudante de tapicero. Era 1960 y en Comodoro estaba en su apogeo el “boom” petrolero, aquel que trajo empresas extranjeras y muchos estadounidenses con sus necesidades de diversión y excentricidades. Aún se recuerda que en los múltiples cabarets de la calle Belgrano solían encender sus habanos con billetes de un dólar, mientras les llegaban el whisky y las damas de compañía que habían solicitado.
En 1961, Germán Silva se hizo peón de cocina. Fue en la empresa Petroquímica Sociedad Argentina que se hallaba en Pampa del Castillo. Dos años más tarde, ya con 16, se empleó en Empresa Electrónica. Lo cierto es que los trabajos le duraban poco. Le faltaba constancia y, como todo adolescente, aunque no tenía claro qué haría con su vida, sí sabía lo que no quería hacer. En este rubro ponía todo aquello que lo humillara por su triple condición de joven, pobre y chileno. Así fue como por algún tiempo recorrió la región. Se empleó en la empresa Tele Torres de Pico Truncado y también probó suerte en algún que otro campo de la zona.
Pero un día Germán volvió a Comodoro y terminó de inclinarse definitivamente por la marginalidad. Así fue como llegó a sus manos un revólver calibre 22. Era un Sentimel modelo R-101, número 747289. Con esa arma, en solo tres años cometería siete homicidios. Todavía no lo sabía porque por el momento su proyecto estaba enfocado en hacerse de plata fácil; de esa que él siempre había visto pasar de costado.
El 4 de febrero de 1965 el asesino serial empezó a actuar. A las 23 de aquel jueves un vecino de Standart Norte alertó en la comisaría de Kilómetro 8 que había visto a dos personas asesinadas a balazos. Al llegar al sitio indicado, la Policía comprobó que los cuerpos salían de las puertas delanteras de un Siam Di Tella. Eran los taxistas Félix Franchesci y Julián Urricelqui. Les habían robado los relojes pulsera, las billeteras y las llaves del auto. El médico policial Andino Italo Cayelli certificó las muertes por heridas de bala y la causa se instruyó como doble homicidio.
Por la comisaría comenzaron a desfilar sospechosos pero el homicida no fue identificado. Uno de los indagados que podía dar el perfil era Germán Silva Godoy, quien aún no había cumplido 18 años. Pero el joven se manifestó atento y con buena predisposición ante los auxiliares de la justicia. Sorteó la presión policial e incluso desorientó a los pesquisas con algunos datos que dijo conocer “de oídas” en el barrio.
Para frustración de la policía el caso quedó impune. Los investigadores solo atinaron a guardar en un lugar seguro los plomos secuestrados en los cadáveres de los trabajadores del volante.

LA CANTINA DEL HORROR
Silva Godoy salió impune de dos homicidios y debió haberse sentido reconfortado. Tal vez en su fuero íntimo sintió que por primera vez hacía algo que era reconocido por sus contemporáneos, aunque -claro- no podía atribuirse la paternidad de su maldad.
Según los registros de la época no fue mucho el botín que se llevó, por lo que más temprano que tarde debió volver a buscar trabajo. Así pasaron tres años.
Uno de los oficios que había practicado el chacal en su corta vida había sido el de mozo. En 1964, a los 17 años, ya servía mesas en el Club Gimnasia y Esgrima, donde los olores de la cocina lo fueron seduciendo para conocer los secretos de preparar un plato de comida en forma express. Por un tiempo sintió que la gastronomía podía ser lo suyo, pero vaya a saberse por qué razón dejó todo para seguir otros caminos, los del mal.
Sin embargo aún guardaba los antecedentes de esta profesión cuando consiguió empleo como ayudante de cocina en el Hotel Español. Ya tenía 19 años y dos crímenes en sus espaldas de los cuales solo él sabía. Era 1968 y un año más tarde ingresaría como ayudante de cocina en “La Cantina Italiana”. Ubicada en Yrigoyen 675, frente a los tribunales de la justicia civil, hoy funciona allí una obra social.
Cuando se lo proponía, Germán Silva Godoy se sabía ganar la confianza de quienes lo rodeaban y eso le pasó con la familia Ruocco, a quienes terminaría ultimando poco después uno por uno, como si fuera un enloquecido enviado de Charles Manson.
A Cayetano y María Rosa Ruocco les gustó su juventud y voluntad. Por eso los ayudaba en la cocina, con las mesas y hasta cuidaba de los chicos, Alejandro Antonio Franco y Ana María Beatriz, de 6 y 4 años. A la cantina llegaba una gran cantidad de camioneros que paraban sus vehículos en lo que ahora es el colegio Perito Moreno. Podían almorzar y cenar, entonces, con solo cruzar la calle. Los Ruocco abrían bien temprano sus puertas y las cerraban ya de madrugada. Dicen que allí se comía rápido, rico y barato.
Los propietarios eran descendientes de inmigrantes italianos que proyectaban radicarse en Comodoro tras haber adquirido el fondo de comercio. Eso sí, para el menú no había carta: bife y ensalada en generosa proporción era el banquete.
Además de buenos anfitriones, los Ruocco eran vecinos de confiar. Así fue como los Acinas les abrieron sus puertas y compartieron con ellos gratos momentos.
Elena Acinas hoy tiene 92 años y se desplaza en sillas de ruedas. Conserva la memoria intacta, sobre todo con lo que ocurrió aquellos duros días de hace 45 años. “Los Ruocco eran un matrimonio hermoso, joven y con muchas ganas de progresar. Eran padres de Alejandro y Ana María, los retoños de un amor que supo de sacrificio y trabajo. Los niños jugaban en la cuadra y con el triciclo llegaban hasta nuestra casa, que estaba pegada a la cantina”, le cuenta a Letra Roja.
Su hermano Mariano Acinas (84), en tanto, cuenta que cada tanto hacía algún asado que atraía al pequeño Alejandro, quien al ver el humo les mentía a sus padres diciéndoles que el vecino lo había invitado a comer. En realidad, el nene adoraba el patio de los Acinas; no quería estar todo el día entre la cocina y el comedor de su cantina, donde el olor del churrasco lo impregnaba todo. Y parece que María Ruocco tampoco porque enseguida se aparecía con una botella de vino para sumarse al festín de los Acinas.
A Germán Silva los Acinas también lo conocieron porque cada tanto les golpeaba la puerta para pedir un poco de hielo. Con espanto, hoy Elena señala a Letra Roja el recorrido que hacía dentro de su casa ese lobo con piel de cordero para llegar hasta la heladera que aún conserva.
Mariano Acinas, por su parte, asegura haber advertido ya entonces que algo no andaba bien en la cabeza de Germán Silva. Es que una vez vio cómo, mientras barría la vereda del comedor, les cruzó el palo de la escoba a dos niños que andaban en bicicleta. Los chiquitos cayeron violentamente contra el camión de Acinas y se golpearon. Se fueron llorando con las bicicletas a la rastra. Silva Godoy sonrío e ingresó a la cantina.
Lo cierto es que los Ruocco se consolidaban con su cantina. Si más se trabajaba, más se recaudaba y ello generaba estabilidad para darles un buen porvenir a sus hijos. Tan completa era la dicha que decidieron tener otro hijo, que jamás conoció el patio de los Acinas.

SIN PIEDAD
Germán Silva tenía 20 años cuando lo despidieron de la Cantina Italiana por razones poco claras. Hubo quienes dijeron que fue por su carácter agrio y otros que hicieron correr la leyenda de que se había quedado con plata que no le correspondía. De todos modos, eso no es lo importante de esta historia.
Silva trabajó un tiempo como mozo en la parrilla “La Estancia” y al parecer jamás dejó de pensar en la forma en que se había ido de su anterior empleo. Todo el resentimiento de su corta y sufrida vida lo centró en Cayetano Ruocco y decidió que le daría un escarmiento. No puede asegurarse hoy que haya planeado la tragedia, pero sí que pudo evitarla. Tal vez solo quiso robar y lo descubrieron. De todos modos, no tiene perdón haber matado a tres criaturas cuyo único “pecado” fue ser hijos del último hombre que supuestamente lo había humillado.
El sábado 25 de enero de 1968 el trabajo fue arduo en la cantina y los Ruocco cerraron tarde. Se fueron a dormir recién cuando todo quedó en orden para el otro día y se marchó el último de los empleados. Fue entonces cuando empezó a ponerse en práctica el plan de Germán Silva Godoy, quien subrepticiamente había ingresado al lugar corriendo unas chapas que conocía le permitirían ingresar al comercio.
Una vez adentro, buscó la caja donde se guardaba el dinero. No la encontró y continuó hurgando en otras dependencias. Hasta que llegó al cuarto de los Ruocco. En una sola habitación dormían todos, los niños en una cucheta.
Cayetano se despertó y enfrentó al intruso. Silva pudo más y de un golpe lo arrojó al suelo. Lo remató a tiros. María comenzó a gritar, mientras se lanzaba sobre la fiera, pero el revólver Sentinel volvió a funcionar. En total el hombre recibió dos tiros en el rostro y la mujer media docena en todo su cuerpo, incluyendo el vientre donde llevaba a su tercer hijo, de siete meses de embarazo.
En medio del caos, los chicos despertaron y mientras Alejandro miraba atónito lo que ocurría con sus padres, Ana María atinó a esconderse detrás del ropero. Los investigadores creen que a ellos los mató porque temió ser reconocido. Le pegó un tiro en el ojo derecho al pequeño y luego tomó dulcemente de un brazo a la niña y la condujo al comedor, como si quisiera alejarla de todo aquel horror. Tal vez hasta dudó en matarla.
La nena solo sollozaba y decía “no, Germán, no”. Pero la bestia no se conmovió. Le sostuvo la cabeza, le apuntó y disparó: un tiro en el hombro, otro en la sien. Luego huyó por donde había ingresado.
La familia Acinas no escuchó nada esa noche. Al otro día se enterarían de todo y aún hoy les cuesta dar crédito al horror. Fueron los empleados de la cantina los que dieron la alarma al ver que no se abrían las puertas de la cantina.

LA CONFESION
Todos los empleados de la cantina debieron desfilar ante el juez Carlos Bulgheroni. Hasta el pobre “Cantinflas” (un mozo al que todos apreciaban por su bonhomía y simpatía) fue “ablandado” por los rudos policías de la época. Se presentía que el asesino era un conocido, más allá de que en el lugar solo se secuestró un encendedor, nada más.
A Germán Silva lo vieron. Es que había estado en el velorio de la familia y quienes se le acercaron contaron que lo que más le dolía era “lo que hicieron con esos chiquitos”. Tenía el rostro desencajado.
Pocos días después la policía se lo llevó para interrogarlo. Es que supieron de buena fuente que era uno de los que no se había ido en buenos términos con Cayetano Ruocco. Alguien hasta contó que había jurado vengarse. Veinte días después del quíntuple homicidio, Silva Godoy confesó su autoría, aunque no el lugar donde había dejado el arma. Cuando la Policía allanó su domicilio, se encontraron con que la familia del homicida pensaba irse de viaje. Las valijas tenían destino: Chiloé. Cuando les revisaron el equipaje, en la valija de Francisco Silva -el padre del chacal- hallaron el Sentinel R-101.
Germán Silva Godoy fue condenado a prisión perpetua por la masacre de la Cantina Italiana, pero en forma paralela la policía aclaró los crímenes de los taxistas ocurridos tres años antes. Los comisarios Fernando García y Alejandro Pardo, junto al oficial Julio Alberto Leske, recuperaron los plomos que en 1965 habían sido extraídos de los cuerpos de los taxistas Franchesci y Urricelqui. Se pidió una pericia del arma Sentinel y el resultado fue contundente. Las balas que mataron a los taxistas habían salido del arma de Germán Silva Godoy.
Tras algunas vacilaciones, el homicida también confesó con lujo de detalles la forma en que había dado muerte a los dos trabajadores del volante. Dijo que había pedido a los taxistas que lo llevaran hasta Standart, donde los mató para robarles porque en esos días “andaba corto de plata”.
Contó ante los investigadores y las autoridades judiciales que antes de entrar a la casa de sus padres tiró en la letrina la billetera de uno de los taxistas y un manojo de llaves, entre ellas la del Siam Di Tella.
Hubo que vaciar el pozo ciego a fuerza de pala y baldes. Una vieja cama de elástico hacía las veces de colador de lo que iban extrayendo. Fueron 40 horas de ardua tarea para vaciar el pozo ciego.
Sobre el final apareció la billetera con las llaves del auto. Antes, durante el allanamiento en la casa de los Silva, habían encontrado una linterna que pertenecía a los malogrados taxistas, a quienes les robó 2.500 pesos de esa época.
El chacal también fue condenado por este doble homicidio, pero no cumplió la perpetua y luego de pasar por la Unidad 6 del Servicio Penitenciario Federal de Rawson retornó a Comodoro cuando recuperó la libertad por buena conducta. Se afincó en la zona sur y supo trabajar en un taller de chapa y pintura de la calle Pastor Schneider. Lo último que se supo de él es que un día decidió irse a vivir a Caleta Olivia donde trabajaba en una gomería.